Nos hemos dejado engañar por la hipnótica fábula del apocalipsis. El discurso público, intoxicado por el espectáculo de la ruina inminente y por el narcisismo de la catástrofe, continúa contándonos que vivimos el fin de los tiempos. Un fin que se prolonga hasta el infinito, como en una serie de Netflix bien estructurada en la que el epílogo se pospone siempre al episodio siguiente. En realidad, la narración apocalíptica de masas no es sino una forma anestésica: sirve para enmascarar la única verdadera tragedia del presente, es decir, que nada cambia en el gran continuum de la historia de la opresión y que las cosas continúan deslizándose, sin perturbación alguna, por los rieles de su desmoronamiento político y social.
distancia
Felipe Valdés Sepúlveda / Lo chileno de Ruiz. Lengua, humor, melancolía
Cine, Estética, FilosofíaEl sentido del humor y la melancolía son propios de lo chileno.1 Raúl Ruiz
Lengua
Días de campo (2004) o La recta provincia (2007) son dos películas en las que aparece con especial nitidez lo chileno de Ruiz. Sus imágenes no buscan producir una identificación inmediata con aquello que muestran, por el contrario, portan consigo una singular forma de comunicación, o de no-comunicación, propia de una relación particular con la lengua. En nuestra lectura, lo chileno no constituye un tema de su cine sino una práctica del lenguaje en la cual humor y melancolía encuentran un lugar común. Frente a la hospitalidad y la fascinación que suele producir el cine hollywoodense, las imágenes de Ruiz desorientan o, como escribe Walter Benjamin, parecen asaltar armadas a mitad del camino arrebatando las convicciones2.
Tariq Anwar / La estupidez hegemónica del fascismo
Filosofía, PolíticaHay una observación de Gramsci que merece ser releída con más lentitud de la habitual: que el poder hegemónico no se impone, se consiente. No es la fuerza lo que lo sostiene en última instancia, sino algo más perturbador: la capacidad de hacer que lo absurdo parezca sentido común, que lo grotesco parezca el único orden posible de las cosas. Trump no es entonces una aberración, no es el accidente que interrumpe el curso normal de la historia. Es, al contrario, su figura más transparente, el momento en que el sistema deja caer la máscara y muestra sin pudor lo que siempre ha sido. Lo más inquietante, sin embargo, no es Trump. Lo más inquietante es que ya no nos hace reír. Y no porque el fascismo sea demasiado serio para la risa —la risa ha sobrevivido a cosas peores— sino porque ha aprendido a ocupar él mismo el lugar del payaso, a anticipar la burla, a hacer del ridículo su propia coraza. Chaplin pudo reírse de Hitler porque Hitler todavía pretendía ser solemne. El fascismo de hoy no pretende nada: se ofrece directamente como espectáculo, se adelanta a su propia parodia. Y en ese movimiento nos roba algo que quizás no sabíamos que teníamos: la distancia necesaria para reír. La risa exige un afuera, un lugar desde el cual la farsa pueda verse como farsa. El fascismo contemporáneo trabaja metódicamente para clausurar ese afuera, para que no quede ningún punto de apoyo desde el cual el mundo pueda aparecer como lo que es.
