Cabe preguntarse qué significa exactamente que una civilización pueda representar con toda precisión la catástrofe de su propio planeta –la sequía, la inundación, el colapso de las placas– y sin embargo se encuentre del todo incapacitada para imaginar la cesura de su modo de producción. No se trata de un déficit de imaginación, como si bastara con convocar a los poetas o multiplicar los talleres de futurología. Algo más grave ha ocurrido: la distinción entre lo posible y lo imposible ha dejado de pertenecer al orden de la potencia y ha pasado a ser una cuestión administrativa. Aquello que no puede ser administrado no puede ser pensado, y aquello que no puede ser pensado ha sido declarado, por eso mismo, imposible. En este sentido, el capitalismo no se ha impuesto como una ideología entre otras, sino como la resolución anticipada de toda cuestión. Mark Fisher llamó realismo capitalista a esa circunstancia en la que el capitalismo no necesita ya defenderse, porque la ausencia de alternativas se ha vuelto la evidencia misma de la experiencia. El realismo es aquí una categoría de armas: designa la capitulación presentada como lucidez. No es que se hayan agotado las utopías; es que la palabra utopía ha sido degradada a sujeto de nostalgia, un bien de museo del siglo XIX. Y sin embargo quizás el diagnóstico permanezca superficial mientras no se pregunta por el afecto que lo sostiene. Un orden que no puede ser imaginado de otro modo no es solo un orden del pensamiento: es también una forma de tristeza, quizás la única que un orden puede producir de manera industrial.
Palestina
Dionisio Espejo / De lo arquetípico a lo histórico: una crónica musical sobre la violencia (La salud del verdugo 2)
Estética, Filosofía, Música, PolíticaIntroducción
La representación de la violencia en la ópera moderna oscila entre dos polos: por un lado, el arquetipo expresionista; por otro, la realidad histórica. Eso supone un recorrido que va desde Mörder, Hoffnung der Frauen (Hindemith, 1919) e Irrelohe (Schreker, 1924) hasta Lulu (Berg, 1935), y de paso por las distintas versiones de Beatrice Cenci (Brian, Goldschmidt, Ginastera) o The Rape of Lucretia (Britten, 1946). Suponemos que la figura del asesino experimenta una progresiva desindividualización en la primera mitad del siglo XX: deja de ser un sujeto psicológico para convertirse en la manifestación de una estructura de poder que atraviesa el cuerpo, la sexualidad, la familia, la ley y la propia forma artística. El artículo distingue dos momentos clave: en el primero, la violencia es arquetípica y mítica (Hindemith, Schreker), y el cuerpo aparece como escenario de una guerra elemental entre fuerzas sexuales; en el segundo, la violencia se historiza (Cenci, Lulu), revelando su inscripción en instituciones concretas —la familia, la Iglesia, el derecho, el capital— que la producen y legitiman.
La conclusión del recorrido muestra que el asesino ya no puede ser considerado una categoría suficiente para explicar la violencia: el crimen no comienza con el acto de matar, sino que está inscrito en las relaciones sociales que lo preceden, y sobre todo en el imaginario que lo singulariza o lo identifica sistemicamente. Esto nos ha llevado a una reflexión sobre el recinto —la isla, el castillo, la casa, el jardín— como condición material de la violencia, aunque también a comprender, desde esta lógica, lugares como Gaza o el Sahara, donde la administración del territorio mismo se convierte en instrumento de poder sobre una población entera. Para eso se fabrican etiquetas identitarias que sitúan a los individuos en el marco de esa lógica de la dominación y la explotación. Por eso aquí se ha intentado captar la esencia de la deshumanización que, afectando al sujeto receptor del mensaje a través de su alienación fetichista, se extiende por el resto de los seres humanos. Es decir, cuanta más violencia se despliega, más crece la indiferencia, el desprecio y el odio hacia los vecinos, los iguales, que son cosificados y deshumanizados, tornándolos radicalmente desiguales.
Gerardo Muñoz / Algunas notas sobre Naza (2026)
Cine, Estética, Filosofía, PolíticaEl documental Naza (2026), dirigido por Yuval Abraham and Rachel Szor que en estos días podía verse en el Festival de Cine de Nueva York introduce un concepto al léxico de la devastación en curso: “naza”, una abreviación de “nezek agavi” o daños colaterales a causa de los bombeardeos teledirigidos del ejército israelí sobre la población de Gaza. Si bien la noción de “daño colateral” no es ajena a las normas del derecho internacional de conflictos, la novedad de la noción de la naza es que ahora se limita al objetivo mismo del acto bélico. En varios de los testimonios – todos ellos grabados desde tejados del centro de Tel Aviv – queda claro que esta nueva fuerza tecnológica no busca simplemente aniquilar a un ciudadano específico, sino hacerse cargo de una “naza”, como si la vida humana sólo pudiera ser pensada como paquetes, tal y como lo determina la propia eficacia de su funcionamiento letal.
