Javier Agüero Águila / Lavidalamuerte

Filosofía

El seminario impartido por Jacques Derrida en la Escuela de Altos Estudios de París, entre 1975 y 1976, se tituló La vida la muerte. Y ya en el nombre, sin necesidad de entrar en las 14 sesiones que componen este curso, es posible detenerse y acaso sumergirse en los estuarios múltiples de la deconstrucción. 

Tampoco sería requisito para un texto como éste acercarse a la manera excepcional en que el argelino hace hablar a los que serán los “ejes” del seminario (Hegel, Nietzsche, Heidegger, Canguilhem, Freud o Jacob). Simplemente va de hacer la pausa, corromperse en el no-paso, olvidar todas las pistas de caza y abrazar la distorsión a la que pueden llevar estas cuatro palabras: La vida la muerte. 

¿Por qué no una coma que las separe? ¿No habría sido menos críptico poner una “y” entre ellas? ¿Cuál es el secreto que puede esconder -asumiendo que éste sólo es posible en la medida que lleva adherida su potencial revelación- esta secuencia que, en ningún caso, es ingenua? En principio porque es la muerte quien hace la vida posible y la vida la que hace posible la muerte; no hay escisión, paranoia ontológica, menos una partición temporal entre la una y la otra. Son lo mismo. O de otra forma, es una potencia única que alumbra los sentidos y exilia al logos a una zona donde observa pero no toca, se tensa pero no determina. 

Emerge así el neologismo derridiano lavidalamuerte. Mas no como un intento categorial cauterizante, sino como una diferencia radical que todo lo acoge y en la que ambas habitan confundiéndose; no hay patrón, ni canon, ni espéculo jurídico, sólo un único gran entramado de significaciones que no se obstaculizan, por el contrario, vehiculizan la inversión de la tradición toda vez que se piensa dicotómicamente lo vivo y lo muerto; lo animado y lo pasivo, la voz y el silencio. 

Para que desaparezca el taxativo binario, entonces, no debe haber coma, ni “y”, ni “o” ni nada que se constituya como una conjunción copulativa. La vida y la muerte discurren en un devenir que las intensifica indiferenciándolas y esto es lo que inhabilita el imperativo de occidente, la impronta heideggeriana del ser para la muerte, la vida como un lugar de paso en el que se decidirá nuestra eternidad (o no) para el cristianismo, en fin.

Porque a la vuelta no poseemos nada; ni siquiera la meta certeza de la muerte frente a la cual se estrellan todas las demás. La muerte no está asegurada y ninguna existencia precederá a la esencia, como escribía Sartre en 1945 (El existencialismo es un humanismo).

Y lo anterior porque Derrida transparenta, deja intuir el hiato infinito que une a la vida y la muerte. Así ninguna es más esencial que la otra; ninguna se despliega con una potencia metafísica tal que vulnera su supuesto contrario. Si hay una metafísica, esta sería la de una revelación en la reunión: lavidalamuerte es toda la metafísica posible y este es el comienzo y el fin de todo. Nada precede a nada puesto que todo se confunde en una totalidad que, sin pretender suturar, nos transforma en el reflejo de una trama que lejos de comprenderla somos, o vamos siendo, parte.

Ahora ¿es todo esto tan llano, tan simple de inteligir? Ahí donde occidente y Dios nos han perforado con la idea de un inicio y un final, y de que todo lo que hagamos en esta vida repercutirá en una otra que tiene como condición de tránsito a la muerte misma: ¿cómo hacernos de una experiencia en el que existir no vaya sin morir y el morir sin el vivir? 

No es evidente, cierto, responder a estas cuestiones, sin embargo -y este es un intento elemental para resolver lo irresoluble- sería necesario recurrir al vibrato levinasiano y decir que la vida es la alteridad de la muerte y al revés; pero asumiendo a eso otro alterno como constituyente de lo que se es. No la alteridad comprendida como un prójimo -o próximo- sino como la ipseidad, lo propio de lo sí mismo.

En el abismo sin abismo (infinito) intuímos el juego no binario del amor a vivir y del amor a morir; todo en un solo y mismo gesto contrahegemónico respecto del folclor de la vida y la muerte, del sabotaje del tiempo y de la belleza de un otro mundo.

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