Los resultados electorales en el estado federado alemán de Sajonia-Anhalt han despertado a algunos comentaristas, pero no constituyen una gran sorpresa. Alternativa para Alemania (AfD) ha venido creciendo a buen ritmo, y la llamada «línea roja» [firewall] construida por los partidos del centro extremo de la élite alemana no ha hecho más que favorecer ese proceso. Que el 44 % de los votantes haya optado por la AfD en las elecciones estatales es un testimonio sombrío de ese hecho. La Unión Demócrata Cristiana (CDU), que obtuvo el 37 % en 2021, ahora ha caído al 18,5 % y, por otro lado, Die Linke tiene más votos que el Partido Socialdemócrata (SPD), y el partido de Sahra Wagenknecht (BSW) ha superado el umbral del 5 %. Turbulencia. Contradicciones. Fracasos. Estas son las palabras que vienen a la mente. Y no es solo Alemania, con su pasado del Tercer Reich, la que avanza en dirección ultranacionalista. Es toda Europa, en mayor o menor medida. Y esto continuará si las élites políticas y económicas insisten en que no es posible ninguna reforma y que la forma actual del capitalismo está fijada indefinidamente. Las guerras posteriores al 11 de septiembre han sido un desastre que condujo al sistema occidental a trampas de su propia cosecha. Las guerras en el exterior y las economías financiarizadas (OTAN/UE) son responsables del estado actual de cosas en Europa. Esta es la base de lo que está ocurriendo en Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña. Seguramente para este entonces, quienes percibían a la UE como un patrón oro que mantendría automáticamente a raya al nacionalismo de los grandes Estados deben estar cuestionando sus supuestos de toda la vida. Las dos voces diaria y semanal del capitalismo occidental —Financial Times y The Economist— no ignoran todo esto, y el periódico rosa a veces, aunque rara vez, está a la altura de su color, pero el semanal está perdido, a menudo reaccionario de un modo muy estúpido, en consonancia con el liberalismo de hoy que abraza acríticamente.
Hace poco menos de una década sugerí lo siguiente:
La Unión Europea, una de las mayores entidades económicas del planeta, que ocupa un espacio mayor que el Imperio Romano hace 2000 años, está en un caos. Todos los encubrimientos, los patéticos intentos de sugerir que todo va bien, que la tirita aplicada con abundancia sobre todo el cuerpo de la UE señala un regreso a la normalidad son profundamente poco convincentes… el fracaso de los filósofos progresistas de Europa (Habermas y Negri, entre otros) para comprender y analizar la naturaleza de la crisis indica que se han convertido en parte del problema. Europa no es una buena abstracción. Es una mala realidad en la que las fuerzas de la extrema derecha han dominado el debate.
Unir a Europa, históricamente hablando, nunca ha sido fácil. Napoleón estuvo cerca en el siglo XIX, derrotado por el invierno ruso. Los únicos líderes políticos que se tomaron en serio imponer una Europa unificada e independiente fueron Hitler y Himmler, este último con un plan más convincente que su Führer. Ambos concebían a Europa (tras haber aplastado al Ejército Rojo) como un contrapeso frente a Estados Unidos en la lucha por la dominación global, en alianza con el Japón de Hirohito. Carl Schmitt, estratega conservador y miembro del partido nazi durante un breve tiempo, no veía razón alguna por la cual Alemania no debiera tener su propia versión de la Doctrina Monroe, rechazando la injerencia extranjera. Tras la derrota alemana y el colapso del Imperio británico, surgió un tipo de mundo diferente en el que Estados Unidos asumió el papel de potencia occidental dominante. Esto fue aceptado tanto por las potencias derrotadas como por la mayoría de los aliados. Charles De Gaulle, sin embargo, favorecía una Europa estrechamente unida como bloque bonapartista en la política global, equidistante de Washington y Moscú. La bomba francesa [force de frappe] protegería la independencia europea, siempre que los alemanes estuvieran a bordo. Un tratado en esos términos había sido acordado verbalmente, pero el político conservador alemán y canciller, Konrad Adenauer, insertó una enmienda manuscrita en el sentido de que la solidaridad alemana con Estados Unidos era eterna. De Gaulle expulsó más de 20 bases estadounidenses de Francia y se retiró de la organización militar de la OTAN, aunque permaneció como miembro de la Alianza Atlántica. El esplendor aislado era preferible a convertirse en un caballo de Troya como el Reino Unido o a aceptar una soberanía truncada como la de Alemania.
