Nuestra condición, en cuanto a la esperanza y el deseo, se asemeja a la de aquellos que, en la Comedia dantesca, permanecen suspendidos en el limbo y que, en palabras de Virgilio, desean sin ya esperar (sanza speme vivemo in disio). También nosotros, como los habitantes del limbo, estamos suspendidos entre deseo y esperanza: hemos perdido la esperanza en un mundo mejor y, sin embargo, seguimos vanamente deseándolo y no podemos prescindir de ello. Para salir de esta condición liminal, es necesario dirigir la esperanza no a un bien que nos falta y queremos poseer, sino a aquello que ya tenemos, al bien que está en nosotros, para que siga vivo y nos haga vivir. Y si la fe es, en palabras del apóstol, la existencia de las cosas esperadas [cf. Hebreos 11,1], éstas están presentes en nosotros y ante nosotros, y el deseo de un bien en el que creemos está siempre ya satisfecho. La esperanza en lo que tenemos es, luego, una forma especial de memoria, que no se limita a recordar un bien pasado, sino que incesantemente obra para que éste permanezca presente y vivo. Y esta inversión de la esperanza en memoria es el pensamiento, la vida de la mente.
Filosofía
Roque Farrán / Filosofía del nacimiento: cogito afectivo
FilosofíaI
Toda filosofía comienza con una escena característica donde el pensamiento toma cuerpo. La escena relatada suele tener aspectos ficcionales, recreados a posteriori de lo ocurrido realmente y resignificados por múltiples trayectos que encuentran allí su razón de ser. La más conocida quizás sea la de Sócrates cuando interroga (él mismo o a través de un amigo, poco importa) al oráculo de Delfos acerca de quién era el hombre más sabio de Atenas; la respuesta del oráculo es la que determina su deambular por las plazas públicas desplazando la incómoda interrogación a los demás ciudadanos respecto de lo que creían saber, puesto que él sabía que no sabía nada pese a la respuesta (o justo por eso) del oráculo que lo colocaba como el más sabio de todos. También conocemos la escena de Descartes frente a la chimenea, detenido por la nieve durante una campaña militar, poniendo en cuestión todos los saberes aprendidos hasta el momento, e incluso los datos que le suministraban sus mismos sentidos, a través de la duda metódica; lo que le permitirá luego desarrollar el célebre método de pensamiento que propone a la modernidad.
Giorgio Agamben / Conocimiento y cognoscibilidad
FilosofíaUna y otra vez es preciso cuestionar el primado del conocimiento en nuestra cultura, preguntarse si realmente, según las palabras que abren la Metafísica de Aristóteles, lo que los hombres desean es ante todo conocer. Si devolvemos a la verdad su significado etimológico de no-ocultamiento (a-letheia), entonces en esa verdad no es el conocimiento lo que está en juego, sino la cognoscibilidad, la apertura a partir de la cual únicamente algo así como un conocimiento se torna posible. Si llamamos «rostro» al ser manifiesto, al darse y al aparecer de cada cosa, entonces la verdad se sitúa en esa apertura originaria, es memoria de los rostros de las cosas y no su reducción a objeto de saber y de ciencia. Y puesto que experimentamos placer y nos enamoramos de las apariencias y de los rostros, un conocimiento que pretenda prescindir de ellos no puede contribuir de ningún modo a nuestra felicidad. Si el arte y la filosofía todavía nos interesan, es porque se ocupan no del conocimiento, sino de la cognoscibilidad de las cosas y de las personas. Una cultura como aquella en la que vivimos, que olvida los rostros y persigue a toda costa el conocimiento, no puede por tanto más que terminar, como hoy resulta evidente, en el dominio ciego y destructivo sobre el mundo por parte de una ciencia transformada en la más intolerante de las religiones.
