Dionisio Espejo / Música, cultura de masas y resistencia: una cartografía del conflicto sonoro

Estética, Filosofía, Música, Sonido

Este ensayo propone una reflexión filosófica sobre la música como práctica cultural y política, alejándose de una comprensión puramente estética o historiográfica. Su tesis central sostiene que la modernidad ha desplazado progresivamente la música desde el ámbito de la presencia y del acontecimiento compartido hacia el de la representación, la reproducción técnica y la mercancía. A partir del diálogo con la crítica de la industria cultural —especialmente con Walter Benjamin, Theodor W. Adorno y Guy Debord—, así como con una concepción de la música entendida como praxis, se analiza el modo en que las transformaciones tecnológicas y económicas han modificado no solo las formas de producción y circulación musical, sino también las condiciones mismas de la escucha y de la experiencia comunitaria. El recorrido abarca desde las controversias estéticas de la modernidad hasta la cultura de masas y la inteligencia artificial, defendiendo que la cuestión decisiva no reside en la innovación técnica, sino en la sustitución del acontecimiento musical por su representación. Frente a esta dinámica, el ensayo reivindica la música como una práctica de presencia, conocimiento y resistencia cultural, capaz de constituir comunidad y de preservar espacios de creación no subordinados a la lógica del mercado.

Tariq Anwar / Sin nombres

Filosofía, Política

Lo que hoy se nos presenta como “incomprensible” no es, quizá, un exceso de complejidad, sino un defecto de nombres. No porque falten palabras —nunca hubo tantas—, sino porque las palabras circulan como monedas gastadas: todavía compran algo, pero ya no sabemos bien qué. Decir “los fascistas han vuelto” es verdadero y, al mismo tiempo, insuficiente. Es verdadero porque reconocemos gestos, tonos, técnicas de intimidación, el placer de la humillación pública y la promesa de una identidad compacta. Es insuficiente porque el fenómeno se ha vuelto menos un partido que una atmósfera; menos una doctrina que una disposición afectiva y administrativa que puede alojarse, sin contradicción aparente, en instituciones “democráticas”, en mercados desregulados y en plataformas que se dicen neutrales. Lo inquietante no es que regrese lo viejo, sino que lo viejo regrese como si nunca se hubiera ido: como si “fascismo” fuese el nombre tardío de una continuidad. La dificultad de nombrar no afecta sólo a las derechas. También la palabra “izquierda” parece haber perdido su referente, como esas señales en el camino que siguen en pie cuando ya no existe la carretera. Vemos revueltas, protestas, levantamientos, agrupaciones civiles de intereses precisos —a veces admirablemente precisos— y, sin embargo, dudamos: ¿es esto “la izquierda”? Sí, porque ahí está el conflicto; no, porque falta la imaginación que transforme el conflicto en mundo. Durante décadas, los partidos que hablaban en nombre de los trabajadores se especializaron en gestionar lo existente. Y gestionar lo existente no es una actividad neutral: es una pedagogía de la impotencia. Cuando una organización se acostumbra a administrar lo dado, su “realismo” se convierte en la coartada perfecta para que otros inventen —aunque sea con materiales tóxicos— las formas del deseo político.