Tras el colapso del Muro de Berlín, Gorbachov en Moscú y los líderes de la RDA en Berlín Este aceptaron la Anschluss económica propuesta por el canciller de la CDU, Helmut Kohl, y no exigieron ni obtuvieron nada a cambio. Las promesas verbales de que la OTAN no se «expandiría ni un centímetro hacia el este» nunca se tomaron en serio y son la razón principal del asalto de Putin contra Ucrania. El bombardeo del gasoducto de energía de un país importante de la OTAN por parte de un aspirante a miembro ha afectado seriamente a la economía alemana. La reunificación, brutal e irreflexiva, tuvo un efecto socioeconómico y político-cultural funesto sobre ambas Alemanias. Las celebraciones no duraron mucho. Esto ha sido señalado a menudo por uno de los intelectuales más independientes del país, Wolfgang Streeck, en sus numerosos ensayos y libros, muchos de los cuales han sido publicados por New Left Review y Verso. En el último capítulo del libro de Streeck Buying Time, argumentó que una Europa diferente es posible y trazó las líneas generales de lo que podría ser una nueva constitución democrática para una realidad culturalmente diversa y socialmente heterogénea. Más tarde, en Taking Back Control?, fue menos utópico, señalando agudamente cómo Europa se había deteriorado aún más y cómo Alemania había prácticamente abandonado la socialdemocracia.
Es en estos contextos que debe verse el ascenso de la AfD. Su principal líder, Alice Weidel, quien es una fuerte opositora a la inmigración (como lo son todos los partidos del centro extremo) y una firme partidaria de Netanyahu y del genocidio en Gaza (como lo son la mayoría de los otros partidos alemanes), es también una vigorosa opositora de la guerra de la OTAN en Ucrania y exige un acuerdo negociado, en contraposición a la coalición gobernante. Su vida personal contradice parte de su retórica de extrema derecha; vive con una mujer de origen ceilanés [sri lankés] que creció en Suiza. Esta es la primera vez que un partido de extrema derecha se ha acercado tanto a hacerse con un estado en Alemania desde la Segunda Guerra Mundial. Dada la falta de una alternativa popular, este es un proceso que probablemente continuará. La «línea roja» diseñada para mantener a la AfD a raya está destinada a perder todo significado si una media docena de parlamentarios de la CDU desertan, como lo han estado haciendo los conservadores hacia el Reform de Nigel Farage en Gran Bretaña. Parece que la línea roja es una medida fallida que solo ha servido para alejar aún más a los votantes. ¿Deberían Die Linke y el BSW votar junto a los partidos del centro para mantener a la AfD fuera del gobierno? Un feroz debate táctico tiene lugar incluso mientras escribo esto.
Los partidos de izquierda no deben olvidar que el centro extremo los considera el otro lado de la moneda de la AfD, y Merz ha dicho reiteradamente que la CDU jamás entraría en una coalición con Die Linke. Dado que este es el caso, no hay razón absolutamente ninguna por la cual los dos partidos de la izquierda no deban abstenerse cuando se tome la votación. Después de todo, ¿es Weidel tan distinta de Meloni en Italia o de Le Pen en Francia? Todos los partidos que estas mujeres encabezan tienen su buena dosis de fascistas de línea dura. A los tres países les fueron obsequiados por Estados Unidos y la OTAN con un alto porcentaje de ex jefes fascistas de los servicios de inteligencia, altos funcionarios de policía, burócratas blanqueados y políticos, etc. The Sorrow and the Pity [El Sorrow y la Piedad] fue el título apropiado de un documental francés que expuso el alcance de la colaboración francesa con el Tercer Reich. De Gaulle hizo ejecutar a Petain como gesto simbólico. Muchos otros siguieron en sus cargos, y las democracias jamás fueron purgadas de quienes habían sido una vez los verdugos voluntarios de Hitler, Mussolini, Petain y Franco. Los pollos están volviendo al gallinero. Y aparte de Jean-Luc Mélenchon no hay otro político de izquierda que enfrente al enemigo en casa.
A menudo me pregunto cómo habría visto Edgar Reitz, uno de los más grandes cineastas de la Alemania de posguerra, el presente. Su serie de cinco películas (59 horas y treinta y dos minutos en total) conocida como Heimat ofreció una historia de su patria muy fina y matizada. Seria, estéticamente agradable (mi favorita era Die Zweite Heimat) y que presentaba una «historia desde abajo» sin equivalente en ningún otro país europeo. Mostró a refugiados económicos alemanes estableciéndose en Brasil y Estados Unidos. La implicación era obvia. Personas de cada país europeo buscaron nuevas vidas y fortunas en otros lugares en tiempos de crisis económica. ¿Es eso diferente de lo que hoy hacen los antiguos ciudadanos de las colonias europeas?
Fuente: Tariq Ali en Substack
