Paola Caridi / Cómo escribir en tiempos de genocidio

Filosofía, Literatura, Política

El corazón alrededor del cual nos atormentamos habla una lengua ya atravesada a lo largo de la edad contemporánea. Cómo escribir en tiempos de genocidio, del genocidio de Gaza. Es una pregunta que excava en lo profundo. En el caso de quien, palestina, mira Gaza desde fuera de Gaza, dentro de Palestina y en la diáspora, porque es espectadora y, al mismo tiempo, víctima. Víctima histórica y cotidiana, porque el genocidio va más allá de Gaza: es el exterminio intentado y buscado de Palestina y de los palestinos. En mi caso, la pregunta es: ¿cómo escribir si eres espectadora y, además y por si fuera poco, estás del lado de los culpables, responsables, verdugos? Y sobre todo, nos recuerda Adania Shibli en su lectio de 2026 de la Cátedra Virginia Woolf de la Universidad para Extranjeros de Siena, ¿cómo escuchar las voces que ya no están, borradas por los verdugos? ¿Cómo podemos arreglárnoslas sin las palabras de los 263 periodistas asesinados en Gaza por Israel, y junto a ellos sin los poetas, las poetisas, los artistas, las artistas, los docentes, las maestras, las profesoras? ¿Cómo escuchar sus voces en la Aradhi Muwat, la «tierra muerta» incluida en la legislación agraria otomana, tierra considerada muerta porque no se oye voz humana por muy extensa que sea y por no estar habitada ni cultivada?

Esa tierra ha sido asesinada en Gaza, y ahora está cubierta de escombros. Pero esa misma tierra palestina, definida como muerta porque no se oía la voz humana, ha sido cubierta de cemento en otras partes de Palestina, cubierta de colonias israelíes. Cemento sobre la tierra. Un obstáculo más para la difusión de las voces palestinas y de sus palabras, por el robo de una tierra adquirida por Israel, a menudo, como propiedad del estado.

Creo que hace falta un testigo cercano. Alguien que reciba una historia, la historia. Que intente encontrarla entre los escombros. No es casualidad que Refaat Alareer concluyera su poema más famoso, que se volvió viral, con aquel verso: «Que sea una historia». Que alguien, alguien quede para dar testimonio de esa historia.

«Porque los recuerdos moldean gran parte de nuestro mundo –escribía Refaat Alareer en la introducción de un libro publicado hace casi 15 años, la antología de textos a menudo escritos por sus alumnos–, contar los recuerdos en forma de historias es un acto de resistencia contra una ocupación que se empeña por todos los medios en borrar y destruir los vínculos entre Palestina y los palestinos. Las historias promueven el recuerdo y condenan el olvido. Incluso cuando el personaje está muriendo, su último deseo es que los demás ‘cuenten la historia’, como decía Hamlet».

Porque Refaat Alareer enseñaba literatura inglesa a nivel universitario, había formado a generaciones de estudiantes.

Refaat Alareer, poeta asesinado por Israel el 6 de diciembre de 2023, dos meses después del inicio del genocidio, recuerda a Hamlet que le dice a su amigo Horacio, mientras está a punto de morir envenenado: «Estoy muriendo, pero tú seguirás viviendo. Cuenta mi historia y mi causa, a quien sea».

Y el poeta palestino de Gaza comenta: «contar la historia se convierte así, por sí mismo, en un acto de vida».

También le sucede a quien muere no porque lo maten, sino porque es apartado de la vista de quienes permanecen libres; es decir, le sucede a los prisioneros encerrados tras los muros de una cárcel, un campo de concentración, un campo de tortura, un campo de exterminio, como se ha convertido Gaza. Están vivos pero dentro de un sepulcro. Lo escribe, con una nitidez que excava hondo, Rosa Luxemburgo desde la prisión. Y nosotros, fuera, no logramos escuchar las voces en nuestras «tierras muertas». A ellos, a los prisioneros, se les niega la palabra. Como a Alaa Abd el Fattah, a quien –como a muchos presos políticos– le prohibieron papel y pluma en las cárceles egipcias. Es la tinta prohibida para él como también para Gramsci, Nawal Saadawi, Wole Soyinka.

Pero cito a Alaa no por los textos compuestos en prisión en lo que bien podemos llamar sus «cuadernos desde la cárcel». Cuadernos desde la cárcel gramscianos, por su relevancia. El más fuerte y desgarrador de esos textos lo escribió con Ahmed Douma, poeta y amigo fraternal, lanzando su voz de un extremo a otro del largo pasillo de un ala de la prisión de Tora. Los carceleros los habían puesto en las celdas más alejadas, uno en un extremo y el otro en el lugar más lejano, en el otro extremo, precisamente para impedir que pudieran intercambiar pensamientos, pero ellos superaron con palabras gritadas –justamente– lo que había sido concebido como una «tierra muerta». Tierra sin palabra.

Cito a Alaa, en cambio, fuera de la prisión, en la visita que había hecho a Gaza en 2012, en un descanso entre un periodo en la cárcel, una revolución y la larga detención que duraría 10 años. En 2012, Alaa había escrito un texto, recién regresado a El Cairo, que era un auténtico mea culpa por haber banalizado Palestina. Y en particular, precisamente Gaza, la resistente. Gaza ya desgarrada por los bombardeos israelíes.

