Mauro Salazar J. / «Chile Actual. Anatomía de un mito». El dolor de lo posible

Filosofía, Política

El célebre libro de Tomás Moulian (1997) duele, y no por lo que denuncia, que ya conocíamos, sino por lo que nos devuelve el espejo roto: la imagen de un país con épicas modernizantes que aprendió a llamar «realismo» a su rendición incondicional. «Chile actual» se lee hoy como se lee una fotografía antigua en la que descubrimos, demasiado tarde, que ya estábamos ahí, sonriendo, cuando el patrón sacudía la tapa del piano. Habitar la posdictadura fue aprender a vivir en una casa reformada sobre los mismos cimientos, con habitaciones clausuradas que nadie nombraba y la orden tácita de no abrir demasiado las puertas: una convivencia hecha de silencios administrados, de duelos postergados y de una normalidad exhibida como prueba de que todo había pasado. Lo que se cerró, en esa década (años 90’), fue menos una puerta política que una facultad, la de imaginar que el futuro podía ser distinto.

Mauro Salazar J. / Crónica de una ciudad sin duelo. Servicios sin huella

Filosofía, Política

«Quien aquí entre, abandonad toda esperanza» Infierno, Dante. Comedia. Canto III, verso 9.

Santiago y sus grises anonimatos. La ciudad neoliberal tiene un modo particular de digerir la muerte: no la niega, la administra. No la esconde sino que la desplaza. El cadáver interrumpe el tránsito del Metro de Santiago y el transeúnte del andén se irrita. Lo que el enojo revela, en el fondo, es un pasajero sin derecho a duelo y el silencio pavoroso del que sigue vivo, explotado y no puede permitirse leer la escena como advertencia sin quebrarse él mismo. El enojo funciona entonces como mecanismo de distancia narrativa: convertir al otro en obstáculo o escombro, es más soportable que tolerar la imagen que devuelve el espejo. Entonces, es mejor cerrar los ojos. Vivos y muertos conviven, sin derecho a duelo, en el tiempo circular del andén.

Aldo Bombardiere Castro / Cuerpos ausentes: invocaciones y respuestas. Reflexiones en torno a “Murmullos de agonía” de Janet Toro

Arte, Estética, Filosofía

La bruma entre los espinos y entre los espinos las espinas adheridas a la tela. Crucificados y sin coronas, les niñes han dejado el zumbido de sus cuerpos colgado del ramaje. Una ventisca ha de llorar antes que la lluvia. Y cuando llueve, buscamos creer que las lágrimas de los niños coinciden con nuestras lágrimas; deseamos creer, deseamos convencernos, siempre erróneamente, que Palestina nos ha perdonado. Entonces el barro susurra a nuestro oído mudo de espinas: “no, no les he perdonado”. Y mientras lloramos, la tempestad de espinos guarda silencio por un segundo, y acto seguido agrega: “no les he perdonado porque no hay nada que perdonar: éste es mi cuerpo”. Les niñes de Gaza, mártires entre los mártires, son el hilo de sangre capaz de hilvanar la dignidad inapelable del genocidio contra el pueblo palestino con aquella infancia que persevera en la misma resistencia de todos los pueblos del mundo. Al no existir banderas ni colores, el blanco instalado por Janet Toro, evocado e invocado por Janet Toro, además de un suspiro sagrado y una señal de inocencia, hace visible el abrazo que reúne todos los colores. Nuestro murmullo del alma, aunque nunca termine por llegar a Gaza, también proviene de Gaza. Y, tal vez, algún día eterno, sea capaz de arrullar a les niñeces de Gaza.

Paloma Castillo / Heredar la alegría

Filosofía, Política

“Hay entonces una cita secreta entre las generaciones pasadas y la nuestra”. Walter Benjamin

Voy a empezar por lo luminoso, porque la otra coreografía me tiene cansada: el inventario minucioso de los fracasos y, al final, un pedacito de esperanza que parece sustentarse solo en la porfía. Así ha sido siempre, o al menos desde que tengo memoria. Esa estructura, la del sacrificio: sufrir ahora para merecer. Ese es precisamente el problema que arrastra la izquierda en la que crecí.

