Aldo Bombardiere Castro / Delfines

Literatura

Porque no engraso los ejes

Me llaman abandona`o

Si a mí me gustan que suenen

¿Pa`qué los quiero engrasa`os?

(Atahualpa Yupanqui)

El vaivén del microbús resultaba insoportable. Irregular, entrecortado, no dejaba de sacudir y acrecentar el malestar despertado por las olas de calor que asediaban a la ciudad. Lo único mínimamente rescatable era la distancia existente entre los pasajeros. Dispuestos en lejanía unos de otros, como accidentales piedrecillas desperdigadas en lo inacabable del desierto, la distancia entre aquellos cuerpos cansados erigía la barrera de un tenue anonimato. El bús circulaba lento. La ventilación era nula. A través de los cristales se dejaba ver el monocorde cemento de las calles, las invasivas coloraturas de los semáforos y centros comerciales, así como la desoladora ausencia de transeúntes. Todo ello despertaba en los pasajeros la sensación de soledad, de encierro y, sobre todo, de sopor. Un extraño malestar empañado por el desgano y la indiferencia. Pero había algo peor: el ruido. El autobús, evidentemente sucio y deteriorado, parecía librar sus últimas horas de utilidad, por lo cual emitía un ruido metálico tan tembloroso como el movimiento que le acompañaba. Ruido agudo, de tornillos desgastados o necesitados de lubricación, el cual por instantes, pese a su marcada arritmia percusiva, hilvanaba una efímera continuidad melódica, para inmediatamente volver a entregarse a la tiranía del ruido.

Javier Agüero Águila / Lavidalamuerte

Filosofía

El seminario impartido por Jacques Derrida en la Escuela de Altos Estudios de París, entre 1975 y 1976, se tituló La vida la muerte. Y ya en el nombre, sin necesidad de entrar en las 14 sesiones que componen este curso, es posible detenerse y acaso sumergirse en los estuarios múltiples de la deconstrucción. 

Tampoco sería requisito para un texto como éste acercarse a la manera excepcional en que el argelino hace hablar a los que serán los “ejes” del seminario (Hegel, Nietzsche, Heidegger, Canguilhem, Freud o Jacob). Simplemente va de hacer la pausa, corromperse en el no-paso, olvidar todas las pistas de caza y abrazar la distorsión a la que pueden llevar estas cuatro palabras: La vida la muerte. 

Giorgio Agamben / El primer amigo y el primer enemigo

Filosofía

Como me escribe un amigo científico al que le gusta reflexionar, el acontecimiento fundamental en la historia del ser vivo fue la aparición de un microorganismo capaz de sentir dolor. Esta tesis debe precisarse, por supuesto, anteponiendo —o añadiendo— a «dolor» «placer». Si relacionamos esta capacidad fundamental del ser vivo con lo que Aristóteles escribe sobre la percepción de la sensación de existir («sentir que vivimos es de por sí dulce, porque la vida es un bien y es dulce sentir que un bien semejante nos pertenece»), podemos decir entonces que la forma primordial de la capacidad de sentir placer o dolor se refiere al hecho mismo de existir, al sentirse vivir. A la sensación de la dulzura del vivir corresponde, en efecto, aquella, simétricamente opuesta, en la que por alguna razón —o incluso sin ninguna razón aparente— sentirse vivir resulta doloroso.

Tariq Anwar / Hoy, la forma

Estética, Filosofía, Política

Aunque nos parezca una ambición desmedida —y en efecto lo es—, aunque se nos repita que “no estamos preparados” para pensarla y aunque sepamos de antemano que nuestro pensamiento llega siempre tarde a aquello que pretende comprender, lo único que hoy, cuando todo parece precipitarse, merece ser pensado es la forma. No la forma como ídolo último, no la forma de las formas que vendría a garantizarnos una verdad, sino la forma en el único sentido que no se deja capturar por una definición: como formación, como formándose. Y es en este punto donde la forma revela su vínculo inseparable con la imaginación y con el poder, con la vida y con la muerte, con el lugar y con la utopía.

Porque la forma no es un contorno quieto que delimita una sustancia: es el choque mismo de fuerzas que se delimitan al chocar. Intensidades, volúmenes, ritmos: lo que se expande y lo que se pliega; lo que se ama y lo que se muerde; lo que se sostiene y lo que se quiebra; lo que se vuelve abstracto y, por esa abstracción, queda subsumido en una figura que se pretende neutral. Si hay una ilusión constante del pensamiento occidental, es creer que primero existe “algo” y luego su forma; pero quizá ocurre lo contrario: sólo hay algo en la medida en que hay una cierta manera de formarse, un cierto estilo de aparecer, una cierta economía de lo visible y lo invisible.

Juan Pablo Espinosa Arce / El otro como imposible. Preliminares en/con Jacques Derrida

Filosofía

“Cualquier texto es autobiográfico”: la vida como espacio del otro

    La filosofía de Derrida es autobiográfica: “estoy convencido de que, en cierto modo, cualquier texto es autobiográfico”1. La vida del autor está desplegada en espacios de diferencia: nació en El Biar, un suburbio de Argel cuando la nación africana islámica era colonia francesa en 1930. Como hijo de familia judía2 se le da un nombre “oficial” (Jacques, Jackie) y también “otro nombre”, un nombre secreto: Élie. A propósito del nombre Derrida escribe: “un nombre propio nunca es puramente individual”3.

    Javier Eduardo Alejo / Eugene Thacker y el horror filosófico

    Filosofía

    Où la vie se contemple tout est submergé. Paul Eluard

    Para esta aproximación al nihilismo filosófico de Eugene Thacker,[1] es necesario mencionar dos objetivos generales. El primero apunta a ciertas dificultades en la comprensión de la vida, lo vivo y el viviente; dificultad que se dilata y exige establecer conceptualizaciones nuevas que asuman una postura no-antropocéntrica, es decir, que consideren el aspecto de lo-no-humano. El segundo es indagar en aspectos del nihilismo y el pesimismo de este filósofo bajo el manto de su realismo o materialismo obscuro, que ha sabido absorber el cargado zumo de la crítica literaria en contra del antropomorfismo y antropocentrismo.