Giorgio Agamben / ¿Dónde están los justos?

Filosofía, Política

¿Quiénes son los justos? ¿Qué significa ser justo? Ciertamente no se trata de una cualidad de un sujeto, de un atributo de este o aquel hombre, de esta o aquella mujer. La justicia —ha escrito Benjamin— es un estado del mundo, es una dimensión del ser, no de la voluntad o de la intención. Justas son las cosas, decía Spinoza, cuando las ves no en un cierto tiempo o en un cierto lugar, sino cuando las ves en Dios. Por eso la justicia es algo que no puedes nunca tener, sino solo contemplar. Y, sin embargo, cuando ves las cosas como son en Dios, el ser flor de esa flor, el ser sonrisa de esa sonrisa, el ser inocente de ese inocente, entonces sientes una exigencia a la que no puedes sustraerte, una exigencia que no te pide ni te manda nada, sino que actúa en ti más allá de toda voluntad o de toda intención —es así, y no hay nada más que hacer. No olvidaré jamás las palabras de una muchacha que formaba parte de una organización de la resistencia en un país ocupado por los nazis. Había sido arrestada y torturada y no había hablado. Cuando fue liberada, los compañeros querían celebrarla como a una heroína, le decían que si había logrado soportar la tortura era por la fuerza de sus convicciones políticas, por su fidelidad a la causa y similares tonterías. Pero ella movía la cabeza y decía solamente: no, lo hice porque así me gustaba, por capricho. Había visto la justicia, había sentido una exigencia que la superaba por todas partes, pero no había pensado un solo instante en ser justa, en que la justicia pudiera pertenecerle. Si solo hubiera creído en la justa causa, pero no hubiera visto la justicia, habría cedido a la tortura, habría hablado.

Tariq Anwar / Sin futuro

Filosofía, Política

¿Qué puede ser un mundo que no imagina su propio futuro? La pregunta, lejos de pertenecer al orden de la retórica vacía, toca hoy el núcleo mismo de nuestra condición. Pues lo que se ha agotado no es simplemente una época o un paradigma político, sino la muy capacidad de proyectar el porvenir como horizonte de sentido. La devastación del planeta, la explosión de la guerra y el genocidio han colocado a nuestra generación en un lugar sin precedentes: el de la espera pasiva de una destrucción que no promete redención alguna. Y es aquí donde la meditación debe detenerse, no para lamentarse, sino para interrogar el rasgo estructural de esta suspensión. La palabra latina futurum designaba originariamente lo que está por venir, participio de esse con el matiz de una realidad no actual pero cargada de necesidad. Sin embargo, el futurum romano no coincide con la expectatio cristiana ni con la avenir de la modernidad secularizada. Lo que ha muerto en nuestro tiempo no es el futuro en cuanto tal, sino una determinada forma de relación con el devenir: aquella que, desde la escatología mesiánica hasta el progreso ilustrado, articulaba la espera como tensión hacia una plenitud. Hoy, por el contrario, vivimos bajo el imperio de un tiempo que ya no se abre, sino que se prolonga en la mera persistencia de lo existente.

Giorgio Agamben / El trabajo y la vida

Filosofía

A menudo se elogia la Constitución italiana por haber puesto el trabajo en su fundamento. Sin embargo, no solo la etimología del término (labor en latín designa un sufrimiento angustioso), sino también su adopción como consigna de los campos de concentración («El trabajo hace libres» estaba escrito en la puerta de Auschwitz) habrían debido advertirnos contra una concepción tan imprudentemente positiva. Desde las páginas del Génesis, que presentan el trabajo como castigo por el pecado de Adán, hasta el pasaje tantas veces citado de La ideología alemana, en el que Marx anunciaba que en la sociedad comunista sería posible, en vez de trabajar, «hacer hoy una cosa, mañana otra, ir a cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al anochecer, tras la comida criticar, según surja el deseo», una sana desconfianza hacia el trabajo forma parte integrante de nuestra tradición cultural.