Pienso. La alegría primero. Una marcha de un millón de personas, ese instante en que uno mira hacia los lados y el estar entre muchos hace algo con la rabia: la vuelve soportable, legítima. Lo curioso es que eso —que es lo más vivo que nos ha pasado en años— el psicoanálisis suele leerlo con desconfianza: como masa, como pérdida del sujeto, como regresión. Hay buenas razones históricas para esa desconfianza; Freud escribió sobre las masas con el ascenso del nazismo de fondo. Pero Wilhelm Reich, que estudió la psicología de masas del fascismo desde dentro, advirtió algo que la izquierda de su época no quiso escuchar (y nosotros tampoco): que el fascismo le ganó el fenómeno de masas porque la izquierda lo despreció, porque trató la necesidad humana de pertenecer, de formar cuerpo con otros, como una debilidad a corregir en lugar de una fuerza a disputar. Esa advertencia sigue intacta. Cuando la izquierda desprecia el deseo de estar juntos, no lo elimina: se lo regala a otros, que sí saben qué hacer con él.

Paloma Castillo / La izquierda que no quiere volver a enamorarse. Sobre la organización política como deuda con el futuro

Filosofía, Política

Hace unos días conversaba con Rafa Mondragón sobre estas cosas que me preocupan y que a veces sospecho que sólo me preocupan a mí —la organización, el partido, la militancia— y me dijo una frase que no se me fue más. La izquierda, dijo, tiene con la discusión sobre la organización la misma relación que alguien que tuvo una pareja muy mala y por eso ya no quiere volver a enamorarse. Me quedé con eso. Y al rato me quedé también con la trampa, que es la de todas las frases buenas: que una las quiere usar como conclusión cuando son solo el principio de un problema. (Eso último, lo de las frases buenas, también lo escribió Rafa en un texto del 2020. Se lo robo con crédito.)

Hay que tomárselo en serio, porque el desamor es real. No es un capricho, y no es —como a veces se dice con cierta soberbia— pura cobardía pequeñoburguesa. Hubo parejas malas de verdad. El siglo XX está lleno de partidos que prometieron emancipación y entregaron burocracia, comités centrales, alguna purga. Y más cerca, en Chile, pasó algo que ya conté en otra parte y no voy a repetir entero: la transición desmanteló por opción política la militancia que había sostenido la resistencia a la dictadura, y al mismo tiempo el modelo destruyó las condiciones donde esa militancia podía existir —la industria, los sindicatos, la población, los lugares físicos donde la gente simplemente se veía—. Las dos cosas a la vez. El miedo a volver a enamorarse no salió de la nada. Se aprendió.

Mauro Salazar J. / Discépolo. Un presente de Grottos. Comicidad de Palacio

Estética, Filosofía, Política

Cesura. Texto de crisis: País como «modelo» significaba, y aquí está la trampa, que los habitantes mismos del país, Chile, comenzarían a mirarse desde fuera, como observados, como ejemplares, como destinados a demostrar algo a la posteridad. Cuando un país se vuelve modelo, deja en cierto modo de habitarse a sí mismo: se exhibe. Y la exhibición, ya se sabe, es siempre la antesala del derrumbe.

Escribir sobre Discépolo, digámoslo con la lentitud que exige el duelo, es escribir sobre el momento en que una palabra (¿País?) pierde su origen y empieza a sobrevivirse a sí misma, sin si quiera nombrar su decadencia. Es cuando su sobrevivencia espectral se ha engrillado. Sobrevivencia que es, exactamente, lo contrario de la vida. Hay un verso, un solo verso, que merece detenerse: «se nos fue la mina». Dicho así, sin énfasis, sin retórica, en la austeridad brutal del lunfardo que nombra mediante una metáfora minera (década perdida) aquello que no puede nombrarse de otro modo: la pérdida. No una pérdida entre otras, no una pérdida; la pérdida en cuanto tal, la pérdida que precede y excede todas las pérdidas particulares. La mina, yacimiento, mujer, patria, fe, sentido, se fue. Y con ella se fue, también, la posibilidad misma de seguir diciendo País. Porque ¿qué queda cuando se va la mina? Queda el vacío y la galería vacía. Queda —y esto es lo terrible— la voz que debe seguir cantando en el vacío, la voz que debe prestar su garganta al silencio de la mina ida. Me detengo aquí. Hay que detenerse. La filosofía universitaria no se detiene nunca: avanza, concluye, sistematiza, pontifica.