Una y otra vez es preciso cuestionar el primado del conocimiento en nuestra cultura, preguntarse si realmente, según las palabras que abren la Metafísica de Aristóteles, lo que los hombres desean es ante todo conocer. Si devolvemos a la verdad su significado etimológico de no-ocultamiento (a-letheia), entonces en esa verdad no es el conocimiento lo que está en juego, sino la cognoscibilidad, la apertura a partir de la cual únicamente algo así como un conocimiento se torna posible. Si llamamos «rostro» al ser manifiesto, al darse y al aparecer de cada cosa, entonces la verdad se sitúa en esa apertura originaria, es memoria de los rostros de las cosas y no su reducción a objeto de saber y de ciencia. Y puesto que experimentamos placer y nos enamoramos de las apariencias y de los rostros, un conocimiento que pretenda prescindir de ellos no puede contribuir de ningún modo a nuestra felicidad. Si el arte y la filosofía todavía nos interesan, es porque se ocupan no del conocimiento, sino de la cognoscibilidad de las cosas y de las personas. Una cultura como aquella en la que vivimos, que olvida los rostros y persigue a toda costa el conocimiento, no puede por tanto más que terminar, como hoy resulta evidente, en el dominio ciego y destructivo sobre el mundo por parte de una ciencia transformada en la más intolerante de las religiones.
Una voce
Giorgio Agamben / Una desmovilización general
Filosofía, PolíticaEn 1932 Ernst Jünger publica Der Arbeiter, El Trabajador (o, como quizá debería traducirse con mayor precisión, El Obrero —en Marx, Arbeiterklasse es «la clase obrera»—), obra en la que esta nueva figura de lo humano señalaba el nuevo orden del mundo. A la centralidad del trabajo corresponde el dominio de la técnica. Desarrollando conceptos que había expresado en el libro de dos años anterior, La movilización total, Jünger escribe: «la técnica es el modo en que la forma del obrero moviliza el mundo». El diagnóstico, que retomaba desde una perspectiva enteramente distinta los análisis de Marx, ejerció una influencia considerable tanto en la derecha como en la izquierda del espectro político.
Giorgio Agamben / La quiebra de la humanidad
Sin categoríaPara quien hoy se interroga sobre las suertes de la humanidad, es útil reflexionar sobre la noción jurídica de quiebra. La solicitud de declaración de quiebra por parte de un empresario que se encuentra en situación de insolvencia y no puede hacer frente a sus deudas tiene por objeto ante todo proteger a los acreedores, pero, al mismo tiempo, limitar la responsabilidad del deudor, excluyendo de la quiebra los bienes y derechos de carácter personal, así como lo necesario para su mantenimiento y el de su familia. Importante es la figura del curador (o de los curadores), nombrados por el juez para administrar el patrimonio de la quiebra y realizar las operaciones necesarias para la satisfacción de los intereses de los acreedores y la protección del deudor quebrado. Los acreedores, por su parte, se constituyen en un comité que colabora con el curador en el desarrollo de los procedimientos necesarios.
Giorgio Agamben / Pensamiento e imaginación. Nuevamente sobre la inteligencia artificial
Filosofía, PolíticaEl problema de la inteligencia artificial, sobre el cual hoy se discute no siempre con natural inteligencia, ha tenido en la historia de la filosofía occidental — como ya hemos tenido ocasión de mostrar aquí — un precursor: el intelecto único y separado del averroísmo latino. La analogía es tan estricta — un intelecto único y separado que piensa al margen de los individuos singulares — que puede incluso coincidir en la sigla que la expresa: Inteligencia Artificial – Intelecto Agente (como los averroístas llamaban al intelecto separado). Para los filósofos medievales, en esto más cautos que nuestros contemporáneos, el problema crucial era el del modo en que el intelecto único y separado se une (copulatur) a los hombres singulares, para que el pensamiento sea adquirido (adeptus) por el individuo y se pueda decir hic homo intelligit, este hombre piensa. El medio que permite esta unión era, para Averroes, la imaginación, de la cual nuestros contemporáneos parecen en cambio absolutamente privados. En la inteligencia artificial, en efecto, hic homo non intellegit, el hombre singular renuncia a pensar y delega la más preciosa de sus facultades a una máquina, que debería pensar en su lugar y mejor que él. Para seguir las instrucciones de este ineluctable maestro, la imaginación no es de ninguna utilidad (aunque incluso para aplicar una norma alguna forma de imaginación podría ser necesaria). Quizá el verdadero problema de la inteligencia artificial es que ha sido hecha posible por una pérdida general de la facultad de la imaginación, casi como si su advenimiento hubiera sido precedido por la instauración de una omnipresente imaginación artificial. Una humanidad que había perdido la imaginación estaba lista para privarse también del pensamiento (que, por lo demás, como ya enseñaba Aristóteles, sin la imaginación no es simplemente posible).
Giorgio Agamben / Estado y anomia II
Filosofía, PolíticaSi nos referimos a la doctrina contenida en la segunda carta de Pablo a los Tesalonicenses, podemos entonces decir, como ya hemos hecho en esta sección, que el catechón, el poder que retiene y retrasa el fin, que los Padres identificaban con las instituciones (el Imperio romano y la propia Iglesia), está hoy en crisis por doquier y asistimos, por tanto, al advenimiento del ánomos, de un poder sin ley que produce ruina y proclama ser Dios (por eso los Padres lo identificaban con el Anticristo).
Giorgio Agamben / El primer amigo y el primer enemigo
FilosofíaComo me escribe un amigo científico al que le gusta reflexionar, el acontecimiento fundamental en la historia del ser vivo fue la aparición de un microorganismo capaz de sentir dolor. Esta tesis debe precisarse, por supuesto, anteponiendo —o añadiendo— a «dolor» «placer». Si relacionamos esta capacidad fundamental del ser vivo con lo que Aristóteles escribe sobre la percepción de la sensación de existir («sentir que vivimos es de por sí dulce, porque la vida es un bien y es dulce sentir que un bien semejante nos pertenece»), podemos decir entonces que la forma primordial de la capacidad de sentir placer o dolor se refiere al hecho mismo de existir, al sentirse vivir. A la sensación de la dulzura del vivir corresponde, en efecto, aquella, simétricamente opuesta, en la que por alguna razón —o incluso sin ninguna razón aparente— sentirse vivir resulta doloroso.
