Estamos en un tiempo enloquecedor y bastante sobregirado que no necesita más diagnósticos e interpretaciones sino proposiciones simples, claras y directas que interpelen a ejercitarnos en concreto para pensar lo que nos pasa. A la vez estamos sometidos a una guerra desigual por la atención que compele continuamente a recurrir a términos o expresiones que generen cierto enganche. Sin desconocerlo, no tenemos que sucumbir fácilmente a ello; de igual modo que la claridad expositiva no renuncia a la complejidad en la que se sostienen los enunciados para hacer cuerpo el pensamiento. Así pues, resulta habitual apelar a la expresión del título (la fórmula genérica sería: ¡Es X, estúpidx!) para remarcar algo obvio que no está siendo considerado en los análisis sobre la política y la sociedad, esto es: la eficacia determinante de un factor o práctica específica. Al principio fue la economía, en la génesis de nuestra modernidad, pero dada la desorientación actual se suele variar el término en cuestión, de acuerdo al gremio o profesión de quien enuncia, sin reparar que la misma expresión ya supone un tratamiento del otro bastante descuidado: un insulto o menoscabo a su inteligencia.
afectos
Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: clase de silencio
FilosofíaNo se trataba de forzar una experiencia de contemplación, sino simplemente de dejar-pasar: dejar pasar al mundo. Nada tenía que ver con adoptar una posición de cercanía o lejanía con respecto a la existencia. Nada de eso. Más bien, apelaba a estar-con-el-mundo sin añorar ser-en-el-mundo. Se trataba de dejar pasar. Porque mientras se dejaba pasar al mundo era derogada nuestra propiedad sobre el propio yo. Imaginar, afectarse, enternecerse, filosofar. Todo desde la unísona sabiduría del silencio.
Tariq Anwar / Sin futuro
Filosofía, Política¿Qué puede ser un mundo que no imagina su propio futuro? La pregunta, lejos de pertenecer al orden de la retórica vacía, toca hoy el núcleo mismo de nuestra condición. Pues lo que se ha agotado no es simplemente una época o un paradigma político, sino la muy capacidad de proyectar el porvenir como horizonte de sentido. La devastación del planeta, la explosión de la guerra y el genocidio han colocado a nuestra generación en un lugar sin precedentes: el de la espera pasiva de una destrucción que no promete redención alguna. Y es aquí donde la meditación debe detenerse, no para lamentarse, sino para interrogar el rasgo estructural de esta suspensión. La palabra latina futurum designaba originariamente lo que está por venir, participio de esse con el matiz de una realidad no actual pero cargada de necesidad. Sin embargo, el futurum romano no coincide con la expectatio cristiana ni con la avenir de la modernidad secularizada. Lo que ha muerto en nuestro tiempo no es el futuro en cuanto tal, sino una determinada forma de relación con el devenir: aquella que, desde la escatología mesiánica hasta el progreso ilustrado, articulaba la espera como tensión hacia una plenitud. Hoy, por el contrario, vivimos bajo el imperio de un tiempo que ya no se abre, sino que se prolonga en la mera persistencia de lo existente.
Paloma Castillo / La izquierda que no quiere volver a enamorarse. Sobre la organización política como deuda con el futuro
Filosofía, PolíticaHace unos días conversaba con Rafa Mondragón sobre estas cosas que me preocupan y que a veces sospecho que sólo me preocupan a mí —la organización, el partido, la militancia— y me dijo una frase que no se me fue más. La izquierda, dijo, tiene con la discusión sobre la organización la misma relación que alguien que tuvo una pareja muy mala y por eso ya no quiere volver a enamorarse. Me quedé con eso. Y al rato me quedé también con la trampa, que es la de todas las frases buenas: que una las quiere usar como conclusión cuando son solo el principio de un problema. (Eso último, lo de las frases buenas, también lo escribió Rafa en un texto del 2020. Se lo robo con crédito.)
Hay que tomárselo en serio, porque el desamor es real. No es un capricho, y no es —como a veces se dice con cierta soberbia— pura cobardía pequeñoburguesa. Hubo parejas malas de verdad. El siglo XX está lleno de partidos que prometieron emancipación y entregaron burocracia, comités centrales, alguna purga. Y más cerca, en Chile, pasó algo que ya conté en otra parte y no voy a repetir entero: la transición desmanteló por opción política la militancia que había sostenido la resistencia a la dictadura, y al mismo tiempo el modelo destruyó las condiciones donde esa militancia podía existir —la industria, los sindicatos, la población, los lugares físicos donde la gente simplemente se veía—. Las dos cosas a la vez. El miedo a volver a enamorarse no salió de la nada. Se aprendió.
Javier Agüero Águila / ¿Qué se dice cuando se dice luna?
Filosofía1. Quizás –solo quizás– lo que tensa al libro de Jacques Derrida La tarjeta postal. De Sócrates a Freud y más allá (1980) sea si es posible amar, pensar y escribir al mismo tiempo. Y esto que pareciera tener una respuesta de inmediato afirmativa, pues no la tiene porque, justo, abre a una serie de preguntas con las que podemos jugar casi algorítmicamente: ¿Se piensa cuando se ama? ¿Qué se ama cuando se piensa? ¿Voy amando mientras escribo o la escritura misma es una reacción desesperada al amor, ahí, cuando nos entra? La escritura como manifestación ya textual, es decir como letra impresa abierta a un devenir que de ahí en más podrá tener múltiples apropiaciones e interpretaciones: ¿puede ser la expresión instantánea de un amor hacia alguien o podrá no tener destinatario y escribir, así, sin saber lo que se ama, sin embargo y a la vez, amando con toda la intensidad posible?
Tariq Anwar / La estupidez hegemónica del fascismo
Filosofía, PolíticaHay una observación de Gramsci que merece ser releída con más lentitud de la habitual: que el poder hegemónico no se impone, se consiente. No es la fuerza lo que lo sostiene en última instancia, sino algo más perturbador: la capacidad de hacer que lo absurdo parezca sentido común, que lo grotesco parezca el único orden posible de las cosas. Trump no es entonces una aberración, no es el accidente que interrumpe el curso normal de la historia. Es, al contrario, su figura más transparente, el momento en que el sistema deja caer la máscara y muestra sin pudor lo que siempre ha sido. Lo más inquietante, sin embargo, no es Trump. Lo más inquietante es que ya no nos hace reír. Y no porque el fascismo sea demasiado serio para la risa —la risa ha sobrevivido a cosas peores— sino porque ha aprendido a ocupar él mismo el lugar del payaso, a anticipar la burla, a hacer del ridículo su propia coraza. Chaplin pudo reírse de Hitler porque Hitler todavía pretendía ser solemne. El fascismo de hoy no pretende nada: se ofrece directamente como espectáculo, se adelanta a su propia parodia. Y en ese movimiento nos roba algo que quizás no sabíamos que teníamos: la distancia necesaria para reír. La risa exige un afuera, un lugar desde el cual la farsa pueda verse como farsa. El fascismo contemporáneo trabaja metódicamente para clausurar ese afuera, para que no quede ningún punto de apoyo desde el cual el mundo pueda aparecer como lo que es.
