Rodrigo Karmy Bolton / Intifada y fascismo. Resistir a los humanos, afirmar a los monstruos

Filosofía, Política

Se ha puesto de moda, gracias a la burocracia sociológica, que el peligro de toda revuelta sería que conduce al fascismo. Que éste puede capitalizarla. Hacer de ella una empresa electoral, política y triunfar invirtiendo su potencia transformándola en fuerza. Decían que la revuelta expresa una “anomia” -es decir, un desajuste normativo con la dinámica social- también que era “violenta” y “sin sentido” al quemar cosas, saquear tiendas, interrumpir el flujo “normal” de los acontecimientos. Ahora dicen que lleva al fascismo y que, por eso, habría que evitarla a toda costa. Que si Le Pen gana en las urnas francesas habrá sido por la incontestable revuelta porque si Kast ganó en Chile, su causa habría sido exactamente por eso. La revuelta sería anómica, violenta y además, reaccionaria. Nada podría atentar más al progresismo que el pueblo en las calles, nada podría atormentar más su mentalidad pedagógica que una multitud en pie de guerra.

Comité Invisible / ¡Fuego contra el cuartel general de la senilidad!

Filosofía, Política

Desde hace una semana, os hemos estado viendo tambalearse, gesticular y delirar. Decís tonterías, entráis en pánico y estáis en total levitación. Solo han podido estar hablando a vosotros mismos y a vuestro público de jubilados cautivo frente a la televisora. Vuestra autoridad es inexistente y, para ser respetado, primero hay que ser respetable. La aterradora verdad es que llevan una semana intentando encubrir es simple hecho: el 17 de octubre fue la insurrección más alegre, desenfadada, jovial y educada que jamás haya existido. Hasta vuestros propios policías lo dejaron escapar: describieron esta insurrección como una “combinación entre la Comuna de París y el Black Friday”. Han tenido tanto miedo que, desde hace una semana, nos perdéis dando vueltas en el vacío para intentar intimidarnos, aterrorizarnos y entristecernos. Bien podéis resucitar a la ORTF (Oficina de Radiodifusión y Televisión Francesa), todo el mundo ve claramente que el rey está desnudo.

Giorgio Agamben / El pueblo innumerable

Filosofía, Política

Uno de los problemas políticos fundamentales —si no el más urgente— es cómo pensar una multiplicidad (o una multitud) no numerable. Como concepto político, el pueblo solo tiene sentido a condición de no ser numerable; si se puede contar, entonces lo decisivo ya no es el pueblo como tal, sino una cantidad numérica, la llamada mayoría, en la que el pueblo se disuelve según el perverso dispositivo de las elecciones o de los plebiscitos. El pueblo —como también el género humano— no es un conjunto constituido por singularidades numerables: el carácter «popular» o «genérico» —es decir, el carácter político— debe pertenecer integralmente al singular como tal. Es lo que Marx intentó pensar con el concepto de Gattungswesen («ser genérico»), que define a cada hombre y no a una cantidad numerable. En tanto cada hombre «se refiere a sí mismo como al género presente y vivo», este no puede ser una suma numérica de individuos, sino que es una realidad esencial y plenamente presente en cada uno. Si el pueblo, como el ser genérico, se numera, se divide no solo en una mayoría y en una minoría, sino también en facciones, entre las cuales se establece necesariamente una guerra civil. Hobbes, en el Leviatán, intentó salir de esta aporía, hipotizando una multitud numerable, que llama multitudo disunita, la cual se constituye en unidad en el cuerpo del soberano; pero esto significa que el pueblo no tiene unidad sino aboliéndose en la persona artificial del soberano.

Mauro Salazar J. / Chile, las palabras que no llegan

Filosofía, Política

Chile atraviesa, bajo el «gobierno de emergencia», una ceremonia fúnebre sin difunto: una sociedad vestida de negro que no sabe a quién vela, y no puede pensar el sentido del velatorio. Se administra la urgencia como quien custodia la contabilidad del presente: se declara una lengua permanente. Todo se vuelve excepción y, por lo mismo, nada se explica. La emergencia, como lengua neutralizadora del deseo, no promete salir de la emergencia, sino su continuación ordenada. Al tiempo que se expande el expediente iliberal como inmunización retórica.

