Nuestra condición, en cuanto a la esperanza y el deseo, se asemeja a la de aquellos que, en la Comedia dantesca, permanecen suspendidos en el limbo y que, en palabras de Virgilio, desean sin ya esperar (sanza speme vivemo in disio). También nosotros, como los habitantes del limbo, estamos suspendidos entre deseo y esperanza: hemos perdido la esperanza en un mundo mejor y, sin embargo, seguimos vanamente deseándolo y no podemos prescindir de ello. Para salir de esta condición liminal, es necesario dirigir la esperanza no a un bien que nos falta y queremos poseer, sino a aquello que ya tenemos, al bien que está en nosotros, para que siga vivo y nos haga vivir. Y si la fe es, en palabras del apóstol, la existencia de las cosas esperadas [cf. Hebreos 11,1], éstas están presentes en nosotros y ante nosotros, y el deseo de un bien en el que creemos está siempre ya satisfecho. La esperanza en lo que tenemos es, luego, una forma especial de memoria, que no se limita a recordar un bien pasado, sino que incesantemente obra para que éste permanezca presente y vivo. Y esta inversión de la esperanza en memoria es el pensamiento, la vida de la mente.
Roque Farrán / ¿Milei está loco? De la vergüenza ajena al atravesamiento de la propia locura
Filosofía, PolíticaEn torno a todas estas discusiones sobre si Milei está loco o no, y si eso es determinante para la política o no, quiero ser bien claro. No importa si Milei está efectivamente loco, podría tratarse de una performance actoral o una estrategia política (personalmente no lo creo, pero no importa), el problema es que el efecto que produce resulta concreto y real: el enloquecimiento de las relaciones sociales. Sus ostensibles contradicciones a nivel discursivo, la pobreza argumental de sus alocuciones, como la crueldad o el desprecio constante que demuestra hacia los demás, resultan completamente destructivas para el conjunto de la sociedad. Incluso para quienes puedan sentirse identificados con algunas de sus posiciones ideológicas o hasta quienes se benefician con su política económica. No es solo cuestión de imagen o lenguaje, sino algo mucho más básico: la ruptura del lazo social y la desconfianza brutal en el Otro como lugar simbólico de intercambios elementales. No debería sorprendernos porque de algún modo expone la verdad cruda del capitalismo: la disolución de todos los lazos sagrados en las frías aguas del cálculo y la ganancia. La novedad es que hasta ahora ningún personaje lo había encarnado de manera tan patética y cabal.
Aldo Bombardiere Castro / Temporalidades. Apuntes sobre Imagen y reverso de Julio Rodajo Ureta
Estética, Filosofía, Poesía1. Movimiento y fijación
Por un instante pareciera engañarnos. La imagen nunca permanece estática. Más bien, desde un comienzo ella resuena en otras miradas, se moviliza sobre otros ojos. Son los ojos de quienes, contemplando su agitación, sopesando los márgenes y desfondando toda perspectiva, permanecemos absortos frente a ellas. Las imágenes nos embargan al compás de una ritmicidad extraña, cuyo hechizo hace que mantengamos la vista frente a ellas y, a la vez, más allá de ellas. Sólo allí, ardiendo en nuestro iris, notamos que hemos sido doblemente engañados: creíamos que las imágenes no conocían de movimientos; creíamos que la contemplación implicaba la pasividad y la quietud. Ingenuos, ahora nos asombramos: las imágenes no dejan de moverse. Las imágenes, aunque no hablen, danzan al interior de nuestras pupilas, hasta hacer que éstas dancen junto a ella. Lo estático, lo fijo que hay en ellas únicamente denota otra fijación: la que ella despierta en nosotros, donde permanecemos “fijados” en lo que ellas dinamizan.
