Mauro Salazar J. / Una glosa a «Un espejo trizado». Circuitos y posiciones de las modernidades Ensayo sobre cultura, política y modernidad periférica. (FLACSO, 1988)

Filosofía, Política

I. Cómo se rompió el espejo

Hay un momento en la historia intelectual de Chile donde la pregunta por la cultura deja de poder formularse en los términos heredados, no porque los términos se hayan agotado por desgaste conceptual, sino porque la violencia los rompió desde afuera, los devolvió fragmentados, obligó a su rearticulación desde los bordes. Ese momento no es un instante puntual sino una lenta acumulación de fracturas superpuestas: el golpe de 1973, los años de silencio administrado por la dictadura, la emergencia de centros académicos privados como espacios de resistencia intersticial y, sobre todo, el largo proceso que en la segunda mitad de los años setenta y durante toda la década de los ochenta se denominará, con imprecisión productiva, «renovación socialista». En ese cruce de heridas y reformulaciones —donde la herida no es metáfora sino condición material de la escritura—, la obra de José Joaquín Brunner, y en particular el volumen de ensayos reunidos bajo el título «Un espejo trizado» (FLACSO, 1988), emerge como uno de los ejercicios más sostenidos de reconfiguración del análisis cultural en el cono sur latinoamericano.

La renovación socialista no fue un movimiento homogéneo ni produjo un programa articulado. Fue, antes que nada, un proceso de duelo intelectual: el duelo por la derrota del proyecto de la Unidad Popular, por la imposibilidad de sostener la teleología revolucionaria, por la erosión de los grandes relatos que habían organizado la política de izquierdas desde los años sesenta. El duelo no como estado sino como trabajo: la labor oblicua de quien debe seguir pensando con los fragmentos de lo que ya no puede sostenerse entero. En ese contexto, el marxismo deja de ser un instrumento de certeza científica para convertirse en un campo de interrogación abierta. La pregunta que se abre, y que Brunner asume con una urgencia que la escritura cifra pero no disimula, es ésta: si la revolución fracasó, si el paradigma leninista había mostrado sus límites operativos y sus efectos perversos, ¿desde qué lugar analítico puede pensarse la sociedad, la cultura, la política chilena? ¿Con qué herramientas conceptuales, extraídas de qué tradiciones, producidas bajo qué presiones institucionales?

Comunismo Acéfalo / Más allá de la burocracia y el culto a la acción: Notas sobre la protesta y la imposición del orden social

Filosofía, Política

¡Un oasis de horror en medio de un desierto de tedio!” Charles Baudelaire

Introducción

El acelerado ritmo que ha marcado los anuncios de las medidas económicas de la actual administración vuelve difícil estar constantemente al tanto de cada una. Muchos se han referido a esto cómo una estrategia que busca saturar los medios y desorientar a la oposición, lo que Steve Banon (el ex-estratega de Trump) ha denominado “inundar la zona”1. La rápida reducción de apoyo popular hacia Kast y su gobierno (del 50% al 43%) no parece de importarles, después de todo a sus ojos el apoyo del “pueblo” fue necesario para llegar a la Moneda, pero el que perdure o no durante el gobierno, es algo meramente accesorio. 

No podemos comprender la estrategia de Estado del nuevo gobierno, sin dar cuenta de sus fundamentos en un ideario conservador, antiigualitario y antiilustrado cuyas inspiraciones trazan una línea desde Diego Portales a Jaime Guzmán. Para el nuevo gobierno es preferible que la democracia liberal y sus fundamentos queden progresivamente al margen, —pero siempre con el cuidado de no romper con ella formalmente—, para, en su lugar, imponer un orden social implacable que no tema hacer uso constante de la fuerza represiva del Estado, y que permita la proliferación de la ganancia por parte de los grandes conglomerados empresariales del país.

Mauro Salazar J. / Pinochetismos híbridos. Persistencia espectral y sintaxis de los cuerpos

Filosofía, Política

La hacienda no fue tierra: fue gramática, fue látigo inscrito en la carne oscura. Alguien firmó el dieciocho y el dieciocho se hizo mito, se hizo cueca, se hizo la forma exacta del miedo que se viste de bandera. El cuarenta y cuatro por ciento no votó por un hombre: votó por seguir siendo legible en el orden que los hizo sombra con nombre prestado. Borrarlo sería borrarse. La traza no cede.

La formulación misma del problema (despinochetizar) no significa que el tiempo está fuera de quicio, sino que contiene su propia clausura. No se trata de un fracaso operacional de la «transición», de su pedagogía cívica, sino la evidencia de una dificultad geográfica que las ciencias sociales -y los actores políticos- se han resistido sistemáticamente a reconocer en el orden de lo diacrónico-temporal: la despinochetización, como ilusión metafísica de la reversibilidad, es impracticable porque implicaría la deschilenización de una arquitectura oligárquica, racista y autoritaria de un modo que precede y excede a Pinochet, y persiste después de su muerte física como sustrato político-cultural activo. La política de la conjuración, con sus trazas y herencias, se mantiene suspendida porque la hacienda, la encomienda, el vasalle y el racismo fundacional se mantienen en vilo. Una tarea que, sin negar los afanes reformistas (1990), trasciende cualquier agenda transicional y que las ciencias sociales, aún presas del empirismo del presente no han querido, todavía, comenzar. El «cuerpo colonizado-hacendal» no fue simplemente explotado: fue ordenado semánticamente. La hacienda produjo una sintaxis de la carne, un sistema de posiciones que distribuía la voz, la obediencia y la pertenencia según coordenadas que nada tenían de naturales. La encomienda no fue, en primer lugar, un dispositivo económico: fue una operación metafísica que separó a los seres con densidad ontológica propia de aquellos condenados a existir solo como funciones de otro.

