Palantir ha lanzado un manifiesto y el mundo queda estupefacto ante lo que ya era evidente. Quizá lo que resulta terrorífico para la mayoría es que aquello que está inscrito en la cibernética desde su origen se vuelva nuevamente, esta vez con el objetivo específico de desarrollar la Inteligencia Artificial, autoconsciente. De pronto la estupidez y vulgaridad de Trump se evidencian como adornos superfluos de un poder soberano que entiende que el circo de los deseos más básicos debe seguir funcionando, pase lo que pase, para asegurar la distracción. Ahora, bajo esta capa se asoma abiertamente la otra, que convence a los idiotas más sofisticados, que ya desde hace tiempo venían alegando la degradación del proyecto imperial estadounidense a causa de la introducción de una cultura moralmente liberal. Pero Palantir, con su falsa intelectualidad, llega tarde. Estados Unidos ha entrado en una fase de decadencia irrefrenable y la causa– cosa que el sionista Alex Karp jamás entenderá– no es la cultura Woke, la teoría de la deconstrucción o la crítica del orientalismo, sino la destrucción del propio capitalismo industrial por el neoliberalismo. La paradoja es que Palantir no es hijo del capitalismo industrial, que fue el marco en el que se dio el proyecto Manhattan, tan nostálgico para Karp, sino de su teoría económica destructiva que ha hecho surgir, incluso, una subjetividad macabra como las de estos CEO’s autodenominados filósofos.
Gershom Scholem / A propósito de nuestra lengua: una confesión (1926)
FilosofíaIntroducción y traducción por Gerardo Muñoz.
Introducción
Escrita en diciembre de 1926 y dirigida a Franz Rosenzweig, aunque recobrada en sus papeles póstumos, este breve texto de Gershom Scholem hoy nos parece profundamente profético. Dejando constancia de su malestar ante lo que ya se asomaba como un descarnado proyecto de ‘nation state building’, para Scholem la política catastrófica nacionalista solo podía entenderse tomando en cuenta la “actualización de la lengua hebrea” que se encaminaba a catástrofes venideras. Acotada a la medida de las exigencias unificadoras del proyecto nacional, el hebreo se despojaba de su dimensión sagrada para integrar la nueva época de nacionalismos lingüísticos bajo el imperativo de una gramática ajena a la posibilidad de los nombres. Al igual que Erich Auerbach quién veía desde su exilio en Turquía el ascenso de una nueva cultura global del esperanto, para Scholem la inserción instrumental sobre la lengua pronto se tornaría contra sus hablantes [1]. Es probable que Scholem no desconociera el breve texto de Franz Rosenzweig «Neuhebräisch?» (Neohebreo) publicado ese mismo año enDer Morgen, el que notaba el asalto de una “neolengua” validada a la fuerza, puesto que la raíz del judaísmo residía en su dimensión espiritual, al margen de todo horizonte del estado nación y del mando político [2]. La nacionalización del hebreo en tanto que lengua viva entonces se transformaba en otro apéndice de la condición nihílica de la modernidad, que además terminaba por abdicar lo más íntimo de un pueblo, el judío, como experiencia exílica permanete; esto es, como remanente en un mundo que tambien es remanente de dios [3]. Visto así, podemos decir que la operación política del Sionismo como ideología nacional tardía no solo consiste en construir una legitimidad territorial pseudomítica, sino que emerge como un dispositivo de secularización que, mediante la destrucción interna de su lengua, intenta trasplantar un fondo teológico al marco de una legalidad regulada por una forma estatal homogénea. Lo que Scholem denomina hacia el final de su texto la “vía apocalíptica” es el sobrevenido de un proceso de erosión ética al interior de una lengua que ahora ha quedado huérfana del don de la experiencia así como de la promesa de redención. La irrupción del mal como única tonalidad intramundana se vuelve proporcional a la pérdida de contacto con la herencia de la lengua a la que hemos sido arrojados. Y como hemos notado en tiempos recientes, ahora podemos ver con claridad que no es una mera coincidencia histórica que la destrucción de Palestina esté teniendo lugar a la par de la destrucción de las lenguas y mundos hacia la configuración de la Inteligencia Artificial [4]. Una lengua a la medida de la fuerza del juicio ha terminado volviendo permanente la catástrofe de nuestra propia destrucción, tal y como hace exactamente un siglo atrás Scholem ya nos había alertado. –
Javier Agüero Águila / ¿Qué se dice cuando se dice luna?