Tariq Ali / Abolir las Naciones Unidas. Sobre el reciente circo en Nueva York y la verdadera historia de la ONU
PolíticaTras haber fracasado en detener un genocidio en Palestina, haber fracasado incluso en protestar (1) por el secuestro del presidente venezolano con acusaciones totalmente infundadas, (2) la instalación y aprobación de un gobierno títere en el país, (3) el sometimiento de Cuba a sanciones hasta casi su extinción contra la voluntad de una inmensa mayoría de los miembros de la ONU, (4) el lanzamiento de una guerra no provocada contra Irán, (5) la negativa a asegurar un acuerdo en Ucrania, surge una pregunta. ¿Para qué sirve la ONU? Y si la respuesta es que para muy poco, ¿por qué no abolirla y buscar otras soluciones más representativas? Mi modesta propuesta es abolir la ONU, vender el edificio comprado originalmente a Rockefeller y donar las ganancias a los países que lo necesiten.
Miguel Ángel Hermosilla / Algunas notas críticas acerca de Parusía, intifada global y guerra cibernética de Rodrigo Karmy
Filosofía, PolíticaCada muerto llama a los vivos
y los palestinos han entrado en el alma de Israel,
ocupan esa alma como aquello que día tras día la sondea y la perfora.
Gilles Deleuze. Las piedras.
Para deslizar algunas notas críticas acerca de Parusía, intifada global y guerra cibernética de Rodrigo karmy Bolton, habría que problematizar lo que para esta voz, sería una de la tesis centrales del texto, a saber; la que afirma que la signatura del semita, siempre móvil y desplazante, se sostiene en la no sutura entre vida y logos, en el hiato entre ser humano y razón, es decir, en una vida atravesada por el “exceso de deseo” que no coincide con la representación antropológica de “persona”, entendida esta como sujeto titular del pensamiento, pues, es en la cristalización humanista de esta premisa, como pura oikonomia y cibernética, vale decir como puro gobierno y administración de los cuerpos, donde han estado asentadas las dinámicas productivas del reino del capital, ahora como “refundación neoliberal-sionista” del fascismo actual sin régimen; la parusía como advenimiento de la clausura del mundo en virtud del despliegue totalizante del tecno capitalismo planetario, que tendría como engranaje catalizador de la expansión colonial sobre el mundo, precisamente la fundación del Estado sionista de Israel en tierras palestinas, en tanto que intensificación imperial europea, al alero del desplazamiento y yuxtaposición de la maquina antropogénica semita que lo cobija:
Sherena Razek / Intifada Elemental: cómo Palestina deshace el Antropoceno
Filosofía, PolíticaEscribí sobre el río y el mar, sobre el mañana y el sol,
y nada se obtuvo de ello.
Escribí sobre la opresión y la depravación —también sobre la pureza.
Dormí sin probar bocado de pan.
Soñé sin sueños.
Desperté sin echar de menos mis manos ni mis pies ni mi reflejo en el espejo
ni la cosa que llamo mi alma.
Morí y viví. Me prendí fuego a mí misma. Me apagué con mis propias cenizas,
y nada se obtuvo de ello.
Soy todos estos elementos, oh Dios: fuego, tierra, viento y agua.
Su quinto es un dolor que las canciones ciegas no pueden ver, su sexto es esta inmensa
soledad, y su séptimo, desde mi matanza, es la sangre.
Cuando ardí, habité las letras de mi nombre libre como una mariposa:
P A L E S T I N A
— Ibrahim Nasrallah, «Palestina», traducción al inglés de Huda Fakhreddine
La tierra es el único archivo al que acudo, y habita en mi cuerpo. Habla a través de mí en fuego, en árabe, en ausencias, en piedra, a través de hijas y de flores brotadas de la sangre de los mártires. He estado en Palestina solo dos veces en mi vida. La última vez, puse en práctica lo que había aprendido de otras mujeres palestinas sobre el arte de cargar con una patria. Introje clandestinamente dos pequeños recipientes de Palestina en mi equipaje: un contenedor de tierra recogida en Ein Karem, ungida con agua del manantial natural al que llegué a través de un mar de turistas bíblicos parlanchines —fuera de lugar y desconectados—, para mi hermano elegido en el exilio, que debía haber estado allí en lugar de ellos. El otro, de Burqa, era para mí. Cuando entregué unos puñados de Ein Karem a mi amigo más querido, hundió el rostro en la tierra y la respiró. A través de su aroma, regresó.
