Mauro Salazar J. / Progresismo Expansiva. Genealogía de una tercera derecha

Filosofía, Política

La década de los 90’ portaba el aliento de una estación de la esperanza. No la esperanza ingenua de quien no sabe lo que enfrenta, sino la de quienes lo saben y eligen actuar a pesar de eso. Los primeros gobiernos de la Concertación cargaban con una deuda profunda —con los cuerpos que la dictadura había destruido, con las vidas que había interrumpido; durante diecisiete años de violencia no solo física sino también simbólica, cultural, íntima. El panorama crítico oscilaba bajo las limitaciones que los enclaves autoritarios, disciplina de gobernabilidad, y la vigilancia de una derecha que había blindado constitucionalmente sus conquistas. Con todo, se levantaron esfuerzos desde un impulso que no admite reducción al verso bruto.

El almeydismo representa el momento en que la izquierda dentro de la transición intentó sostener una articulación de demandas sin disolver su disenso constitutivo: insistió en que la democratización no podía separarse de la transformación estructural, que la apertura política sin disputa del modelo era democracia a medias. No se logró crear las condiciones no lo permitían, pero intentó algo que sus sucesores no intentarían: nombrar al adversario, trazar la frontera, sostener que había algo que no podía negociarse sin que la política dejara de ser política para convertirse en administración.

Las tensiones productivas de los noventa: ultimo pliegue crítico

Los centros académicos (años 90’) que la izquierda había construido como espacios de resistencia durante la dictadura se convirtieron gradualmente, al llegar la democracia, en espacios de legitimación del nuevo orden. FLACSO, la revista «Proposiciones» de Ediciones SUR, los think tanks que nuclearon a los «renovados» del socialismo: todos portaban, en los años ochenta, una tensión productiva entre el análisis crítico y la urgencia política. Esa tensión fue aquello que la transición comenzó a desactivar, no por la vía de la censura, sino mediante los desplazamientos y debates entre «autoflagelantes» y «autocomplacientes» que fueron cerrando un círculo. Un tiempo de cartas públicas, donde el último suspiro de crítica adorniana era posible.

Fue en ese marco tensionado donde emergieron las voces que el progresismo aprendió a domesticar. Nelly Richard fundó la Revista de Crítica Cultural en mayo de 1990 como espacio que rehusaba separar la estética de la política. En La insubordinación de los signos (1994) y Residuos y metáforas (1998), construyó un lenguaje de la transición que el campo concertacionista nunca pudo responder: su análisis de las «escenas residuales» señalaba el punto donde el modelo mostraba su violencia simbólica. En estrecho diálogo con la Escena de Avanzada, Richard y Diamela Eltit —cuya escritura, desde Lúmperica (1983), constituye una práctica de resistencia sostenida contra el lenguaje del poder— produjeron la intervención más incómoda del período: la evidencia de que la democracia pactada había pactado también sus formas de representación cultural. El año 1997 Tomás Moulian sancionaba el consensualismo enfermizo del realismo, José Joaquín Brunner replicaba por temporalidades y Manuel Antonio Garretón abrazaba la tesis de los enclaves autoritarios. Thayer desde la filosofía política de la desposesión, Santa Cruz desde la escritura como práctica política, la crítica cultural de los márgenes que hizo del cuerpo femenino un archivo de la violencia.

La formulación más contundente de Eltit es también la más simple: en Chile se instaló que el mercado era la democracia. «Fuimos el laboratorio del neoliberalismo», señalaría en 2021; «un sistema irracional que fue pensado muy racionalmente, donde los economistas le dieron sensatez a un modelo insensato». Lo que la escritura nombró fue exactamente lo que la ciencia social progresista había aprendido a callar: que la transición no solo heredó el modelo económico de la dictadura sino también su gramática cultural, su modo de administrar los signos de lo posible.

Hubo también otra escritura. Una crítica que operaba desde los márgenes del lenguaje mismo: interrogaba los signos que el consenso dejaba sin procesar, los rastros simbólicos que la transición producía sin poder nombrar. Y junto a ella, una filosofía que había callado siete años tras el golpe y que al volver no habló del modelo sino de la catástrofe: del modo en que una lengua puede ser destruida desde adentro, de cómo la institución que administra el saber gestiona también el olvido.

Norbert Lechner lo había formulado con precisión: sin trabajo cultural profundo, sin referentes simbólicos compartidos, el procedimiento democrático se vacía y cualquier operador del resentimiento puede llenarlo. Lo que llamó «modernización sin modernismo» retornó en 2019 (bajo la revuelta) con una urgencia que él no pudo prever. La paradoja mayor: el progresismo citó a Lechner mientras producía exactamente lo que él advertía, y redujo esa escritura crítica a «experimentación estética» para no reconocerla como intervención política.

Progresismo tecnocrático. Una fenomenología del orden

La distancia entre ese campo intelectual en tensión y el progresismo tecnocrático del ciclo laguista no es de grado sino de naturaleza. El concertacionismo de los primeros gobiernos gestionó el modelo neoliberal bajo presión de los enclaves autoritarios, con una tensión interna activa. Expansiva lo administró por convicción: había dejado de ver el modelo como problema y construyó el armazón intelectual que naturalizó esa gestión como única política posible. Entre realismo impuesto y realismo elegido hay la distancia exacta entre la derrota y la capitulación.

