En un texto reciente escrito para rememorar la Nakba, el pensador Mauricio Amar proponía de manera velada algo que merece una cuidadosa atención: nuestra época está enmarcada por dos nociones que nos han sido donadas por la experiencia palestina, esto es, la nakba y la intifada [1]. Son dos palabras que, lejos de activar una oposición dialéctica, son el grado de la curvatura de una experiencia histórica que en el presente nos entrega algo un espejo nocturno, que es imagen de pensamiento y tranquilidad. Pensar con claridad es preparar una salida de las ruinas y hostilidades; y en segundo término, rechazar en todo momento el estratagema de la “pacificación” y de los tratados de paz (también en sus formulaciones cosmopolitas) aún enraizados en las turbias corrientes de la barbarie. Las antiguas palabras de Tácito siguen resonando como viejas campanas: “hacen un desierto y lo llaman paz (ubi solitudinem faciunt, pacem appellant). ¿Y qué no es la Pax israeliana sino una guerra sin fin bajo los presupuestos de la usurpación desfigurada del llamado del theos? En nombre de la “paz”, la oscuridad cae sobre la tierra, pues ya no hay garantía de tranquilidad ni de concordia. Y es sólo en la vía tranquilitas que los pensamientos, como ligeras nubes de verano o esponjas del móvil que se inclina sobre una cuna, se amontonan en un lugar de entonación tan imperceptible como provisoria.
Si Palestina es, en efecto, el pasaje más luminoso de nuestra época, es porque desde su encuadre se vislumbra una salida del régimen de la osificación de los argumentos y las razones. Más que un asunto pasajero, la nakba nos retrae a la propia dispensación de la civilización, cuyo orden fundamental radica en la agresión y el odio, esa vieja pasión aristocrática que hoy se distribuye por el demos. Dos son, entonces, los tenues límites del cuadro: la Nakba y la Intifada. En ese paisaje nocturno se rumorean los muertos, las osadías y la humillación; pero a distancia alcanzamos a ver una chispa de luz que redime no solo lo que es y lo que ha sido, sino también el derrotero de los mundos que vendrán. Esa chispa de luz en el alma despeja una foresta sin ktīzein; esto es, carente de la partición y las agrimensura de los territorios, razón por la cual se decía que cuando cuando un jardín deviene euktimenos, es porque ha sido domesticado y aplanado para el cumplimiento de la producción. Ahí tiene lugar el paso del brillo del animal al ruido de la bestia. Un hermoso verso arabigoandaluz del Libro de los Huertos lo fundamenta: “Que no soy yo como las bestias abandonadas que toman los jardines como pasto” [2]. La virginidad de los mundos parte – figurativamente hace escisión – en el intersticio que Palestina le concede al pensamiento como pequeño huerto natal.
Y aún a riesgo de pleonasmo, podríamos decir que el pensamiento hoy tiene lugar entre límites de la Nakba y la Intifada, porque es ahí, en ese jardín sin ktīzein, donde encontramos una salida de la época cuya brutalización tiene sus compensaciones en el cálculo político y en la retórica de la justificación. Las palabras de Jean Louis Chrétien nos llegan con perfecta claridad: “Hay también una gentileza de pensamiento que no brutaliza los fenómenos, ni las palabras con las que los nombramos, ni quiere ser conquistadora quitando por la fuerza una cortina o partición… En materia de pensamiento, avanza brutalmente corre el grave riesgo de convertirnos simplemente en pastores de un campo de ruinas” [3] Si Palestina es una figura hiperbólica del pensamiento, un pasaje en retirada, es porque alberga la simplicidad de una palabra que se ha despojado de la espesa decoración. En la probable recaída hacia la vulgaridad – y sabemos que la vulgaridad es uno de los tantos nombres de la muerte gestionada – Palestina irrumpe en la sensibilidad para salvarse del exceso y del pleonasmo (en efecto, como sabemos, para los estoicos, el mal se definía como caída en el pleonazousa, estado de desmesura y corrupción del bien) que ahora quedaría ajena al espesor de la introspección.
Por eso no sorprende que en su panfleto El significado de la catástrofe, escrito en el verano de 1948, Constantine Zurayk señalara con buen tino que el deber del pensamiento debía afrontar el insoportable sufrimiento humano, porque solo la tarea de la introspección ofrece un estímulo al alma [4]. ¿Qué significa la ascesis de la introspección interior y sus figuras? Desvelados ante la herida de la memoria, la mirada que atraviesa la catástrofe despeja un camino en el que el pensamiento ya no se vacila al borde del mal y la fuerza, sino que encuentra en el thelgein del lenguaje una región que no ocupa, sino que sobrevive en las praderas de otro tiempo.
Notas
1. Mauricio Amar. “La nakba del mundo”, en La voz de los que sobran, mayo 2026: https://lavozdelosquesobran.cl/opinion/la-nakba-del-mundo/16052026
2. Emilio García Gómez. Poemas arábigoandaluces (Editorial Renacimiento, 2025), 85.
3. Jean Louis Chrétien. Ten Meditations for Catching and Losing One’s Breath (Cascade Books, 2024), 77.
4. Constantine Zurayk. The Meaning of the Disaster (Khayat College Book Cooperative, 1956), 12.
