Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: horizonte y utopía

Filosofía, Política

¿Cuál es el destino que abre el horizonte? ¿Hacia dónde nos orienta? ¿De dónde proviene su estela? ¿Acaso existe un detrás suyo? Pero, ¿qué es el horizonte, si acaso es? O, por el contrario, ¿acaso sólo indica la extensión infinita de todo caminar y, con ello, lo infinito del caminar mismo? Y en tal caso, ¿podría ser que el horizonte tan sólo nos abriera paso para dibujar, en lugar de un mundo nuevo, la proyección perfeccionada de éste? Y de ser así, el horizonte nos permitiría, más que danzar con lo porvenir, ¿únicamente clavar en el futuro la coreografía ya acotada al insípido ritmo de nuestras ilusiones? En ese sentido, todo horizonte sería la prolongación infinita de esta tierra que hoy pisamos, de este cemento sobre el cual nuestros pies a ratos se elevan y de este cemento entre el cual nuestros pies continúan sangrando. Entonces, ¿cuáles encuentros ya ocurridos nos aguarda el horizonte? ¿Qué promesas y luminosas libertades no cesa de recitar a nuestro oído para despertarnos esta misma sed que se jacta de llegar a apaciguar? ¿Qué huidizos deseos estimula, cuáles son los delirios con que nos arrebata, en virtud de cuáles piernas cruzadas nos entierra la daga de su tan deseada como esperable utopía?

Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: 90s

Filosofía, Política

Hemos vuelto a pensar en el polvo, la tierra y el barro.

Hubo años durante los cuales el metal de los espejos se clavó como un cuchillo mudo entre nuestros sueños, pero nada de eso nos dolió. El futuro ya había llegado, infinito e irrefutable, actualizante, liberado y compartiéndonos su libertad. En esas décadas, los sueños se armonizaban con las sonrisas de la realidad: no había sueño equivocado. La democracia era sinónimo de cultura. La humanidad era un caso de razón omnisciente, tanto en cumplimiento moderno como en ironía posmoderna. Fueron los 90.

Los socialismos reales desnudaban su iracunda realidad. El capitalismo capitalizaba toda fantasía. Aquellos sueños clavados por el metal de los espejos reflejaron, en lugar de su dolor, el deseo proyectado del torturador.

En el diario vivir todo era oportunidad, posibilidad de negocio, materia prima entregada a aquella orgullosa voluntad capaz de impulsarnos a través de olas y estrellas. Negación determinada del ocio, el intelecto se hacía práctico y expansivo, público para uso privado. Las ocurrencias se vistieron de promesas: expresiones hegelianas de una superación integrativa, las genialidades recuperaron su labor kantiana siendo un oasis pacificador a manos del comercio. Los sueños del individuo, vehiculizados por el neón de las empresas, sólo debían encontrar su lugar, por cierto preexistente, al interior del tejido económico y la cohesión social. Ese fue el acuerdo: un acuerdo firmado de antemano. La de locura poética y el mercado publicitario; la neutralidad de la ciencia y el expansivo y democrático avance tecnológico; la política consensuada fue definida en calidad de arte de lo -meramente- posible. Todo parecía en orden.

Aldo Bombardiere Castro / Tercera divagación sobre la poesía en tiempos de catástrofe: lo imposible

Filosofía, Poesía, Política

Dentro del contexto de producción capitalista, y particularmente a medida que se agudiza el paradigma neoliberal hasta su fase neofascista, el concepto de “publicidad” se identifica con el plano del marketing. Esto no sólo ocurre a raíz de un proceso de subsunción real de la vida social bajo la maquinaria del tardo capitalismo intensificado, sino también en virtud de la apropiación economicista y privatizante de una significación política. En efecto, la idea de publicidad, en cuanto esencia significativa que concentraría las notas fundamentales inherente a la categoría de lo público (su sentido político y deliberativo, así como el entramado discursivo, valórico, cultural y lingüísticamente compartido que define a la ciudadanía), resulta capitalizada por el capitalismo, convirtiéndola en un espacio social al servicio del marketing privado. Dicho en términos gramaticales, la significación de los adjetivos y predicaciones capaces de cualificar diversos tipos concretos de publicidad (por ejemplo, publicidad científica, publicidad política, publicidad artística), desde hace mucho tiempo se ha visto capturada por la dinámica del capital, haciendo de la publicidad ya no una esencia ideal, sino un sustantivo, substancial y naturalizado, bajo el cual queda inmediatamente contenida su primaria referencia al mercado.

Aldo Bombardiere Castro / Segunda divagación sobre la poesía en tiempos de catástrofe: Transparencia

Estética, Filosofía, Poesía, Política

El mundo aparece transparente. Pero cuidado: no es que el mundo parezca transparente, sino que, en su aparecer, se muestra así, supuestamente sin mediaciones. Sólo gracias a tal concepción afincada en la idea del transparente darse del mundo ante nuestra consciencia, el capitalismo cibernético es capaz de presumir del éxito ejercido por su propio proceso de absorción y abstracción de la vida, dando fruto a una lengua des-potenciada hasta su mínima expresión: la informática datificación de la transparencia.

