Una autopsia no es un juicio: es un protocolo. La metáfora forense conviene al estado actual de las izquierdas latinoamericanas, no por morbo o por probidad de su zona cero. Hablar de «crisis» es ya, a estas alturas, un eufemismo administrativo. El cuadro regional, hacia mediados de 2026, autoriza un vocabulario menos piadoso o decorativo: derrota estructural, agotamiento del idioma, desocupación del lugar simbólico desde donde se enunció la justicia. Esta autopsia se escribe desde una posición precisa: la de quienes pensamos que la democracia liberal es preferible al autoritarismo securitario, y que el progresismo realmente existente ha contribuido, por omisión y por idioma, a hacer plausible un retroceso de larga duración.
El mapa lo confirma sin consuelo. En 2023, solo cuatro países latinoamericanos eran gobernados por la derecha; hacia fines de 2025 la cifra se había duplicado: Argentina, Bolivia, Perú, Panamá, Costa Rica, República Dominicana y, finalmente, Chile. El triunfo de José Antonio Kast con cerca del 58% de los sufragios en diciembre de 2025 cerró un ciclo; Uruguay quedó como excepción solitaria. La «marea rosa» de los dos mil, sostenida por el ciclo de altos precios de las materias primas y la demanda china, devino marea baja (¿los espantos?) una vez clausurado ese excedente. Lo que queda al descubierto en la arena no es un programa: son las costillas de un cuerpo doctrinario que dejó de respirar antes de que sus deudos lo advirtieran.