Filosofía1. Quizás –solo quizás– lo que tensa al libro de Jacques Derrida La tarjeta postal. De Sócrates a Freud y más allá (1980) sea si es posible amar, pensar y escribir al mismo tiempo. Y esto que pareciera tener una respuesta de inmediato afirmativa, pues no la tiene porque, justo, abre a una serie de preguntas con las que podemos jugar casi algorítmicamente: ¿Se piensa cuando se ama? ¿Qué se ama cuando se piensa? ¿Voy amando mientras escribo o la escritura misma es una reacción desesperada al amor, ahí, cuando nos entra? La escritura como manifestación ya textual, es decir como letra impresa abierta a un devenir que de ahí en más podrá tener múltiples apropiaciones e interpretaciones: ¿puede ser la expresión instantánea de un amor hacia alguien o podrá no tener destinatario y escribir, así, sin saber lo que se ama, sin embargo y a la vez, amando con toda la intensidad posible?
Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: 90s
Filosofía, PolíticaHemos vuelto a pensar en el polvo, la tierra y el barro.
Hubo años durante los cuales el metal de los espejos se clavó como un cuchillo mudo entre nuestros sueños, pero nada de eso nos dolió. El futuro ya había llegado, infinito e irrefutable, actualizante, liberado y compartiéndonos su libertad. En esas décadas, los sueños se armonizaban con las sonrisas de la realidad: no había sueño equivocado. La democracia era sinónimo de cultura. La humanidad era un caso de razón omnisciente, tanto en cumplimiento moderno como en ironía posmoderna. Fueron los 90.
Los socialismos reales desnudaban su iracunda realidad. El capitalismo capitalizaba toda fantasía. Aquellos sueños clavados por el metal de los espejos reflejaron, en lugar de su dolor, el deseo proyectado del torturador.
En el diario vivir todo era oportunidad, posibilidad de negocio, materia prima entregada a aquella orgullosa voluntad capaz de impulsarnos a través de olas y estrellas. Negación determinada del ocio, el intelecto se hacía práctico y expansivo, público para uso privado. Las ocurrencias se vistieron de promesas: expresiones hegelianas de una superación integrativa, las genialidades recuperaron su labor kantiana siendo un oasis pacificador a manos del comercio. Los sueños del individuo, vehiculizados por el neón de las empresas, sólo debían encontrar su lugar, por cierto preexistente, al interior del tejido económico y la cohesión social. Ese fue el acuerdo: un acuerdo firmado de antemano. La de locura poética y el mercado publicitario; la neutralidad de la ciencia y el expansivo y democrático avance tecnológico; la política consensuada fue definida en calidad de arte de lo -meramente- posible. Todo parecía en orden.
Christina Kubisch / TUNING
SonidoEn Ficción de la razón presentamos el álbum TUNING de la artista sonora alemana Christina Kubisch. Conocida por sus instalaciones, Kubisch nos entrega aquí tres obras de diferentes períodos, con una espacialidad sonora muy rica, cargada de ruidos extensos, secuencias, patrones, voces y eventos aleatorios. ¡A escuchar!
Mauro Salazar J. / Más allá del capitalismo académico: alumno-prompter y académico-performativo
Filosofía, PolíticaEste ensayo sostiene una tesis única y la despliega en cinco movimientos. La tesis que se sirve de los análisis de Benjamin Bratton, es que la universidad contemporánea —particularmente la chilena— no ha sido deformada por la infraestructura tecno-computacional, sino absorbida por ella como una de sus capas funcionales, y esa absorción produce, por diseño y no por accidente, una forma específica de captura epistémica que el capital cultural no atenúa sino que intensifica. Los cinco movimientos que siguen hacen visible esa tesis desde ángulos complementarios: la escena del alumno-prompter y el académico-performativo como figuras complementarias del mismo régimen. El hilo que recorre los cinco movimientos no es nostálgico ni propositivo: es diagnóstico. No se propone aquí salvar la universidad; se propone describir con precisión lo que ya ha dejado de ser, para que al menos la descripción no colabore con la farsa.
I. La escena — descripción antes de teoría
Hay una escena universitaria que conviene describir antes de intentar teorizarla, porque sólo describiéndola con detalle se hace visible lo que en ella ocurre. La escena tiene dos figuras. Una es el alumno que ya no lee, que nunca leyó, quizá, en el sentido fuerte del verbo, y que recibe de la inteligencia artificial no un texto sino un efecto de texto, una superficie lingüística que cumple la función social del texto sin exigir nada de lo que el texto, en otra época, exigía: tiempo, permanencia, reelaboración, interioridad. La otra figura es el académico que ha convertido el libro en objeto performativo (hiper-visibilidad): no el libro como texto que se lee y se discute, sino el libro como insignia, como índice de estatus, como soporte material de una coreografía del prestigio donde lo que importa no es la circulación del pensamiento, sino la escenografía relacional. Entre ambas figuras —y esto es lo decisivo— no hay oposición sino complementariedad estructural.
