A Javier Agüero Águila, por las intuiciones y demencias
Reseña
Toda reseña es un texto subalterno. Un mero agregado con respecto. Al concebir una reseña remitimos indefectiblemente a un texto previo y únicamente a ese texto, en función del cual dicha reseña ejerce un rol de esclarecimiento por simplificación de otro texto. Sin embargo, esta simplificación, más que un poder de la reseña en relación a aquel texto primordial, desnuda su precariedad: su servilismo relativo a aquél.
Por lo mismo, reseñar consiste en re-enseñar, en leer de la manera más respetuosa, escueta y sumisa posible: en enseñar a someter la mirada a una escritura sin imaginación. A leer sin escribir, a leer resignados de amor por la escritura; a leer reprimiendo nuestra imaginación ante la tentación dejada por el bestial eco de cada palabra. El poema escrito aquel día en que el pulso trepidante de un lápiz-cuchillo presagió un suicidio; la novela cuyo original sobrevivieron a la vergüenza y al fuego; el candor y la ternura de una narración histórica incapaz de entrar en los palacios de la Historia; estos y otros caudales de potencia imaginal la reseña los presenta en calidad de ya escritos. Con ello, la lectura que ofrece antepone un punto de inicio de carácter anestésico y asegurador: el de la claridad y la seguridad de un punto firme desde el cual acceder y empezar a adentrarse en el texto primordial.
Desde tal perspectiva, la luz de la reseña no emana de la reseña: se limita a reproducir precariamente una luz que le ha sido dada por el texto primordial. Aunque muchas veces la reseña no haga honores al texto reseñado, éste, en cuanto reseñado, siempre es digno de serlo. Y he ahí una reveladora paradoja: la reseña se aboca a esclarecer aquello que merece ser alumbrado, esto es, aquello que ya brilla por luz propia. Tal paradoja es la que desnuda el carácter meramente instrumental de la reseña: sirve para publicitar, para expandir, para hacer circular de manera circular el centro-texto del cual ella ha de ser esclava. Consagrada al culto de la literalidad y la transparencia, cuán sagrada y performática adoración a una religión positivista, la reseña, negándose a sí misma, exhibe el rostro de un originario que, desde que ella lo nombra, se vuelve digno de ser reseñado.
Por lo mismo, lejos de constituir un subgénero monumental; pero también lejos de destellar líneas de fuga, la reseña asume desde un inicio la lógica de la sumisión al monumento. Así, junto con girar alrededor de un texto originario ella, además, ha de ceñirse estrictamente al sentido de tal texto: es la palabrería que, sin decir nada nuevo ni interesante, lo monumentaliza. Su propósito consiste en cerrar el círculo monumental: bajo el pedestal la timidez de su aplauso o el deslizamiento de un leve reproche refuerzan invariablemente la centralidad del texto-monumento.
Respeto, reverencia, sumisión. El reseñista (si es que existe un oficio como tal) se esfuerza en no alzar la voz. Él no debe reverberar en la tonalidad afectiva y ritmicidad común con que el texto originario inundó los momentos de lectura: él sólo debe dar cuenta de éste. Rendir cuenta en el estilo, justamente, de la cifra, de la datificación: un estilo sin estilo, de la represión afectiva. El reseñista debe prescindir del estilo: su escritura, en realidad, nada tiene que ver con la escritura.
En efecto, él no escribe ni abre significaciones; inscribe y revela signos en la blancura del papel y en el brillo de las pantallas. La reseña transparenta y aplana sinuosidades, manifiesta claramente el desenlace de las tensiones, inteligibiliza hasta el vaciameinto las densidades que horadan la prosa, formaliza y explica los argumentos, promete facilitar el camino del lector gracias al remedo de aventura con que dibuja el recorrido de su propio camino lector. Sólo tras eso, al reseñista se le concede una pequeña libertad: la de asociar o comparar el texto reseñado con otros textos, a los cuales, dentro de la reseña en la que los insertan, también son comparativamente intencionados en calidad de reseña. El premio por su buen comportamiento, por monumentalizar el monumento, consta de poner en relación tal monumento con otros: destacar similitudes y diferencias, elogiar virtudes en voz baja, recalcar logros plenamente logrados.
