Nos hemos dejado engañar por la hipnótica fábula del apocalipsis. El discurso público, intoxicado por el espectáculo de la ruina inminente y por el narcisismo de la catástrofe, continúa contándonos que vivimos el fin de los tiempos. Un fin que se prolonga hasta el infinito, como en una serie de Netflix bien estructurada en la que el epílogo se pospone siempre al episodio siguiente. En realidad, la narración apocalíptica de masas no es sino una forma anestésica: sirve para enmascarar la única verdadera tragedia del presente, es decir, que nada cambia en el gran continuum de la historia de la opresión y que las cosas continúan deslizándose, sin perturbación alguna, por los rieles de su desmoronamiento político y social.
Sin embargo, bajo la ceniza de este espectáculo de la ruina se ha consolidado algo profundamente nuevo. Con lo que debemos hacernos cargo hoy, en Italia y en el corazón de Europa, no es la simple continuación de la violencia despiadada del liberalismo clásico, ni siquiera la reproducción plana de los fascismos históricos del siglo XX. Hemos entrado en la era de un nuevo pensamiento autoritario y xenófobo —principio de autoridad y miedo al extraño, a lo insólito, a lo ajeno—: un dispositivo postideológico que encuentra en el trumpismo de exportación su encarnación global más llamativa.
Frente al afianzamiento de este nuevo autoritarismo asistimos, como contrapartida, a una ulterior metamorfosis de la estetización de la política teorizada por Walter Benjamin. Si en los años treinta del siglo XX esta se concretaba en las imponentes escenografías de las concentraciones multitudinarias, destinadas a sublimar a las masas en un cuerpo místico, hoy se manifiesta en la estetización digital del mundo: una producción ininterrumpida de imágenes y narraciones saturadas de un excedente ficcional y alucinógeno en el que la línea de demarcación entre realidad y virtualidad, entre verdad y mentira, pierde nitidez. La masa ya no necesita salir a la calle para sentirse parte del ritual; es más bien incorporada a un flujo virtual continuo, donde la realidad se difumina en la ficción y la seducción anestésica sustituye a la reunión de los cuerpos. Anestesia social consumada, alienación de los cuerpos en una esfera hiper-significante vacía y, sobre todo, paralizante.
Este autoritarismo defensivo, posesivo e identitario no necesita, por tanto, del Estado ético tradicional. Vive de la atomización, explota la soledad de los individuos, transforma el resentimiento en programa y el miedo al otro en aglutinante social. Promete una falsa protección blindando las fronteras —no solo las físicas, sino también las psicológicas e identitarias—, mientras que en el plano material desmantela el Estado de bienestar, el trabajo y los derechos esenciales; renuncia así a toda perspectiva de redención o de regeneración social y se conforma con gobernar el miedo de una humanidad empobrecida y precarizada.
Ante este tenazón, la interrogación leninista reaparece con una ferocidad sin exenciones: ¿qué hacer?
La respuesta se ve dramatizada por un hecho histórico ineludible: falta el sujeto político. No existe hoy, en el tablero político, un sujeto colectivo, una organización, una fuerza de clase capaz de ponerse al frente de los oprimidos, de recoger la sufrimiento disperso y transformarlo en un proyecto de ruptura. Las fuerzas de la izquierda institucional, reducidas ya a meras agencias de gestión de lo existente o a guardianes contables del statu quo, han perdido incluso el alfabeto de la oposición, por no hablar del discurso revolucionario, que es ya una lengua muerta incomprensible para la mayoría.
Cuando falta el sujeto y la historia parece bloqueada, el mayor peligro es el ceder a la protesta impotente, al vano choque frontal contra un adversario que obtiene fuerza precisamente del conflicto directo. El otro peligro, naturalmente, es el retraimiento consolador en lo privado. Hoy, dados los correlativos de fuerza dentro de la sociedad, no se trata de oponer a una fuerza ciega una reacción especular, sino de comprender la necesidad de un desplazamiento lateral: desactivar la lógica del choque sufrido mediante aquella postura severa que —como nos recordaba el último Tronti— la memoria del monacato y la filosofía del distanciamiento nos transmiten, es decir, la xeniteia, la peregrinatio.
Hacerse extraños. No se trata de una huida del mundo —fuga mundi—, ni de un repliegue ascético o desdeñoso. Como mostró Jacob Taubes al releer la teología política paulina, la instancia escatológica no es una espera pasiva del fin, sino la introducción de una cesura en el tiempo presente: una forma de habitar las estructuras del mundo “como si no” fueran el horizonte último. La peregrinatio es una decisión política y existencial de primer orden: es la opción joánica de situarse en el mundo, aunque no del mundo, asumiendo el pathos de la distancia como la única medida posible frente a la homologación dominante. Cuando la sociedad se vuelve inhabitable y sus formas políticas tradicionales resultan inservibles, extrañarse y no ofrecer asideros al poder es la única manera de evitar la asimilación, que coincide, después, con la servidumbre.
