Cabe preguntarse qué significa exactamente que una civilización pueda representar con toda precisión la catástrofe de su propio planeta –la sequía, la inundación, el colapso de las placas– y sin embargo se encuentre del todo incapacitada para imaginar la cesura de su modo de producción. No se trata de un déficit de imaginación, como si bastara con convocar a los poetas o multiplicar los talleres de futurología. Algo más grave ha ocurrido: la distinción entre lo posible y lo imposible ha dejado de pertenecer al orden de la potencia y ha pasado a ser una cuestión administrativa. Aquello que no puede ser administrado no puede ser pensado, y aquello que no puede ser pensado ha sido declarado, por eso mismo, imposible. En este sentido, el capitalismo no se ha impuesto como una ideología entre otras, sino como la resolución anticipada de toda cuestión. Mark Fisher llamó realismo capitalista a esa circunstancia en la que el capitalismo no necesita ya defenderse, porque la ausencia de alternativas se ha vuelto la evidencia misma de la experiencia. El realismo es aquí una categoría de armas: designa la capitulación presentada como lucidez. No es que se hayan agotado las utopías; es que la palabra utopía ha sido degradada a sujeto de nostalgia, un bien de museo del siglo XIX. Y sin embargo quizás el diagnóstico permanezca superficial mientras no se pregunta por el afecto que lo sostiene. Un orden que no puede ser imaginado de otro modo no es solo un orden del pensamiento: es también una forma de tristeza, quizás la única que un orden puede producir de manera industrial.
felicidad
El pensamiento como bien común: Averroes contra la lógica de la soberanía. Entrevista especial con Rodrigo Karmy Bolton
Filosofía, PolíticaEn Ficción de la razón reproducimos la entrevista realizada por Márcia Junges al filósofo Rodrigo Karmy Bolton. Publicada recientemente en portugués por el Instituto Humanitas UNISINOS.
IHU: En este año en que celebramos el 900 aniversario del nacimiento de Averroes, ¿qué aspectos de su obra considera más urgentes para comprender los dilemas políticos, culturales y religiosos del siglo XXI?
RK: Si por “urgencia” entendemos lo fundamental de un problema y no necesariamente el apuro impuesto por el tiempo cronológico, diría que, resulta urgente su teoría del intelecto y su concepción de la ilustración. Respecto de la primera, Averroes la formula en sus tres comentarios al De Anima de Aristóteles (el pequeño, medio y gran), pero es en el Gran Comentario al De Anima de Aristóteles donde funge la teoría de los dos sujetos para entender la cuestión gnoseológica: un primer sujeto (en el sentido aristotélico de “sustancia” –“ousía”) remite al “intelecto material” o “potencia del pensamiento” que Averroes lo entiende como una sustancia cosmológica que es separada de los cuerpos individuales, único para toda la especie y eterno como lo es el mundo; un segundo sujeto (ahora en cuanto “motor”) lo remite a la imaginación que pertenece a cada uno de los seres humanos y que funciona como la fuerza de singularización, es decir, el “motor” que, al igual que en el campo de los sentidos el sensible hace pasar al acto al sentido, la imaginación -la imagen, en particular- permite pasar al acto a los inteligibles. Gracias a la imaginación cada ser humano en particular podrá participar de la potencia común del intelecto que, como señalamos, está intrínsecamente “separada” respecto de los cuerpos. Al proponer la noción del intelecto separado, Averroes ofrece una noción materialista de la gnoseología en la medida que, en mi lectura, dicho intelecto será “material” no porque esté hecho de materia entendida como “sustrato” sino porque se despliega como un receptor, un lugar, un espacio no representable.
Giorgio Agamben / La infancia de Adán
FilosofíaNo se comprende la concepción que nuestra cultura se hace del ser humano si no se recuerda que en su base está un hombre sin infancia: Adán. Según la narración del Génesis, el hombre que el Señor crea y coloca en el jardín del Edén es un adulto, a quien Él habla y da mandamientos, y para el cual crea una compañera para que no esté solo. Y solo un adulto, y desde luego no un in-fante, podía dar un nombre a todos los animales del jardín.
No sorprende que un ser sin infancia no pueda permanecer inocente y esté fatalmente destinado a la culpa y al pecado. Quizá el pesimismo que condena al Occidente cristiano a remitir siempre al futuro la felicidad y la plenitud proviene de esta singular carencia, que hace de Adán un ser constitutivamente privado de infancia. Y acaso sea por esta falta más originaria que cualquier pecado que, por una parte, la infancia es para cada uno de nosotros el lugar de la nostalgia de la felicidad imposible y, por otra, en la organización social, una condición defectuosa que hay que disciplinar y amaestrar a toda costa. Y si el psicoanálisis ve en el niño al sujeto oculto de toda neurosis, ello se debe quizá precisamente a que en alguna parte actúa en nosotros el paradigma adánico de un hombre sin infancia.
Gerardo Muñoz / Henri Rousseau: las proezas enigmáticas de un pintor
Estética, FilosofíaHenri Rousseau fue un simple aduanero francés, si bien pocas cosas son simples en la vida del ser humano. Su llegada a la pintura, como es sabido, es asunto tardío, lo cual asumió como retiro en el domingo de la vida. La serenidad atraviesa todas las telas de Rousseau, incluso aquellas donde se atestigua la violencia, como la enorme “Guerra” (1894), en el que una niña con tupida melena salta por encima de cuerpos desnudos y mutilados. Quizás por eso mismo el follaje rectilíneo y metódico de su pintura tenga algo de primogénito. Llegar tarde a la pintura valida el ocaso del mundo, y por eso mismo el pintor sólo atina a clavar su mirada en las cosas más elementales. Este era el rasgo que apreciaba Carla Lonzi de las telas del pintor: esas figuritas aparentemente extraviadas en el paisaje congelado que dejan entrever lugares de aire familiar: una factoría de mercancías domésticas, un parque cerrado, o una embarcación que descansa en el puente de Charenton. En Rousseau los albures de la cotidianidad no tienen rumbo; se extravían del guion de la historia [1].
Giorgio Agamben / Ciencia y felicidad
FilosofíaA pesar de la utilidad que creemos obtener de ellas, las ciencias no pueden hacernos felices, porque el hombre es un ser parlante, que necesita expresar con palabras alegría y dolor, placer y aflicción, mientras que la ciencia, en última instancia, tiene como objetivo un ser mudo, que sea posible conocer en número y medida, como todos los objetos del mundo. Los lenguajes naturales que los hombres hablan son, al límite, un obstáculo para el conocimiento y, como tales, deben ser formalizados y corregidos, eliminando como «poéticas» aquellas redundancias a las que, en cambio, prestamos atención principalmente cuando expresamos nuestros deseos y pensamientos, nuestros afectos como nuestras aversiones.
Gerardo Muñoz / Elogio del aguador
Estética, Filosofía, Sin categoríaEn el intercambio de palabras entre amigos y la necesidad de mantenerlo vivo y duradero, hay una reminiscencia de una cuenca de agua. Si es cierto que la ‘habladuría’ elimina la posibilidad de poetizar en el lenguaje, entonces la comunicación no es sólo una práctica de traducción y legibilidad, sino fundamentalmente de transmisión de una experiencia, por más imposible y tenue que ésta sea. Es a través de la comunicación que sale a flote la antigua figura del ‘portatori d’acqua’ o aguador que ya se hacía notar en la aurora de la España moderna. El aguador es una figura del estancamiento que sustenta la vida, cuyo semblante icónico devela la indigencia social.