Se dirá que las «emergencias» pasan. Las que pasan, en verdad, no son «emergencias»: son accidentes. Giorgio Agamben (2004) lo formuló con una exactitud incómoda: la excepción que se invocaba como provisoria se instala como «paradigma de gobierno», y la ley aprende a convivir con su propia suspensión, como con un vecino de toda la vida. Chile habita esa zona de indeterminación donde lo extraordinario se hace «domicilio», una manera de residir en el pánico por costumbre y no por convicción.

Ricardo Forster / Alain de Benoist o el retorno de los dioses dormidos de la “nueva” derecha francesa como alternativa a la crisis del neoliberalismo

Filosofía, Política

En esta ya larga cuarentena sigo indagando las señales que vienen de un afuera perturbador e incitante. La búsqueda tiene algo de frenética, de insaciable, como si acompañase un tiempo distendido e interminable que no tiene ningún apuro en cerrar las preguntas con respuestas acabadas. Lejos de las certezas me inclino por seguir el camino de mis inquietudes. Recuerdo que muchos años atrás, en la segunda mitad de la década de 1980, Nicolás Casullo me habló de la “nueva” derecha francesa, una derecha sofisticada que medraba de la crisis de una modernidad liberal agotada y que intentaba darle más coherencia y complejidad a una derecha nacionalista que seguía oliendo a naftalina. Era una derecha que no se ofendía cuando le recordaban sus herencias intelectuales y políticas, cuando la referenciaban en la acción francesa y en Charles Mourras, pero que también se sentía plenamente a gusto en la estela dejada por una cierta interpretación de Nietzsche y que supo leer con sagacidad a las corrientes críticas de la ilustración y del marxismo. Una derecha que atravesó los años sesenta y que entendió algunas cosas sin las cuales le resultaría imposible aspirar al poder. Uno de los intelectuales que desplegó una escritura atravesada por esas herencias y esa complejidad narrativa fue Alain de Benoist. De él me habló largamente Casullo y lo hizo para señalar su peligrosidad que se afincaba, según él, en su refinamiento intelectual y en el poder seductor de algunas de sus ideas, poder que nacía de su fervorosa e inteligente crítica de un capitalismo agotado y de una democracia despellejada e incapaz de despertar ninguna pasión en el pueblo francés y en ningún pueblo con memoria de un pasado cargado de intensidad. Mientras Nicolás me leía sus reflexiones sobre la extrema derecha contemporánea a mí me volvían imágenes de otras lecturas que me trasladaban a los debates filosóficos y políticos del mundo intelectual de la Europa central de entreguerras, ese ámbito donde las corrientes neorrománticas se desplegaron tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. De Benoist ha sido y sigue siendo un cabal heredero de esas polémicas antiilustradas y antiburguesas que afiebraron las mentes brillantes de quienes vivieron en una época grávida de experimentaciones revolucionarias y reaccionarias. Un cóctel extraordinario con el que muchos se emborracharon.

Tariq Anwar / La depresión capitalista siempre tendrá grietas

Filosofía, Política

Cabe preguntarse qué significa exactamente que una civilización pueda representar con toda precisión la catástrofe de su propio planeta –la sequía, la inundación, el colapso de las placas– y sin embargo se encuentre del todo incapacitada para imaginar la cesura de su modo de producción. No se trata de un déficit de imaginación, como si bastara con convocar a los poetas o multiplicar los talleres de futurología. Algo más grave ha ocurrido: la distinción entre lo posible y lo imposible ha dejado de pertenecer al orden de la potencia y ha pasado a ser una cuestión administrativa. Aquello que no puede ser administrado no puede ser pensado, y aquello que no puede ser pensado ha sido declarado, por eso mismo, imposible. En este sentido, el capitalismo no se ha impuesto como una ideología entre otras, sino como la resolución anticipada de toda cuestión. Mark Fisher llamó realismo capitalista a esa circunstancia en la que el capitalismo no necesita ya defenderse, porque la ausencia de alternativas se ha vuelto la evidencia misma de la experiencia. El realismo es aquí una categoría de armas: designa la capitulación presentada como lucidez. No es que se hayan agotado las utopías; es que la palabra utopía ha sido degradada a sujeto de nostalgia, un bien de museo del siglo XIX. Y sin embargo quizás el diagnóstico permanezca superficial mientras no se pregunta por el afecto que lo sostiene. Un orden que no puede ser imaginado de otro modo no es solo un orden del pensamiento: es también una forma de tristeza, quizás la única que un orden puede producir de manera industrial.