En definitiva, el propósito del reseñista nada tiene que ver con el acto de juzgar, sino, a lo sumo, con suministrar las medidas elementales de aquello que ya ha sido juzgado o que próximamente se juzgará. Así, continuando con la metáfora monumentalista, el reseñista tan sólo dimensiona una escultura, anota su largo y su ancho, registra los materiales de los que está compuesta, detalla su altitud y la del preexistente pedestal donde ella reposa y el cual la reseña sumisamente, reafirma y completa. Da igual que se trate de reseñar una obra de ficción o un tratado filosófico: el estilo ha de ser expositivo, es decir, no debe haber estilo, singularidad ni, menos aún, distorsión. Un oficio de la avaricia.
En suma, la reseña abrevia el texto primordial no tanto hasta la abstracción geométrica, sino hasta la insipidez. Sin embargo, existe algo problemático y ominoso en la reseña, lo cual, quizás, nos hable de la irreductibilidad vital de la escritura que, pese al reseñar mismo, aún continúa palpitando al acecho de su irrupción intempestiva. La reseña, aunque sea mínimamente, afecta al texto reseñado. Como dijimos, al tiempo que lo despotencia, lo monumentaliza. La candidez de los aplausos o la tibieza de los abucheos, el ejercicio de semejanzas y diferencias con respecto a otros textos ya monumetalizados y la gélida luz de escaparate con que se el texto se esquematiza desde un inicio, generan un doble efecto en la variación lectora. Por una parte, al ser leída antes que el texto reseñado, la reseña anuncia con clarividencia el tema y la arquitectura básica de la obra monumentelizada, restringiendo y previniendo el abismo de la experiencia lectura por venir. Por otra parte, al ser leída tras el texto reseñado, opera subestimando al lector a través de una pedagogía en la que se presenta revestida con los ropajes de una condensación esencial.
Comentario
Sin embargo, cuando, presa de un instante de lucidez, los exiguos momentos de escritura que habitan las primeras líneas de una reseña aún no han sido consumidos por los párrafos siguientes, aun nos encontramos a tiempo de emprender la fuga.
Consternados y confusos, intuimos que la excelencia del subgénero reseñístico apunta, justamente, hacia otro subgénero: el comentario. Para que una buena reseña logre escribirse, o sea, logre ser fruto de la escritura, a la vez que dar fruto a la escritura, el carácter literal y reproductivo de la reseña debe morir. Por lo mismo, pese a hallarnos todavía tensados y tentados por el llamado a la calma con que la reseña busca seducirnos, durante los primeros párrafos la cadenza insulsa de su impotencia la estela del mundo todavía no borra el camino que nos permite volver a él: ¡segundos antes de caer en el hechizo, asentimos a la llamada del mundo! Se trata de un salto hacia la superación de la reseña, la consecución del impulso de vida con que nos empuja el deseo, el reconocimiento de unos sones, tan cantabile como macabros, que animan las danzas y los estilos. En esos primeros párrafos, nuestro retorno al mundo coincide con el fracaso de la reseña, con su desaparición. ¿Por qué?
Porque en toda reseña la escritura lucha por tender a lo común, a lo común del pensamiento en intempestiva e interruptiva continuidad y contrapunto con el texto originario. Sin sumisión ante su indudable poder detentado gracias a su carácter originario. La potencia escritural, entonces, se rebela contra la reseña: resiste contra la literalidad y, de un momento a otro, deviene comentario, acontece comentario.
