Lo que Silvia Federici ha mostrado con claridad meridiana en Calibán y la bruja –que la Inquisición no fue una aberración medieval sino el laboratorio donde se forjó la disciplina corporal necesaria para el capitalismo– debe ser leído hoy no como un capítulo cerrado de la historia, sino como el paradigma todavía operante de nuestra condición presente. El cuerpo que fue cazado, torturado y quemado en las hogueras no era simplemente el cuerpo de las brujas: era el cuerpo rebelde que resistía su transformación en máquina productiva, el cuerpo que conocía otros tiempos que no eran los del reloj fabril, otros saberes que no eran los de la acumulación.
Pero hay algo más profundo y perturbador que Elettra Stimilli ha sabido captar: esta domesticación del cuerpo no comienza con el capitalismo sino que hunde sus raíces en la oikonomia cristiana misma. El cristianismo, antes de ser una religión de salvación, fue una tecnología de gobierno de los cuerpos y las almas, una máquina económica que transformó la vida en recurso administrable. No es casual que los monasterios –esos laboratorios de la disciplina corporal– precedieran en siglos a las fábricas y que el ora et labora benedictino anticipara la ética protestante del trabajo. El cuerpo cristiano es ya, desde el principio, un cuerpo economizado, sometido a un régimen de producción espiritual que prepara su futura subsunción al capital.
En este sentido, la intuición de Benjamin de que el capitalismo no es simplemente un fenómeno condicionado religiosamente, sino que es él mismo esencialmente un fenómeno religioso, adquiere su verdadero alcance. El capitalismo no seculariza la religión: la realiza plenamente, llevando a su extremo aquella oikonomia que el cristianismo había inaugurado. La deuda infinita del pecado original se transforma en la deuda infinita del crédito; la culpa teológica deviene culpa económica; el tiempo de la salvación se convierte en el tiempo homogéneo y vacío de la producción.
Lo que la Inquisición destruyó no fue tanto una herejía como una forma de vida: aquella en la que el cuerpo no estaba separado de sus potencias, en la que el tiempo no estaba medido por la productividad, en la que el saber no estaba divorciado de la experiencia. Las brujas –pero también los vagabundos, los herejes, los locos– representaban la última resistencia de un mundo en el que la vida no había sido todavía completamente capturada por el dispositivo económico. Su exterminio fue la condición necesaria para que el cuerpo pudiera ser finalmente reducido a fuerza de trabajo, para que la reproducción de la vida pudiera transformarse en reproducción del capital.
Hoy, cuando asistimos a nuevas formas de control biopolítico que hacen palidecer las hogueras inquisitoriales, cuando el cuerpo es gestionado algorítmicamente y la vida misma se ha vuelto el terreno privilegiado de la valorización capitalista, comprendemos que aquella violencia originaria no ha cesado nunca: simplemente se ha refinado, se ha vuelto molecular, capilar, casi imperceptible. Ya no necesitamos hogueras porque hemos interiorizado la disciplina; ya no necesitamos inquisidores porque nos hemos convertido en los gestores de nuestra propia explotación. Pero quizás lo más inquietante es que esta oikonomia total ya no se percibe siquiera como violencia o como pérdida. Hemos olvidado tan completamente aquello que fue destruido que ya no podemos ni siquiera nombrarlo. El triunfo del dispositivo económico-teológico es tan absoluto que se ha vuelto invisible, como el agua para el pez. Y cuando algo se vuelve absolutamente invisible, cuando coincide perfectamente con la vida misma, entonces ya no hay posibilidad alguna de distinguir entre lo que somos y lo que el poder ha hecho de nosotros. Este es el verdadero significado del culto permanente del que hablaba Benjamin: no es que estemos obligados a participar en él, es que ya no existe diferencia alguna entre el culto y la existencia.
Imagen principal: Detalle de Henri Regnault, Scene from the Spanish Inquisition, 1868-1870