Mauricio Amar / Encontrar
FilosofíaComo se sabe, la lengua árabe no utiliza la cópula «ser» tan presente en las lenguas indoeuropeas (que no significa que no exista el concepto ser). Si quiero decir «yo soy filósofo» digo «anā [yo] failasūf [filósofo]». Esto significó un dolor de cabeza para más de un traductor cuando se trataba de traspasar el Ser aristotélico a la lengua árabe. La palabra preferida por los filósofos para el Ser, al menos desde Ibn Sina, fue al-wujūd [الوجود], cuya raíz ([و-ج-د] w-j-d) indica principalmente «encontrar», «hallar». Como salta a la vista, en la traducción el sentido de un concepto parece florecer, como si cada palabra estuviese habitada por puntos de fuga. Si hay razón en la idea de Werner Hamacher de que «una lengua es lengua solo en la medida en que ella es lengua para otra lengua –no en lugar de otra lengua, sino con miras a esta», debemos pensar en una nueva posibilidad para el ser que quizá está indicada en el encontrar. Porque encontrar es en realidad siempre una tarea fracasada, alegremente fracasada; en el momento mismo en que algo se afirma como verdad ha devenido otra cosa, se ha lanzado fuera de sí desde puntos imprevisibles. Encontrar implica haber buscado, haber corrido un velo, pero lo velado no es una simple relación entre lo que existe y lo que no existe, sino la condición misma de lo existente. El Ser, en este sentido, nunca es una esencia ni una sustancia, sino lo que exige la búsqueda, una necesidad que ha caída en el olvido, pero que no por ello deja de reclamar.
Javier Agüero Águila / Lavidalamuerte
FilosofíaEl seminario impartido por Jacques Derrida en la Escuela de Altos Estudios de París, entre 1975 y 1976, se tituló La vida la muerte. Y ya en el nombre, sin necesidad de entrar en las 14 sesiones que componen este curso, es posible detenerse y acaso sumergirse en los estuarios múltiples de la deconstrucción.
Tampoco sería requisito para un texto como éste acercarse a la manera excepcional en que el argelino hace hablar a los que serán los “ejes” del seminario (Hegel, Nietzsche, Heidegger, Canguilhem, Freud o Jacob). Simplemente va de hacer la pausa, corromperse en el no-paso, olvidar todas las pistas de caza y abrazar la distorsión a la que pueden llevar estas cuatro palabras: La vida la muerte.
Mauricio Amar / La lengua del fin del mundo
Filosofía, PolíticaEl lenguaje, como todos sabemos, ha sido objeto de una enorme operación que ha cambiado el destino de los humanos. Sobre él se han montado miles de estrategias, acaso la historia de las lenguas no se a otra cosa que una historia de estrategias sobre ellas. Pero ninguna se compara en su intensidad, violencia y capacidad de abarcarla como la que estamos presenciando hoy. Presenciarla, es decir, de algún modo vivir la transformación del lenguaje a tiempo real, es decir en el habla y en la escritura, nos pone ya en una situación muy difícil. Porque la transformación del lenguaje, de mi lengua que no es mía como dice Derrida, pero al mismo tiempo de todas las lenguas, incluso las que no alcanzo a imaginar, vuelve difícil siquiera decir hasta qué punto no puedo sino hablar desde esta operación, esta estrategia.
Esto, como todas las cosas humanas, tiene una genealogía. Y como toda genealogía es gris, porosa, necesaria de ser leída a contrapelo. No se puede sino estar agradecido de los europeos que en su momento supieron leer el funcionamiento del poder a pesar de las capas y capas de estrategias lingüísticas que se vertían sobre ellos. Estoy pensando en Adorno, en Foucault, Derrida y en Hamacher, figuras que hoy sería raro que provinieran de una Europa incapaz de pensar, salvo excepciones, sobre sus propias condiciones de existencia. Pero en ellos, que vivieron la emergencia y las consecuencias del fascismo de muy cerca, hay una comprensión que necesariamente anuncia lo que hoy aparece como lenguaje.
