Gerardo Muñoz / El gesto de Ben Morea

Arte

Ayer nos llegó la noticia de que Ben Morea (1941-2026) falleció en alguna parte de Norte América. Quizás ganados los ochenta es impropio hablar de la muerte en la breve vida del hombre, ya que desde esa altura sólo se divisan las conquistas relativas a lo que uno ha podido llegar a ser. Es una formulación del poeta Gottfried Benn sobre la vejez, y que ahora me acecha tras la desaparición física Ben Morea, pero que sin pudor alguno bien podría haber enunciado este curioso personaje itinerante que parecía sacado de otro mundo. Era de otro mundo, o quizás a la espera de otros mundos. O ambas cosas. No estoy en condiciones de escribir una necrológica informada de los caminos emprendidos de Ben, pero sí puedo dar testimonio de su presencia a través de algunos encuentros esporádicos y azarosos, nunca planeados con antelación, en los que tuvimos la suerte de cruzar alguna que otra palabra, o simplemente caminar por un trillo al aire libre del Midwest norteamericano. Desde entonces los nombres de los lugares los ha ido limando el tiempo, y está bien que sea así.

Cuando se adjetiva de “raro” es fácil caer en las estelas de un profuso decadentismo, como si la herejía y la rareza estuviesen de antemano condicionadas por el precipicio del dogma o el hollín acumulado de la tradición. Pero nada de esto se ajusta a Ben, quien no era “raro” en virtud de desvíos autoimpuestos; más bien su figura irradiaba una ligereza atonal que parecía flotar sobre cualquier paisaje o locación. Quizás por eso Ben Morea encarna la extraña anfibología de ser un personaje metropolitano y rural al mismo tiempo, puesto que lo fundamental era la andanza entre los surcos de un mundo hostil sin abastecerlo. Había en él un risueño parecido a las zancadas del gato Pete, siempre ajeno al lodo que podría incrustarse bajo sus suelas de sus zapatos en el curso de una andanza inescrutable. Retirarse y andar, efectuar un éxodo a ninguna parte, o bien intentar estar en todas, ya que de algún modo la permanencia de dios tras su muerte gravita en el espesor de los seres.

Cuando rememoro a Ben Morea pienso en un retrato suyo – tomado por mi sin que se diera cuenta, lo cual obviamente habla de mi atroz descortesía, pero tampoco quería perturbarlo – que le hice en una mañana de verano de Bloomington. En el retrato Ben aparece con su conocido outfit negro y su sombrero de vaquero aguantando una cáscara de un plátano que acababa de comerse. Un pose contemplativo, cargado de una altísima elocuencia inexpresiva, nos recuerda uno de esos personajes solitarios de alguna cinta de Aki Kaurismäki, que desde la consolación dilatada de su morada recoge la vida secreta de todos los hombres en sus trámites de ensoñaciones desprendidas de una cosmología de las relaciones fortuitas. Por esto mismo, el último Morea desiste de la lucha política y de las andrajosas miserias de una militancia autocondecorada en la imagen goliárdica que tiene a la calle y a la barricada como la última estampita del monoteísmo vanguardista.

Por eso es notable lo que confiesa Morea hacia el final de la larga conversación en Full Circle: A Life in Rebellion (2025), que vale la pena citar y traducir aquí: “Hay otra dimensión. Y esa es la necesaria. Pero sinceramente creo que muchos no pueden llegar tan lejos…mucha gente no puede admitir que no está ‘haciendo suficiente’. Digamos que con la gente que no ve más que “política”, cuando se intenta de hablar con ellos sobre la posibilidad de ir máss alla de la lucha, simplemente te tratan como un traidor o un tonto. Pero yo tuve que poner en suspenso el activismo para encontrar el camino de otra transformación más profunda”. Ya no se trata, pues, de una variación del traidor y del héroe, sino de la partitura infrapolítica que, liberándose de los artificios del juicio y la organización, emprende su camino en la experiencia.

Y hablar de experiencia aquí es también deslizarnos hacia la apariencia, lo cual supone redimir al mundo mediante la belleza y los gestos, entronizando las distancias que nos sitúan en los lugares, o que nos preparan para entrar en ellos. En esa atopía radica el gesto de Ben Morea que ahora le sobrevive. Y quizás por esto mismo – pero es solo una institución mas no una tesis – Ben terminó vinculado a un gesto pictórico liberador que buscaba hacerse de una franja de una vida por fuera del rechinante ruido del mundo. Hablo aquí del gesto pictórico a la manera de lo que una vez Robert Walser observó de Cézanne; esto es, que el pintor en cada una de sus telas se entrega a la injustificable tarea de dar cuenta cómo sus inagotables manos van sembrado minúsculos templos de aire.

Recuerdo que en Bloomington le pregunté a Ben en uno de esos intercambios intermitentes, ‘¿y esto de la pintura qué es para ti?’. Ante lo que me respondió, que la pintura es siempre un modo de felicidad que nos acerca a lo terrenal, o que nos orienta a ello. Prescindí de anotar la frase exacta. En el doblez de la pintura y la distancia se despeja el acontecimiento de la felicidad sin objeto, que es la única posible. En sus palabras: it is an earthly thing. La pintura, entonces, como génesis de nuestro misterio en la tierra; como si nos sintiéramos, cuesta decirlo a estas alturas, en nuestra casa, porque al final casa (heim) y misterio (heimleich) se enraizan en una palabra que promete el reencuentro con el mundo. O como si estuviéramos siempre a la entrada de una tierra húmeda y fresca en la que las cosas nos reciben con la apacible musicalidad de lo divino. Como divino fue, para los que le conocimos, Ben Morea.

*El retrato fotográfico de Ben Morea fue tomado por el autor. Bloomington, Indiana, verano de 2024.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.