Tariq Anwar / La imagen pobre

Estética, Filosofía, Política

La rebelión de las imágenes degradadas en el capitalismo audiovisual

En Los condenados de la pantalla (2014), la videoartista y teórica alemana Hito Steyerl ofrece una de las cartografías más interesantes y políticamente incisivas de la cultura visual contemporánea. El libro, que reúne una serie de ensayos publicados originalmente en la revista e-flux, se inscribe en la tradición materialista inaugurada por Harun Farocki y prolonga las reflexiones sobre el cine imperfecto y el Tercer Cine. Sin embargo, su contribución fundamental es la introducción del concepto de imagen pobre, una noción que condensa las contradicciones del capitalismo de la información, las jerarquías de resolución y las nuevas formas de alienación que atraviesan la producción, circulación y consumo de imágenes en la era digital. Si bien los temas que aborda son amplios, nos concentraremos aquí en algunas páginas donde aborda la idea de la imagen pobre.

Mauro Salazar J. / Vibratum. Organología y temblor

Estética, Filosofía

«La sensación es vibración». Gilles Deleuze, Francis Bacon. Lógica de la sensación (1981)

El campo de las plásticas sonoras permanece bajo escasez interpretativa. La carencia de una literatura crítica ajustada al espesor material de su objeto no responde a la debilidad del territorio artístico, sino a la insuficiencia de los paradigmas mediales del significado. Los aparatos hermenéutico-semióticos forjados para el texto y la imagen, consagrados durante el XX como instrumental analítico transversal, fracasan ante la densidad propia del acontecimiento sónico. La economía interpretativa del signo descansaba sobre tres pilares: clausura del objeto, fijación del referente, transparencia del sentido. Tales pilares articulaban el régimen del significado que dominó la crítica del siglo pasado y que aún rige sectores enteros de los estudios musicológicos rioplatenses.

Lo sónico desestabiliza tal arquitectura por completo. Su materialidad vibratoria carece de borde aprehensible; su temporalidad propagante deshace toda fijeza referencial; su condición ondulatoria recorre cuerpos, arquitecturas, atmósferas, infraestructuras computacionales antes de cualquier inscripción semántica. Los alcances del proceso ondulatorio exceden el oído individual y alcanzan zonas donde el paradigma del significado no podría operar: la modulación del sistema nervioso autónomo, la coproducción afectiva entre cuerpo y medio, el contagio rítmico colectivo. El expansivo sonido escapa al «régimen representacional» por su condición vibratoria, temporal, propagante.

Dionisio Espejo Paredes / El cliché de la reconciliación, o la escenificación histórica del crimen

Estética, Filosofía, Política

0. La historia como drama: Máscaras, víctimas y la guerra que nunca termina

Nos centraremos en una critica el cliché de la reconciliación, especialmente en el contexto español de la memoria histórica, considerándolo una escenificación que beneficia a los verdugos. Consideramos que la historia no se interpreta de forma neutral, sino que se representa como un drama donde cada persona elige una máscara (vencedor o vencido). La falsa reconciliación, ejemplificada con el intento nazi de crear un «comité de reconciliación», es una coartada para la impunidad y el olvido forzado, que exige a las víctimas perdonar sin reconocer el daño ni hacer justicia. Frente a esto, se defiende una reconciliación genuina que parta de la víctima (como en procesos restaurativos), basada en la verdad, la responsabilidad y la empatía, y se advierte que sin juicio previo, el conflicto se perpetúa. Finalmente, se hace un llamamiento a desenmascarar estos mecanismos para romper el ciclo de violencia heredado.

Mauro Salazar J. / Discépolo. Un presente de Grottos. Comicidad de Palacio

Estética, Filosofía, Política

Cesura. Texto de crisis: País como «modelo» significaba, y aquí está la trampa, que los habitantes mismos del país, Chile, comenzarían a mirarse desde fuera, como observados, como ejemplares, como destinados a demostrar algo a la posteridad. Cuando un país se vuelve modelo, deja en cierto modo de habitarse a sí mismo: se exhibe. Y la exhibición, ya se sabe, es siempre la antesala del derrumbe.