El primer monacato del desierto no nació como un álibi para los vencidos, sino como la fundación de un contrapoder. Aquellos monjes que abandonaban las ciudades del Imperio en disolución no buscaban la paz del alma: buscaban la fuerza para construir una forma de vida inasimilable. En aquel silencio había una concentración de fuerzas, una espera activa y militante que se rehusaba a dispersarse en la charla del presente.
Para habitar este tiempo de transición y de opresión, es necesario soldar la decisión ética del individuo con la práctica de la distancia, articulándola en tres dispositivos fundamentales: la contemplación, la lucha y la cedencia estratégica.
- La contemplación no es la cura narcisista de la interioridad, sino una mirada libre y despiadada sobre la realidad. Contemplar significa mantener lúcida la facultad del juicio, desenmascarar las ideologías del nuevo autoritarismo y saber leer la caducidad de sus construcciones aparentemente inexpugnables. Es un ejercicio de des-saturación de la percepción que nos permite arrancar lo real del flujo ininterrumpido de una comunicación desviada, sustrayéndonos a un consumo distraído del mundo.
- La lucha es la traducción de esta extrañeza en práctica cotidiana. Es la construcción de comunidades inactuales, de fortalezas de resistencia conceptual y ética donde la acogida del extraño, la solidaridad entre los fragmentos y el rechazo de la lógica de mercado se convierten en la regla de un nuevo habitar. Pero es también la lucha, cotidiana y leal, dentro de las instituciones, con el Estado y contra el Estado. En una fórmula: se trata de ser, siempre y en todas partes, mit und gegen.
- La cedencia estratégica: sustraerse a la obsesión de la victoria inmediata no significa convertir la derrota en un valor —en política la derrota nunca es un mérito—, sino rechazar dejarse desgastar por las reglas del juego establecidas por el enemigo. Significa aprender el arte de la sustracción: no dejarse aplastar por la lógica del poder dominante, saber aflojar la presa donde el choque es una trampa y reposicionarse para preservar la propia autonomía. En lugar de consumir las energías en una resistencia pasiva o en batallas perdidas, se acompaña el embate del adversario para desequilibrarlo y reducir su impacto, manteniendo intacta la propia libertad de maniobra.
No podemos esperar a que un nuevo sujeto político se constituya por milagro, aunque no debemos dejar de creer en lo imposible. Es necesario, más bien, ejercitar aquella práctica de la atención enseñada por Simone Weil: una mirada paciente capaz de discernir los signos mínimos de cambio, incluso los más miserables y ocultos, para captar la emergencia de nuevos símbolos en torno a los cuales pueda finalmente agregarse un sujeto social y político. Mientras tanto, el individuo recobra su consistencia en la disciplina de la extrañeza, en la capacidad de agregar las soledades en torno a un rigor común, en la firmeza de quien rechaza la guerra entre pobres promovida por la nueva derecha autoritaria. Si la sociedad es xenófoba, nos situamos conscientemente como objeto de su miedo, nos convertimos en su propia extrañeza: cuerpo extraño en el cuerpo social, cuerpo intruso.
Se trata de apuntar, realista y racionalmente, hacia objetivos alcanzables sin dejar jamás de dirigir la mirada hacia los inalcanzables.
La peregrinatio no es una rendición: es el entrenamiento de la fuerza. Es el acto por el cual nos declaramos extraños a este presente para custodiar nuestra inconmensurable libertad y poder ser, cuando se abra la brecha, el comienzo de otro mundo.
Federico Ferrari (Milán, 1969). Enseña Estética en la Accademia di Belle Arti di Brera. Entre sus últimos libros figuran L’insieme vuoto (Johan & Levi, 2013; 2024), L’anarca (Mimesis, 2014; Sossella, 2023), Oscillazioni (SE, 2016), Visioni (Lanfranchi, 2016), Il silenzio dell’arte (Sossella, 2021), L’antinomia critica (Sossella, 2023), Ritratti (Sossella, 2025), Nicola Samorì, sulla soglia del tempo (Abscondita, 2025) y, junto con Jean-Luc Nancy, La pelle delle immagini (Bollati Boringhieri, 2003) y Estasi (Sossella, 2022).
Fuente: Machina Rivista
