Quisiera decir una pequeña palabra. Muy pequeña. Tanto como la longitud de Planck. Una partícula de palabra, de hecho. Una palabra contraída al máximo de lo que se pueda. Que no diga nada. Que esconda el futuro. Quisiera también imaginar esa palabra desplegándose, abriéndose camino sobre y bajo sí misma. Una palabra de agua, que no tiene otro espesor que su posibilidad. Una palabra así sería casi un dios, pero no. Casi, porque prácticamente todo cabría en ella. No, dado que sería la más inmanente de las lenguas. Una palabra-lengua que se asemeje a una miga de pan en la mesa. Pequeña palabra que prometa lo que la lengua de los burócratas ha dejado en el olvido. Tan pequeña que sólo pueda ser sobrepasada por el pasado. Ignorante de lo que vendrá, esta palabra podría ser toda una aventura.
pasado
Giorgio Agamben / La caída de Occidente
Filosofía, PolíticaLa palabra «Occidente», con la que definimos nuestra cultura, deriva etimológicamente del verbo caer y significa literalmente: «aquello que está cayendo, que no cesa de caer». Vinculados con este verbo están también los términos caso y casual. Aquello que no cesa de caer y de declinar (occasus es en latín el ocaso, la puesta del sol) se halla por ello también a merced del azar, de una incesante casualidad. No sorprende, por tanto, que el gobierno de los hombres y de las cosas tenga hoy la forma de protocolos de intervención, independientes de resultados ciertos, sobre un mundo concebido como disponible y calculable precisamente en cuanto casual. Occidente existe y se gobierna solo en el tiempo de su fin y de su asidua caída y, como su Dios, está ininterrumpidamente en acto de morir. Pero precisamente en esto consiste su fuerza: una muerte incesante es propiamente sin fin, una caducidad o casualidad infinita se pretende propiamente imparable.