Escribir sobre Discépolo, digámoslo con la lentitud que exige el duelo, es escribir sobre el momento en que una palabra (¿País?) pierde su origen y empieza a sobrevivirse a sí misma, sin si quiera nombrar su decadencia. Es cuando su sobrevivencia espectral se ha engrillado. Sobrevivencia que es, exactamente, lo contrario de la vida. Hay un verso, un solo verso, que merece detenerse: «se nos fue la mina». Dicho así, sin énfasis, sin retórica, en la austeridad brutal del lunfardo que nombra mediante una metáfora minera (década perdida) aquello que no puede nombrarse de otro modo: la pérdida. No una pérdida entre otras, no una pérdida; la pérdida en cuanto tal, la pérdida que precede y excede todas las pérdidas particulares. La mina, yacimiento, mujer, patria, fe, sentido, se fue. Y con ella se fue, también, la posibilidad misma de seguir diciendo País. Porque ¿qué queda cuando se va la mina? Queda el vacío y la galería vacía. Queda —y esto es lo terrible— la voz que debe seguir cantando en el vacío, la voz que debe prestar su garganta al silencio de la mina ida. Me detengo aquí. Hay que detenerse. La filosofía universitaria no se detiene nunca: avanza, concluye, sistematiza, pontifica.

Gerardo Muñoz / Pintar el paraíso

Arte, Estética, Filosofía

El «Paraíso» (1445) de Giovanni di Paolo es un pequeño y poco conocido cuadro sobre madera que en algún momento formó parte de un retablo de la catedral de Santa Dominica de Siena. A pesar de sus proporciones diminutas, esta impactante imagen del paraíso nos sitúa ante una coreografía de encuentros con los muertos, como si el cielo no fuera una mera etapa superior en la secuencia de la salvación, sino un territorio que continúa cultivando, de forma ininterrumpida, el habla de “esta vida”. Mediante una composición sencilla y rítmica, rodeado de cítricos y vegetación y animales, Di Paolo ofrece al espectador un estado paradisíaco que no se centra en la gracia absoluta ni en un mundo bañado de una irresistible encantación; sino en algo que, en su pobreza aparente, revela la proximidad, cara a cara, con un otro, quizás un amigo, un amante, o un ángel. En ese encuentro el habla es silenciosamente redimida. Si recorremos con la vista todas las figuras del cuadro es como si se confirmara aquella bella intuición de Robert Antelme en cuanto a que “la única trascendencia es la relación entre los seres”, alma a alma. Y no otra cosa es la textura pictórica de este paraíso que trasciende la vida porque retorna al encuentro. Aquí podemos definir el paraíso terrenal como ese espacio donde se dispensa la trascendencia porque, ante todo, acoge el cometido de aquello que nos ha tocado.

Luis Ángel Campillos Morón / maninfecsto. la monstruosidad autista

Estética, Filosofía

preludio

Maninfecsto es un texto fragmentario, susurrante, tartamudo, desviado y testarudo. Los márgenes vibran y estallan. Los contornos de las letras se contonean, se desnudan y desaparecen. Emergen líneas después, de improviso. La raíz de manifestar alude a golpear (festus) con la mano (manus). Como cuando alguien golpea la mesa y manda callar. El sentido clásico del manifiesto supone precisamente eso, un golpe en la mesa-mundo, una llamada de atención y, en muchos casos, cierta amenaza. Pero no basta con mandar callar, evidentemente, pues ese es también ser el punto de inflexión hacia un nuevo orden autoritario. ¿Qué se quiere conseguir? ¿En qué sentido se pretende transformar el mundo? Alejándonos de cualquier forma de sistematización cerrada y opresiva, nos-otras hemos incluido ciertas anomalías. En primer lugar, en el propio término maninfecsto que trastorna el manifiesto clásico, una “n” para que pueda irrumpir el verbo infecstar, compuesto por infectar e infestar. La diferencia semántica entre estas dos acciones se basa en el criterio humano de la visibilidad. Infectan microorganismos como virus o bacterias, infestan macroorganismos como ratas. El primero sugiere una amenaza permanente, pues, a causa de los clásicos umbrales sensoriales humanos, no podemos percibir directamente estos seres minúsculos. El segundo resulta más evidente, salta a la vista, como es el caso de una plaga de langostas. “Este lugar está infestado de ratas”, decían los nazis. “Este lugar está infestado de palestinos”, dicen los sionistas. “Este lugar está infestado de inmigrantes, negros, transexuales…”, dicen Trump y sus esbirros. Sin embargo, no pueden decir, por lo menos todavía, que cierto lugar esté infestado de virus o bacterias. Por ello, convertirnos en estos seres minúsculos es clave. Devenir-minoritarios, en el sentido de Deleuze y Guattari. Debemos poder infectar el Sistema para que nuestros efectos devengan observables (mayúsculos), de ahí la importancia de la invisibilidad y el anonimato. Ahora bien, no solicitaremos derechos de propiedad de los logros obtenidos. Estos no son más que brechas, goteras, grietas, agujeros. No formaremos parte del espectáculo, no nos convertiremos en partido político. La impureza, la hibridación y la imperfección son nuestras señas no identitarias.