Quisiera decir una pequeña palabra. Muy pequeña. Tanto como la longitud de Planck. Una partícula de palabra, de hecho. Una palabra contraída al máximo de lo que se pueda. Que no diga nada. Que esconda el futuro. Quisiera también imaginar esa palabra desplegándose, abriéndose camino sobre y bajo sí misma. Una palabra de agua, que no tiene otro espesor que su posibilidad. Una palabra así sería casi un dios, pero no. Casi, porque prácticamente todo cabría en ella. No, dado que sería la más inmanente de las lenguas. Una palabra-lengua que se asemeje a una miga de pan en la mesa. Pequeña palabra que prometa lo que la lengua de los burócratas ha dejado en el olvido. Tan pequeña que sólo pueda ser sobrepasada por el pasado. Ignorante de lo que vendrá, esta palabra podría ser toda una aventura.
