Javier Agüero Águila / Lavidalamuerte

Filosofía

El seminario impartido por Jacques Derrida en la Escuela de Altos Estudios de París, entre 1975 y 1976, se tituló La vida la muerte. Y ya en el nombre, sin necesidad de entrar en las 14 sesiones que componen este curso, es posible detenerse y acaso sumergirse en los estuarios múltiples de la deconstrucción. 

Tampoco sería requisito para un texto como éste acercarse a la manera excepcional en que el argelino hace hablar a los que serán los “ejes” del seminario (Hegel, Nietzsche, Heidegger, Canguilhem, Freud o Jacob). Simplemente va de hacer la pausa, corromperse en el no-paso, olvidar todas las pistas de caza y abrazar la distorsión a la que pueden llevar estas cuatro palabras: La vida la muerte. 

Mauro Salazar J. / Crónica de una ciudad sin duelo. Servicios sin huella

Filosofía, Política

«Quien aquí entre, abandonad toda esperanza» Infierno, Dante. Comedia. Canto III, verso 9.

Santiago y sus grises anonimatos. La ciudad neoliberal tiene un modo particular de digerir la muerte: no la niega, la administra. No la esconde sino que la desplaza. El cadáver interrumpe el tránsito del Metro de Santiago y el transeúnte del andén se irrita. Lo que el enojo revela, en el fondo, es un pasajero sin derecho a duelo y el silencio pavoroso del que sigue vivo, explotado y no puede permitirse leer la escena como advertencia sin quebrarse él mismo. El enojo funciona entonces como mecanismo de distancia narrativa: convertir al otro en obstáculo o escombro, es más soportable que tolerar la imagen que devuelve el espejo. Entonces, es mejor cerrar los ojos. Vivos y muertos conviven, sin derecho a duelo, en el tiempo circular del andén.

Julio Cortés Morales / La muerte del espíritu (o el espíritu de la muerte)

Filosofía, Política

Las ideas de la Nueva Derecha francesa han encontrado algún eco en España -a pesar de su neopaganismo, que espanta bastante a los nacional-católicos-, desde el Proyecto Cultural Aurora y su revista Hespérides creados por Javier José Esparza en los noventa, y luego en junio del 2002, cuando se dio a conocer el Manifiesto contra la muerte del espíritu (al que un año después se le agregó: y de la tierra), redactado por Javier Ruiz Portella y suscrito junto al escritor colombiano Álvaro Mutis, a los que se agregaron luego cientos de firmas, incluyendo intelectuales de derecha y de izquierda, hasta totalizar 1147. Ruiz Portella empezó a publicar luego la revista El Manifiesto, que además tiene un activo sitio web, autodenominado como “periódico política y socialmente incorrecto”1.

Gerardo Muñoz / El gesto de Ben Morea

Arte

Ayer nos llegó la noticia de que Ben Morea (1941-2026) falleció en alguna parte de Norte América. Quizás ganados los ochenta es impropio hablar de la muerte en la breve vida del hombre, ya que desde esa altura sólo se divisan las conquistas relativas a lo que uno ha podido llegar a ser. Es una formulación del poeta Gottfried Benn sobre la vejez, y que ahora me acecha tras la desaparición física Ben Morea, pero que sin pudor alguno bien podría haber enunciado este curioso personaje itinerante que parecía sacado de otro mundo. Era de otro mundo, o quizás a la espera de otros mundos. O ambas cosas. No estoy en condiciones de escribir una necrológica informada de los caminos emprendidos de Ben, pero sí puedo dar testimonio de su presencia a través de algunos encuentros esporádicos y azarosos, nunca planeados con antelación, en los que tuvimos la suerte de cruzar alguna que otra palabra, o simplemente caminar por un trillo al aire libre del Midwest norteamericano. Desde entonces los nombres de los lugares los ha ido limando el tiempo, y está bien que sea así.

Dionisio Espejo Paredes / Kindertotenlieder. El testamento de Magda Goebbels

Filosofía, Política

I. El abismo entre el duelo y la abstracción: Mahler, Puccini y la carta de Magda Goebbels

Del búnker berlinés de Hitler salió, el 28 de abril de 1945 —apenas tres días antes de su suicidio—, una carta dirigida a Harold1, el hijo que Magda Goebbels había tenido en un matrimonio anterior y que entonces se encontraba en una prisión británica. En ella escribía:

«El mundo que vendrá después del Nacionalsocialismo es uno en el que no merece la pena vivir, y por esa razón me he llevado a los niños también. Son demasiado buenos para la vida que vendrá cuando nos hayamos ido, y un Dios misericordioso me entenderá si los libero yo misma».

Estas palabras, escritas antes de asesinar a sus seis hijos y suicidarse junto a su esposo Joseph Goebbels, condensan de forma aterradora la lógica profunda del sujeto totalitario y su concepción del sentido del individuo y de la comunidad.

La muerte de un hijo es una de las experiencias límite de la existencia humana. Ante ella, las culturas han desarrollado formas de duelo, memoria y consuelo que intentan preservar algo de sentido allí donde la vida parece haberse vuelto incomprensible. Gustav Mahler y Giacomo Puccini han explorado ese dolor extremo en obras que figuran entre las cumbres de la tradición musical europea: los Kindertotenlieder (1901-1904) y Suor Angelica (1918). La comparación entre estas obras y la carta de Magda Goebbels permite observar dos actitudes radicalmente opuestas ante la muerte de los hijos: una que transforma el dolor en duelo y memoria, y otra que convierte la muerte en una decisión ideológica.

Giorgio Agamben / La caída de Occidente

Filosofía, Política

La palabra «Occidente», con la que definimos nuestra cultura, deriva etimológicamente del verbo caer y significa literalmente: «aquello que está cayendo, que no cesa de caer». Vinculados con este verbo están también los términos caso y casual. Aquello que no cesa de caer y de declinar (occasus es en latín el ocaso, la puesta del sol) se halla por ello también a merced del azar, de una incesante casualidad. No sorprende, por tanto, que el gobierno de los hombres y de las cosas tenga hoy la forma de protocolos de intervención, independientes de resultados ciertos, sobre un mundo concebido como disponible y calculable precisamente en cuanto casual. Occidente existe y se gobierna solo en el tiempo de su fin y de su asidua caída y, como su Dios, está ininterrumpidamente en acto de morir. Pero precisamente en esto consiste su fuerza: una muerte incesante es propiamente sin fin, una caducidad o casualidad infinita se pretende propiamente imparable.