A mi hermano Rodrigo Romero,
el que experimenta y que, como Beckett,
besa las calles de Dublín
“Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better”. “Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.
Esta suerte de mantra literario, reconocido por quienes se interesan en este tipo de lugares poco comunes, es un extracto de Rumbo a peor, un texto de Samuel Beckett publicado en 1983, seis años antes de su muerte.
El pasaje ha tenido muchas y hasta bizarras lecturas, desde empresarios que lo han transformado en un cierto de tipo de “optimismo bursátil” y materia de coaching, hasta filósofos como Alain Badiou que han reconocido su admiración por el autor irlandés desde su más temprana juventud. También, con la debida distancia, es mi caso.
Lo de Beckett no se trata de un par de libros notables, sino que su escritura es una literatura completa, un universo en expansión, un tiroteo de infinitas balas de sentido que componen, al final, un feroz tipo de existencialismo; pero uno distinto al de Sartre o al de Camus, por ejemplo. Lo que se transparenta en los libros de Samuel Beckett no son solo las típicas preguntas por el sentido de la vida, la angustia de cara a la inminencia de la muerte o la soledad como pulso de la creación y zona absoluta para que surja lo “imaginable”, no. En él todo va de una extrañeza aún mayor, más allá de la nada y más allá de lo absurdo. Es la vida perforando lo cotidiano no a la luz de las grandes cuestiones que aquejan a la humanidad, sino que de una afirmación de esa misma vida ahí donde se ha perdido toda cardinalidad, donde no hay puntos seguidos, ni finales sino solo puntos suspensivos; y las cuestiones megalómanas de la existencia quedan subordinadas al instante, a la sucesión de relámpagos cotidianos que terminan por desarticular cualquier pretensión de respuesta o que, más bien, inhabilitan toda búsqueda, dejando al ser en un estado de sistemática potencia, encadenado a lo que pudo llegar a volverse significativo en su vida pero que cae, cae y cae en la abisal constatación de que nada, al final, tiene la potencia de un significado. La vida está en otra parte –como el título del hermoso libro de Milan Kundera– no aquí, tampoco allá, simplemente no está a la vista, no se divisa ni se compromete con el presente, menos con el futuro. No es que la vida que no tenga sentido, sino que de plano no se busca uno; solo se pasa por ella, se planea, la reconocemos como no-nuestra y más bien habitando en un no-aquí; la vida va, es, pero en otra parte: aérea y con otro tempo.
Entonces todo iría en Beckett del devenir instantáneo; del río heracliteano cuyas aguas nunca serán las mismas; del centelleo polaroid (palabra que, y porque toca, se la debo a Mauro Salazar). De este modo, habrá que decirlo, el mundo se estremece frente al acontecimiento imponderable que lleva a existir segundo a segundo, asumiendo con toda la resistencia de la que disponemos de que nada está escrito, o deviene ígneo o impreso en piedra, sino que derechamente no sabemos ni siquiera algo, salvo, quizás que vamos a morir en algún momento; pero esto es una ilusión afásica, una corazonada muda en la médula de un momento lleno de vacío –“Cada palabra es como una mancha innecesaria en el silencio y la nada” (Beckett en su correspondencia epistolar hacia no se sabe quién)–.
Mas esta no es la angustia de Beckett, lo cierto es que no busca transmitir ninguna, sino que su escritura está en vuelo crucero hacia lo indeterminado, hacia una ausencia que es eufórica a veces. Así como lo escribía Jonathan Swift “Hay una fiesta en el centro de la nada”. Quien quiera entrar y levitar en este tipo de escritura no siempre será bienvenido, lo más probable es que salga maltrecho si es que lo que buscaba era algún tipo de brújula y no, en el escritor de Compañía (extrañísima novela breve de 1979) no hay agujas apuntando hacia ningún norte, pero esto, justo esto, es todo lo que podemos saber, lo que ya es mucho. No se construye una vida, se va haciendo con los amores, los dolores, las muertes y las pérdidas, pero, igual, con el fracaso que, en el caso del irlandés, es un motor vital y no un motivo para abandonar la existencia que desde que caemos al mundo comienza a mostrar su perfil irreversible.
“Fracasa otra vez, fracasa mejor”. Resuena contradictorio, pero hay un arcano optimismo en este pasaje. Si asumimos que la vida es un espiral de fracasos en secuencia, pues habrá que hacer de él una experiencia insistente, densa, intensa y no dejar de intentar fracasar otra vez porque ahora tenemos la ventaja experiencial de los fracasos pasados.
Diremos, ya para terminar, que el pasaje revela algo así como una ontología del fracaso, una metafísica de la pérdida donde lo único cierto, es que perderemos. Sin embargo, en esta meseta de los mil fracasos hay resistencia; hay “después” –no mañana, sino después–. Y es lo maravilloso en Beckett, no hay hipocresía, ni cinismos de ningún orden, tampoco un llamado a una vulgar autoayuda; es la constatación de que debemos afirmarnos en el parte más torrencial del río del fracaso y volver y volver, una y otra vez hasta que la vida se haga, bien que no se revele jamás.
El fracaso, al final de todo, es una afirmación, un decir todo el tiempo sí; sí a la vida, sí a la muerte, sí a al dolor, sí a todo lo que se va y se evapora; o tal como lo escribe Jean-Luc Nancy en esta cita al menos conmovedora: “No tienes nada, no puedes tener ni retener nada, y he aquí lo que necesitas amar y saber. He aquí lo que corresponde a un saber de amor. Ama lo que se te escapa, ama a aquel que se va. Ama que se vaya” (L’Intrus, 2002).
Amor y pérdida, corazonada precipitada que nos invita sin detenerse a asumir el fracaso como todo lo que existe, todo lo por venir o el porvenir mismo. Amar de pérdida, fracasar para volver a intentarlo hasta que los brazos se bajen para siempre; fragilidad, lo humano; el mundo que nos acecha y nos golpea con su vendaval de otoño.
Entonces sí, fracasemos mejor, fracasemos con el y lo otro, pero no dejemos de fracasar nunca. Afirmemos lo que nos abandona y amemos ahí donde la nada se revela en toda su inmensidad.