«¿Intentas recordar las palabras de Mahmoud Darwish, e ignoras los textos de los jóvenes raperos palestinos? ¿Buscas escombros, cascotes y destrucción, e ignoras a las personas que viste con tus propios ojos recuperar las armaduras de hierro retorcidas por las bombas para construir nuevas casas? ¿Quieres comprar za’atar, aceite de oliva y naranjas, e ignoras que compartiste un café con quienes luchan por cultivarlos? ¿Buscas al combatiente con la pistola y la kufiya, e ignoras al pescador, al campesino y al estudiante que luchan cada día por sobrevivir?»

He aquí que precisamente Alaa, el prisionero de la revolución, el intelectual entre los más sorprendentes, insertaba en su texto un término –sobrevivir– que está en el centro de la lecture de Adania Shibli. En el centro de nuestra propia supervivencia, como especie en un mundo interespecie. Como seres humanos en la tierra, inmersos en lo no humano. Los palestinos nos enseñan a los seres humanos a relacionarnos con lo no humano. Y he escuchado de Adania, en estos años, historias maravillosas sobre el estrecho entramado entre lo humano y lo no humano, el pueblo y la tierra.

Sobrevivir, pues. Una vez más en los tiempos tremendos de la historia del mundo, solo los sobrevivientes pueden escribir el relato de lo indecible, de la ferocidad que ya no creíamos concebible. Como siempre ha sucedido, las víctimas del genocidio son las únicas capacitadas para poder contarlo, para tener el deber de contarlo. Y cuántas veces, inconscientemente, muchos nos hemos preguntado en estos años: ¿quién contará todo lo que intuimos a distancia, en la pantalla de un ordenador conectado con el mundo? ¿Quién, entre los sobrevivientes, tendrá la fuerza para hacernos entrar en los detalles de lo indecible? ¿Cuándo podremos saber de las horas, los lugares, el tiempo que cambia y los cuerpos que se consumen?

Sin embargo, Adania Shibli disuelve la insuficiencia imponiéndonos el deber de recurrir a la imaginación. A la literatura como única salvación que nos permite comprender lo indecible, lo incontable. A la lengua que abre mil puertas. Así lo piensa «la niña» –así se llama a la protagonista que ciertamente tiene un nombre, un nombre que Adania Shibli no revela en un texto suyo de hace muchos años, un libro que amé muchísimo, Sensibilidad (Nave di Teseo, 2025, en la espléndida traducción de Mónica Ruocco)–, precisamente en la sección titulada «Lengua».

La niña «lee una palabra en árabe clásico, luego la repite en la musicalidad del árabe hablado. Las palabras del árabe clásico son en su mayoría cercanas a las del hablado. Sin embargo, en cada renglón hay al menos tres o cuatro palabras incomprensibles, palabras que encuentra por primera vez. En un momento dado, las palabras incomprensibles se multiplican hasta llenar toda la página. No puede seguir ignorándolas. La niña empieza a echar a volar la imaginación, apresurándose a asociar lo imaginado a la palabra nueva, antes de que la palabra hablada se le adelante».

La niña no solo busca crear su propio mundo nuevo, capaz de ir más allá de la supervivencia. Busca leer su propio mundo con la libertad necesaria.

No solo hace falta libertad, sin embargo. Hace falta una palabra difícil de conjugar: amor. Que comprende también otro término imprescindible: cuidado. Lo escribió Adania Shibli hace poco menos de un año, para el Festivaletteratura de Mantua, en un texto traducido al italiano, por cierto, por una escritora que estuvo aquí hace apenas dos meses: Claudia Durastanti. Para Adania, el lenguaje tiene una «dimensión de intimidad, fragilidad y vulnerabilidad a la que por ejemplo está acostumbrado alguien que viene de Palestina». El lenguaje del poder, es decir, tiene un nivel de claridad tan alto que es un acto de violencia. «Es lo contrario del amor», escribe Adania. «Amo la lengua, la trato y me relaciono con ella como si fuera un ser vivo. Cuando amas la lengua, ¿puedes realmente permitirte ‘usarla’? Imagina que amas a alguien y declaras: ‘Ahora te usaré'». He aquí, ahora continúo yo junto a ella: escribimos, practicamos el lenguaje como podemos practicar el amor, en los intersticios, las grietas, los silencios, los tropiezos, las cancelaciones, el dolor de un pueblo sometido a un genocidio.

En un relato de Sarah Ali, en la antología que mencionaba antes, el padre de la protagonista le dice, con dolor más que con rabia por los árboles destruidos por un bulldozer israelí, más de diez años antes del genocidio, en las guerras que ya habían desgarrado Gaza.

«¿Me oyes? Eran 189, los olivos. No eran 180. No eran 181. Ni siquiera 188. Eran 189 olivos».

Esos números no son números. Son el cuidado y la pertenencia a la tierra. Solo la imaginación, y por tanto la literatura que está hecha de una práctica de amor por el lenguaje, puede permitirnos ver esos 189 olivos. Ni uno más, ni uno menos.

(Este es el texto de mi intervención en comentario a la espléndida lectio impartida por Adania Shibli para la edición 2026 de la Cátedra Virginia Woolf de la Universidad para Extranjeros de Siena)

Fuente: Invisible Arabs

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