Fundada en marzo de 2001, Expansiva no fue un think tank de ideas: fue una fábrica de legitimación con perfil de élite. Sus integrantes —todos con estudios en el extranjero— habían aprendido a nombrar el mercado como modernidad y la eficiencia como justicia. A diferencia del CEP de la derecha, con doctrina explícita y trinchera declarada, Expansiva operó desde la experticia flotante: circuló entre academia, medios y gobierno sin que ese movimiento requiriera justificación pública. Su penetración institucional alcanzó su cima en 2006, cuatro de sus miembros ocuparon ministerios —Velasco en Hacienda, Blanlot en Defensa, Bitrán en Obras Públicas y Poniachik en Minería. La tecnocracia no fue el instrumento del progresismo laguista, sino su ideología.

Lo que Expansiva institucionalizó no fue solo una práctica de gobierno sino una figura nueva: el académico multimedial. Donde el intelectual de los noventa producía desde la fricción entre la crítica y la urgencia, el académico multimedial opera por simplificación y circulación. «El trabajo científico también debe tener una dimensión de vulgarización», declaró en su momento uno de sus referentes centrales. La vulgarización no era un defecto del método: era su programa. El resultado fue preciso: sustituyó la disputa por la gestión, el antagonismo por el consenso, la pregunta estructural por la «evidencia técnica» de la politología. El intelectual devino consultor, asesor y comentarista de turno; el saber experto, insumo para la agenda mediática. Y la política pública, el horizonte último de lo pensable —no porque fuera el más ambicioso, sino porque era el único que el modelo podía financiar sin perturbarse.

Es aquí donde la noción de «tercera derecha» adquiere su pertinencia analítica más cortante. No designa una identidad subjetiva ni una filiación programática declarada: designa una función estructural. La primera derecha fue la del pinochetismo —la que instaló el modelo por la fuerza. La segunda fue el lavinismo democrático —la que lo administró desde la derecha institucional, sin ocultar su pertenencia. La tercera se instaló en el campo que se llamaba a sí mismo de izquierda y operó desde allí como garante ideológico del orden que decía cuestionar. Su eficacia fue mayor precisamente porque su función de bloqueo no era reconocida como tal —ni por sus propios actores ni por el campo que la produjo.

El contraste con los noventa no podría ser más nítido. Cuando Nelly Richard analizaba los «residuos» simbólicos que el consenso no podía procesar, abría una fisura en el orden; cuando Eltit escribía que el mercado se había instalado como democracia, señalaba la operación de sustitución que nadie en el campo concertacionista se atrevía a nombrar. Expansiva clausuró esas preguntas antes de formularlas: su lenguaje era el de la «buena política pública», la «evidencia técnica», la «gobernanza eficiente». No era el lenguaje de quien interroga el orden: era el de quien lo gestiona convencido de que hacerlo bien es la forma más alta de la política.

La dirección ejecutiva de Expansiva tuvo una secuencia que tiene su propia lógica. Andrés Velasco la fundó y condujo: el economista que pasó de think tank a Hacienda sin solución de continuidad, como si ambos cargos fueran el mismo con distinto membrete. Javier Couso lo sucedió: el jurista que mantuvo el perfil técnico-liberal con discreción institucional. El tercero marcó el tiempo de la politología como fenomenología del orden: el estudio científico del poder como sustituto de su impugnación, la descripción de las élites como coartada frente a la exigencia de disputarlas.

Desde mediados de los años 2000, la politología operó como el agente del factoring que sabe que los juegos de poder se han desplazado y que los esfuerzos concertacionistas cedían estrepitosamente. Representa el momento en que se exacerba un progresismo regresivo y pactante en la base: su zona de operación es la complicidad directa con el orden que describe. En suma, una agencia al servicio de la adaptación: todo en nombre de la neutralidad científica. Sus preferencias de trabajo no perturban ningún modelo; no hay fisuras ni cortes. Abundaban las preguntas sobre élites: Expansiva y Patricio Navia —cuya visibilidad comienza con el marketing político bajo Lagos— son su ecosistema natural. Los estudiosos de las élites se hicieron parte de las élites; los analista del capital político acumularon el capital que analizaban. Y así, el nuevo progresismo hizo de la derrota un sentido común académico: no es el único en ese gesto, pero es persistente en su axiomática.

La tercera derecha no fue solo práctica de gobierno: fue construcción de campo intelectual, en su dimensión más duradera, fue fabricación de una cultura progresista que el modelo podía administrar sin perturbarse. The Clinic fue la alegoría más perfecta: el espacio donde la disidencia aprendió a ser entretenida, donde la crítica se volvió género rentable, donde la ironía sustituyó a la impugnación. Una disidencia protegida, en el sentido preciso de una impugnación que el modelo absorbía porque su forma misma —la sátira, el humor, la irreverencia. Lo que queda del impulso inicial permanece como memoria suspendida: la evidencia de que hubo momentos, en el almeydismo, en las tensiones de los noventa, en la obra de Richard-Eltit (Brunner-Moulian) como intervenciones que el campo debía procesar o silenciar, en que algo diferente era concebible. Esa posibilidad fue clausurada no solo por la fuerza del modelo neoliberal sino por la colaboración activa de progresismos voluptuosos (politología) que disponían de todos los recursos para nombrar un disenso y optaron por erradicar lo político.

Lo que queda en este tiempo de salida no es la porfía melancólica, sino algo más grave: la incurable domesticación progresista. La escritura preservada como ornamento: el análisis administrado como «youtube interpretativo». Con todo, algo persiste que el orden no termina de cicatrizar porque no sabe, todavía, cómo nombrar el presente.


Sobre la idea de “Tercera Derecha” reconozco mi deuda intelectual con el Dr. Javier Agüero Aguila.

Dr. Mauro Salazar J. UFRO-Sapienza.

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