Jude James Howery / Fascismo suicida en la era del algoritmo

Filosofía, Política

«Estar ausente del cuerpo es estar presente con el Señor»
— 2 Corintios 5:8

«No hay necesidad de preguntar cuál es el régimen más duro o más tolerable, pues es dentro de cada uno de ellos donde las fuerzas liberadoras y esclavizadoras se enfrentan […] No hay necesidad de temer ni de esperar, sino solo de buscar nuevas armas.»
— Gilles Deleuze, Posdata sobre las sociedades de control

«Estamos en las etapas más iniciales de un conflicto muy brutal y sangriento, del cual, si la gente en esta sala no se une y lucha por nuestras creencias contra esta nueva barbarie que está comenzando, erradicará por completo todo lo que nos ha sido legado en los últimos 2.000, 2.500 años.»
— Steve Bannon, conferencia de 2014 en el Vaticano

La afirmación política más revolucionaria de Deleuze y Guattari es que el fascismo no es lo opuesto al deseo liberador, sino su vecino más cercano: una línea de fuga convertida en suicida, el mismo impulso de destratificación que en otro lugar produjo vida, movilizado en cambio hacia la abolición. El microfascismo es el nombre de esta tendencia en su fuente más íntima: no en el partido ni en el Estado, sino en cada uno de nosotros, como estratificación desbocada que colapsa en un agujero negro de subjetividad autorreferencial, vigilándose a sí misma tan fácilmente como vigila a los demás. Es un deseo que ha aprendido a sedientar su propia aniquilación, y a experimentar dicha aniquilación como gloria. Muchos teóricos contemporáneos han demostrado que la arquitectura digital de las plataformas es particularmente adecuada para aprovecharlo. Que el bucle de retroalimentación —el algoritmo— es, en efecto, una máquina de microfascismo. La mayoría de los relatos existentes se basan en el bucle de retroalimentación positivo: la intensificación recursiva por la cual cada interacción aprieta la siguiente, descendiendo al usuario hacia lo que Deleuze y Guattari denominan el «cuerpo sin órganos canceroso». Pero la cibernética también describe una fase negativa, en la que el sujeto se vuelve hacia afuera —o se encuentra con la externalidad— y el sistema se estabiliza. Creo que bajo condiciones algorítmicas esta estabilización nunca llega. La fase negativa no retrata la subjetividad aumentada, sino que la fragmenta aún más: el usuario se enfrenta al exterior, se aliena de él, e internaliza esa alienación como el «otro» constitutivo del yo. No hay polo correctivo. Lo que la teoría cibernética trata como mecanismo autolimitante de un sistema ha sido capturado e invertido, de modo que el bucle no tiene exterior. Podemos nombrar la condición resultante realismo digital —en la misma línea en que Deleuze y Guattari denuncian el realismo edípico y Mark Fisher diagnostica el realismo capitalista—: el cierre del propio sentido de que una alternativa podría existir alguna vez. Este es el mecanismo por el cual un microfascismo que históricamente era inhibitorio para el Estado —frenético, aislante, productivo de nada— llega a resonar a través de millones de agujeros negros en una máquina de guerra capaz de apropiarse de él. Y es por qué los rasgos más coercitivos de nuestra condición, desde la disolución del trabajo hasta el aprovechamiento de la muerte, se viven no como captura, sino como liberación.

Mauro Salazar J. / Cuerpos exiliados. Metro de Santiago: un laboratorio clínico

Filosofía, Política

En los últimos días la ciudad ha descorchado una cadena de muertes en las plataformas del metro de Santiago. Cuerpos que se lanzan contra el acero con una frecuencia que ha dejado de ser anomalía para convertirse en un hecho cotidiano: una regularidad que apenas despierta sorpresa, sin siquiera sopesar la dimensión política de tanta distopía. La máquina neoliberal sigue funcionando porque ha naturalizado las patologías de la individuación. El sistema administrativo apenas registra notas. Y el armatoste medial mantiene un silencio que no es accidental sino deliberado. Lo que está en juego en cada cadáver es una pregunta política: ¿a quién permitimos morir en medio de tanta visibilidad?

Toni D’angela / La fábrica de lo sensible

Estética, Filosofía

Bergson, en el incipit de Materia y memoria (1898), invitaba al lector a un experimento mental. Al principio estamos como ante imágenes, no hay más que imágenes y nosotros no somos más que una de esas imágenes. Ese experimento es ahora el entramado de las relaciones sociales materiales inervadas por la virtualidad.