En efecto, la empresa del capital cibernético consiste en asignar a los fenómenos la irrefutable univocidad de los datos. Las cosas, los horizontes, las experiencias mundanas, hoy han dejado de hacer resonar los ecos de su murmullo opaco y ambiguo en nuestros oídos. Al contrario, el capital cibernético se jacta de barajar los datos, y con ello de moldear y supeditar nuestra experiencia y afectos a la frenética velocidad de los flujos financieros; ostenta de su éxito a la hora de cifrar y recombinar innumerables cadenas de significantes neuronales, carentes de pensamiento, sobreabundantes de estimulación y anestésicos de la sensibilidad, absorbiendo, así, no sólo el mundo en códigos, sino también nuestra experiencia en su envolvente vacuidad. Con ello, reconduce el multiforme, proliferante y atonal caudal de la vida hacia un reseco estanque de datos veloces pero monocordes, de representaciones seductoras pero planas; estanque desprovisto de la tesitura y vibratos, de los ritmos, danzas y contradanzas, incluso inalterado frente a los gritos de quienes nos ahogamos en su solipsista y desértica lisura. El lenguaje del capital cibernético, con su clichés e imágenes sin imaginación ni demora, se trata de una máscara que, sin embargo, se nos presenta en como retrato y genuina -aunque precaria- narración descriptiva del mundo.

Aldo Bombardiere Castro / Primera divagación sobre la poesía en tiempos de catástrofe: culpa

Filosofía, Poesía, Política

A pesar de hoy, a pesar de los brazos sin piel que estallan bajo o sobre las pantallas; a pesar de los ayeres, de los olvidos y de los mártires apenas recordados; a pesar de la culpa, debemos escribir sin culpa. A pesar de hoy y justamente porque hoy aún escribimos, porque aún vivimos con culpa, hemos de escribir sin culpa.

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Sí. Heráclito lo sabía: el logos modula y despliega las lenguas de fuego con que se escribe la poesía. La idea heraclítea del hombre que nunca se baña dos veces en el mismo río apunta al centelleo de un devenir. En realidad, consiste en un pensamiento y no en una idea: la frase constata algo: el devenir sólo puede empezar a ser pensado por la filosofía en virtud de imágenes poéticas. Por otra parte, la forma conceptual del concepto “devenir”, su intento de ser acuñado en calidad idea, representa un accidente más en el movimiento del kosmos. La pretensión de detener con una mano el pulso polimorfo que recorre tanto al universo como a todo ente constitutivo de éste, consiste en el acto contra el cual, sin necesidad de tocarlo, la poesía se reconoce en resistencia, siendo resistencia. Estar a la escucha del logos nada tiene que ver con intentar traducir aquello que el logos nos tiene qué decir, con desentrañar la preexistencia de su mensaje. Estar a la escucha del logos significa disponerse a resistir en tal escucha, disponerse a escuchar, antes que todo, nuestro acto de escucha y la potencia de su sutil irrupción dispuesta a lo que irrumpa. Siguiendo a Heráclito, hablamos de una pequeña guerra, del caos y el caleidoscopio dibujado por el caos mismo, donde, manteniendo el combate, uno y otro logran danzar y disolverse en sus polos contrarios. Para el escuchar poético, en verdad, no importa el contenido de lo escuchado, en cuanto concepto a comunicar, codificable o transmisible; de importar algo, sólo importa el estar atento a la escucha, incluso, cuando el susurro de lo viniente no termine, ni tampoco cese, de llegar.

Felipe Valdés / Política, imaginación y escritura

Filosofía, Política


Sobre No-literal. Ensayos de filosofía en órbita (Deriva, 2026) de Javier Agüero Águila

Hay escrituras que no buscan únicamente la analítica de un mundo dado, sino abrir cuestiones al pensamiento allí donde la máquina gubernamental1 pareciera administrar toda experiencia. No-literal. Ensayos de filosofía en órbita de Javier Agüero podría pertenecer a esta constelación. En efecto, No-literal no trataría solo de un libro que busca comprender su tiempo, sino, más bien, de uno que busca interrumpirlo. En una época para la cual parecen haberse agotado los conceptos filosóficos “(…) que inhabilitan comprender una comunidad, su sociología, su flujo” dando paso a un “tipo de sociedad mutante” (Agüero, 2026, p. 47), el esfuerzo de Agüero explora otras “maneras y «modos» (al decir de Nelly Richard) de hacer inteligible nuestro mundo” (Agüero, 2026, p. 13). Dando un pie atrás de las lógicas del saber estandarizado en las cuales toda inventiva queda reducida a cifras de desempeño, el autor releva al ensayo como expresión filosófica, “homenajeándolo” en su uso2, cuyas imágenes al tiempo que ponen en juego momentos de inteligibilidad, interrumpen el normal funcionamiento de la lengua dominante.

Paz, Guerra; Israel, Gaza; Derechos Humanos, Democracia; Amor, Revuelta; aquí solo algunas de las imágenes que entrecruzan los arcos de sus textos, las cuales han adquirido una intensidad decisiva, allí donde la arremetida del fascismo y la violencia de la guerra amenazan toda la vida en su deriva imperial. No-literal ha adquirido su momento de inteligibilidad de la mutación en tránsito de nuestro presente, allí donde lo que se juega es la feroz disputa por un nuevo “Nomos de la tierra”3. Dicho en otros términos, No-literal piensa en medio del obsceno reparto del mundo (cuya figura paradigmática es Trump) allí donde parece no haber ni maneras ni modos para hacer inteligible dicho reparto. Y a la vez, en la violencia de este reparto, No-literal hace urgente pensar la guerra, es decir, la guerra después de la guerra, que no es otra que la violencia estructural que sostiene al régimen del capital, y que el régimen del capital sostiene sobre la imaginación y los cuerpos.