Javier Agüero Águila / Polvo
FilosofíaEscribe Leonard Cohen en el poema “Lot” aparecido en el libro Flores para Hitler (1964):
“Devuélveme mi lista de la infancia,
le susurré al polvo cuando se terminó el sendero”
Y entonces todas las preguntas posibles y las que no llegarán nunca –mas no por esto imposibles– Primero ¿cuál es esa lista de la infancia? ¿Se está refiriendo aquí, Cohen, a toda la batería de recuerdos que resguardó de su natal Westmount y en donde descubrió, por primera vez y en la guitarra de un tocador de flamenco callejero, que su destino era la poesía y la música? ¿O bien se trata de lo que no pudo retener? ¿De todo aquello que se evaporó en la rapsodia de una vida por venir repleta de (sin)sentidos, de literatura, de excesos y depresiones?
Roque Farrán / Filosofía del nacimiento: cogito afectivo
FilosofíaI
Toda filosofía comienza con una escena característica donde el pensamiento toma cuerpo. La escena relatada suele tener aspectos ficcionales, recreados a posteriori de lo ocurrido realmente y resignificados por múltiples trayectos que encuentran allí su razón de ser. La más conocida quizás sea la de Sócrates cuando interroga (él mismo o a través de un amigo, poco importa) al oráculo de Delfos acerca de quién era el hombre más sabio de Atenas; la respuesta del oráculo es la que determina su deambular por las plazas públicas desplazando la incómoda interrogación a los demás ciudadanos respecto de lo que creían saber, puesto que él sabía que no sabía nada pese a la respuesta (o justo por eso) del oráculo que lo colocaba como el más sabio de todos. También conocemos la escena de Descartes frente a la chimenea, detenido por la nieve durante una campaña militar, poniendo en cuestión todos los saberes aprendidos hasta el momento, e incluso los datos que le suministraban sus mismos sentidos, a través de la duda metódica; lo que le permitirá luego desarrollar el célebre método de pensamiento que propone a la modernidad.
Ricardo Forster / Alain de Benoist o el retorno de los dioses dormidos de la “nueva” derecha francesa como alternativa a la crisis del neoliberalismo
Filosofía, PolíticaEn esta ya larga cuarentena sigo indagando las señales que vienen de un afuera perturbador e incitante. La búsqueda tiene algo de frenética, de insaciable, como si acompañase un tiempo distendido e interminable que no tiene ningún apuro en cerrar las preguntas con respuestas acabadas. Lejos de las certezas me inclino por seguir el camino de mis inquietudes. Recuerdo que muchos años atrás, en la segunda mitad de la década de 1980, Nicolás Casullo me habló de la “nueva” derecha francesa, una derecha sofisticada que medraba de la crisis de una modernidad liberal agotada y que intentaba darle más coherencia y complejidad a una derecha nacionalista que seguía oliendo a naftalina. Era una derecha que no se ofendía cuando le recordaban sus herencias intelectuales y políticas, cuando la referenciaban en la acción francesa y en Charles Mourras, pero que también se sentía plenamente a gusto en la estela dejada por una cierta interpretación de Nietzsche y que supo leer con sagacidad a las corrientes críticas de la ilustración y del marxismo. Una derecha que atravesó los años sesenta y que entendió algunas cosas sin las cuales le resultaría imposible aspirar al poder. Uno de los intelectuales que desplegó una escritura atravesada por esas herencias y esa complejidad narrativa fue Alain de Benoist. De él me habló largamente Casullo y lo hizo para señalar su peligrosidad que se afincaba, según él, en su refinamiento intelectual y en el poder seductor de algunas de sus ideas, poder que nacía de su fervorosa e inteligente crítica de un capitalismo agotado y de una democracia despellejada e incapaz de despertar ninguna pasión en el pueblo francés y en ningún pueblo con memoria de un pasado cargado de intensidad. Mientras Nicolás me leía sus reflexiones sobre la extrema derecha contemporánea a mí me volvían imágenes de otras lecturas que me trasladaban a los debates filosóficos y políticos del mundo intelectual de la Europa central de entreguerras, ese ámbito donde las corrientes neorrománticas se desplegaron tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. De Benoist ha sido y sigue siendo un cabal heredero de esas polémicas antiilustradas y antiburguesas que afiebraron las mentes brillantes de quienes vivieron en una época grávida de experimentaciones revolucionarias y reaccionarias. Un cóctel extraordinario con el que muchos se emborracharon.