En un libro, denso pero ágil, de 2017, El supermercado de lo visible, Peter Szendy – en años en los que se reafirma la necesidad de una iconología, a partir del libro seminal de W.J.T. Mitchell de 1986 – propone una iconomía, una estrategia que interconecta iconología y economía política, ya que el campo de la aistêsis en general, y no solo el particular de las artes y las imágenes en movimiento, está atravesado e investido por la «mercantilización de la visibilidad», aunque la visibilidad no agota la sensación en general. Quizás Debord y Godard, de algún modo, anticiparon y practicaron este híbrido de eikôn y oikonomia, pero puede interesarnos relativamente. Lo que importa es que Szendy observa cuánto, y desde hace tiempo, la sensibilidad es cada vez más «intercambista». Como sabía el Aristóteles del De anima, es un intercambio. La sensación es medianía, es el evento, el umbral que se configura una vez como sensible, una vez como sintiente, una vez como cuerpo, una vez como cuerpo. Este intercambio hoy está marcado y duplicado por aquel intercambio no solo y no tanto de mercancías, sino de imágenes y añadamos imágenes visuales y sonoras. En resumen, la sensibilidad en la edad del inconsciente digital y del biocapitalismo de las plataformas se configura como intercambio al cuadrado. Szendy cita a ese Marx que leía a Aristóteles y que sabía que la sensibilidad es el producto de la fábrica del mundo y hoy esa fábrica está desterritorializada. Vivimos en la edad del «supermarché sensible de nos sensations» que, recuerda oportunamente Szendy citando a Marx, está sobredeterminado – y Althusser es más que necesario para comprender estos procesos de interpelación del sensorio – por la vida material que es condicionante. El joven Marx (el de los Manuscritos de 1844) al que se refiere Szendy, escribe que es la Bildung, la formación-fabricación de la sensibilidad, es el Arbeit de la historia mundial. Antes incluso de Benjamin, McLuhan o David Cronenberg, Marx recuerda que los cinco sentidos son el trabajo de una fabricación. Este «supermercado sensible» que tiene su base real en las políticas extractivas y neoextractivas de explotación del capitaloceno, es a la vez un efecto y un volante de la lógica apropiadora del capital.

Giorgio Agamben / Estado y anomia II

Filosofía, Política

Si nos referimos a la doctrina contenida en la segunda carta de Pablo a los Tesalonicenses, podemos entonces decir, como ya hemos hecho en esta sección, que el catechón, el poder que retiene y retrasa el fin, que los Padres identificaban con las instituciones (el Imperio romano y la propia Iglesia), está hoy en crisis por doquier y asistimos, por tanto, al advenimiento del ánomos, de un poder sin ley que produce ruina y proclama ser Dios (por eso los Padres lo identificaban con el Anticristo).

Javier Agüero Águila / Amar lo que no se toca, amar lo que se va

Filosofía


A María Magdalena

1. La frase en latín Noli me tangere se traduce, literalmente, como “No me toques”, y serían las palabras que, según el evangelio de Juan1, Jesús resucitado le habría dicho a María Magdalena. Y son palabras mágicas al tiempo que trágicas; mágicas porque las lanza una suerte de espectro que ha pasado por la alquimia de la resurrección para que estremezcan a una viva; trágicas porque Jesús le dice, tal vez a quien más lo amó en su vida: “No me toques”.

Ahora ¿por qué Noli me tangere? ¿En qué sentido este pasaje de Juan abre una grieta entre la vida y la muerte? ¿Cuál sería en este momento, si puede haber algo así, el gesto del muerto hacia la viva que se le acerca pero que es rechazada, negada y menguada en el vértigo desbordante de su amor por atreverse a tocar, de nuevo, a eso mágico-trágico que está a punto de ascender? Se piensa que, en algún sentido (o más bien por inventar uno) solo es posible amar lo que no se puede tocar, lo inasible que no pertenece; a aquella o aquel que estando ahí, para nosotros y que asumimos como el lugar donde podríamos vaciar todo el amor del mundo nos dirá –no sin un asomo de crueldad– “No me toques”.

Sergio Villalobos-Ruminott / Sobre mímesis disruptiva

Filosofía, Política

La mímesis disruptiva implica una comprensión no restringida de la mímesis—entendida tradicionalmente como mera copia pasiva o reproducción subordinada al original— al transformarla en un espacio de intervención crítica, desestabilización y reconfiguración no identitaria. Este giro, anticipado por Walter Benjamin mediante su apelación a una facultad mimética ligada a las correspondencias mágicas y la experiencia profana, es también elaborado conceptualmente por Philippe Lacoue-Labarthe, quien desmonta la ontología de la presencia al definir la mímesis como una inestabilidad que es, a su vez, constitutiva del sujeto. En los ámbitos político y cultural, esta fuerza disruptiva se operacionaliza a través de la concepción de la performance de Judith Butler, donde la repetición paródica del género subvierte y expone el carácter construido de las normas hegemónicas; de la mimesis colonial (colonial mimicry) de Homi Bhabha, que describe la imitación de los colonizados como un simulacro defectuoso y amenazante (un “casi lo mismo, pero no del todo”) que fisura la autoridad colonial; y del entramado de mímesis y alteridad en Michael Taussig, donde el acto mimético es una facultad encarnada que permite asimilar lo ajeno, fusionando la copia con el poder del otro para subvertir las divisiones cartesianas occidentales. La mímesis disruptiva puede ser pensada también en relación con la noción de repetición de Gilles Deleuze, donde el acto mimético deja de ser una copia subordinada a un supuesto “original” para convertirse en la producción de una diferencia. En esta dinámica, la repetición no reproduce lo mismo, sino que desposee al original de su autoridad y libera la potencia del simulacro (las potencias de lo falso), generando devenires múltiples que subvierten las jerarquías de la representación clásica a través de un juego constante de variaciones e intensidades.