Aldo Bombardiere Castro / Tercera divagación sobre la poesía en tiempos de catástrofe: lo imposible

Filosofía, Poesía, Política

Dentro del contexto de producción capitalista, y particularmente a medida que se agudiza el paradigma neoliberal hasta su fase neofascista, el concepto de “publicidad” se identifica con el plano del marketing. Esto no sólo ocurre a raíz de un proceso de subsunción real de la vida social bajo la maquinaria del tardo capitalismo intensificado, sino también en virtud de la apropiación economicista y privatizante de una significación política. En efecto, la idea de publicidad, en cuanto esencia significativa que concentraría las notas fundamentales inherente a la categoría de lo público (su sentido político y deliberativo, así como el entramado discursivo, valórico, cultural y lingüísticamente compartido que define a la ciudadanía), resulta capitalizada por el capitalismo, convirtiéndola en un espacio social al servicio del marketing privado. Dicho en términos gramaticales, la significación de los adjetivos y predicaciones capaces de cualificar diversos tipos concretos de publicidad (por ejemplo, publicidad científica, publicidad política, publicidad artística), desde hace mucho tiempo se ha visto capturada por la dinámica del capital, haciendo de la publicidad ya no una esencia ideal, sino un sustantivo, substancial y naturalizado, bajo el cual queda inmediatamente contenida su primaria referencia al mercado.

Mauro Salazar J. / La Cultura Autoritaria en Chile de José Joaquín Brunner (FLACSO, 1981). (Preguntas, tensiones)

Filosofía, Política

«El hecho de que este libro esté abierto por «un otro» proveniente de otra área y que, en el interior de estas páginas, se junte con el estudio de José Joaquín Brunner, al margen de la visión estrictamente parcial que este preámbulo pueda presentar, hace que finalmente sea un panorama común el que emerja; allí es donde se ve el cielo y donde están las pampas y las aldeas. Es en ese panorama, a fin de cuentas, el terreno que nos une, donde los proyectos se desgarran o completan y donde se percibe el peligro. La vida misma.» Raúl Zurita, mayo de 1981.

1. Introducción: el problema y la tesis

Hay textos que no simplemente describen una época sino que son, ellos mismos, síntomas de la fractura que intentan nombrar. La Cultura Autoritaria en Chile (Brunner, 1981, FLACSO) es uno de esos documentos en los que el pensamiento crítico latinoamericano —acorralado, desplazado, operando desde los márgenes que el régimen militar le dejaba disponibles— procuró articular un diagnóstico de la condición cultural impuesta a partir del golpe del 11 de septiembre de 1973 (Brunner, 1981). Producido en el interior mismo de la dictadura, el texto de Brunner no es una denuncia exterior al sistema que analiza sino una operación intelectual ejecutada desde dentro de sus condiciones de posibilidad: una escritura que descompone el andamiaje ideológico de la dominación usando categorías gramscianas, semióticas y materialistas que el propio régimen pretendía suprimir (Garretón, 1983; Williams, 1977).

El problema que este artículo se propone examinar puede formularse con precisión: ¿cuál es la tesis central de Brunner (1981), cuáles son sus estrategias de demostración, cuáles sus límites analíticos y cuál su vigencia para comprender las nuevas formas de dominación cultural en el presente de la ultraderecha latinoamericana? La hipótesis de lectura que lo organiza es la siguiente: el autoritarismo chileno no opera únicamente por la vía de la coerción física sino que constituye un proyecto sistemático de reconversión del campo de las representaciones —un proyecto cuya eficacia histórica reside en la destrucción de la capacidad de los sectores subalternos de concebirse a sí mismos como sujetos con un proyecto histórico propio (Brunner, 1981, p. 10)— y ese proyecto sobrevivió a la democratización formal de 1990, instalándose en la democracia como su núcleo duro no dicho (Tironi, 1990). Las páginas que siguen demuestran esa hipótesis en nueve momentos articulados.

Mauro Salazar J. / El PC. Metal y sombra. Obediencia y orfandad de sustancia

Política

Un partido que desorienta por lo que ya no permite saber: ¿es un partido obrero sin obreros, social-demócrata, un partido popular sin pueblo, un partido de izquierda que administra lo que la izquierda impugnaba? La pregunta no encuentra respuesta porque «el partido mismo ha dejado de saberlo». Tal ignorancia —serena, institucionalizada, presupuestada— es quizás su rasgo más definitorio.

Hay una pregunta que esta nota no formula porque no puede formularla sin implicarse en lo que pregunta: ¿qué ocurre cuando un partido —de rojo amanecer— que se definió durante un siglo por su distancia radical con el orden existente decidió, en un momento que llama estratégico, ingresar a la modernización como si existiera un territorio vacante para reformas populares? La pregunta no es retórica. Es la pregunta que el mundo post-Recabarren debería haberse hecho antes de responderla con los hechos, antes de que los hechos respondieran por él con una elocuencia que ningún congreso partidario habría aprobado y que ninguna glosa keynesiana tiene actualmente el coraje de leer en voz alta ante sus bases. Hay convicciones que solo se sostienen mientras no se las examina. Esta coalición examinó las suyas demasiado tarde, o demasiado rápido, que en política suele ser lo mismo.