En fin, en los vaivenes del comentario la escritura, liberándose del enclaustramiento y la precariedad esquemática y formal a la que era sometida por parte de la reseña y adoptando irrenunciable distancia con respecto a la actitud de servilismo que ésta le exige, la escritura, digo, irrumpe y prolifera desde una posición dialógica y común, pero, a la vez, lo hace en irreductible tensión con el texto comentado. El comentario no conoce de sumisión: acepta el sentido del texto comentado, sin enaltecerlo ni intencionarlo, sin concebirlo como fundamento al cual adherirse y en torno a cuyo centro oscilar. Más bien, el comentario da curso al sentido del texto comentado, justamente, dislocando la predefinición de tal curso. El comentario, ejerciendo un movimiento dialógico, penetra en los recovecos del texto comentado, horada las lisuras de su literalidad, profana el sacrosanto pedestal en el cual lo instaló la reseña. Reconoce para cuestionar, afirma para impugnar, habla para escribir las oscilaciones de su respiración sobre la brisa de lo ya dicho. El comentario, entonces, despliega un pensamiento común en la comunidad de pensamiento: la imaginación de un único texto, donde la existencia espejea como comentario infinito, sin inicio, autoridad del autor ni fuente originaria, sin fin, dogmática filológica ni decisiva y definitiva epifanía de un espíritu oculto tras la palabra revelada.
El comentario es la revuelta de la escritura. El comentario es uno de los momentos de verdad de una ética de la existencia, aquel instante donde, durante un segundo que entrecorta al comentario mismo, pugna por hacerse presente la voluntad del cuerpo y el hálito de un mundo en tensa incoincidencia con la herencia de sentido que nos ha legado el lenguaje.
Gracias a dicha incoincidencia que expresa el comentario, el sentido de las palabras heredadas no se limitan a reproducir lo ya dado; pero, por otro lado, su sentido tampoco intenta crear la geometría de otros mundos susceptibles de ser utilizado en tanto huída o paraíso destinal de éste. El tenso hiato que une y separa al comentario y lo comentado siempre termina remitiendo a una noción lo nuestro en cuanto inapropiable, de lo inapropiablemente nuestro: a un comunismo de las cosas.
Comentar la reseña
Si la reseña se dedica a dar, simple y simplistamente, aquello que nos ha ofrecido, la abreviación literal de un texto monumentalizado, el comentario, en cambio, divaga en la aceptación o transgresión de lo ofrendado, dando curso a la escritura, al pensamiento del cual participamos. Ninguno renuncia a su carácter menor. Pero donde la reseña renuncia sí a la escritura, el comentario se aproxima a abrazarla. El carácter menor del comentario, lejos de toda arrogancia, consiste en arrojarse a la intensidad de un pensamiento e imaginación en común. Lo menor de la reseña, en cambio, tan sólo se deja atisbar en su constitutiva negación de sí y en su sometimiento al heterónomo poder del texto-monumento al que se encuentra esclavizada. Es decir, el carácter menor de la reseña apela a la menorísima intensidad de la imaginación: la reproducción. Mientras, el comentario expresa su carácter menor de su naturaleza a la hora de operar su constitutivo deslizamiento entre la reproducción de una imagen y la imaginación donde tal imagen reverbera, se deforma, desaparece y renace siendo otra de sí misma y, sin embargo, derivación de un único flujo común de pensamiento. Una hermenéutica del comentario tan sólo permite llevarse a cabo en forma de (común) comentario de la existencia.
No puede haber una reseña sobre la reseña. Sólo puede existir un comentario sobre la reseña. Reflexionar acerca de la reseña no apelar al género reseña, sino que lo interpela hasta forzar su derogación. Pensar la reseña desde la reseña, significa no pensar. Al contrario, tan sólo consistiría en re(n)señar. El reseñista apunta a re-enseñar al lector: allí donde no hay nada por aprender más que la misma capacidad de desarticulación en que se desenvuelve la imaginación, allí donde se abisma el salvajismo de la escritura para liberar la potencia escritural en el lector, el reseñista le re-enseña la obediencia dictada por la literalidad del sentido. La reseña ilumina para esclarecer y distinguir. En lugar de invitarlo a ritmar en el cuerpo escritural de una única danza sin autoría, la reseña modela el punto de inicio que el lector, cuán alumno modélico, ha de asumir.
En el acto de comentar, la escritura hilvana el comentario con lo comentado, pues ella refleja y distiende, los prados y las grietas en que se extiende la comunidad de un único e infinito pensamiento. En el comentario, la escritura piensa, incluso más allá de cualquier texto comentado. Se trata, en fin, de un acto que tiende al ensayo: un acto que ensaya el ensayo de lo por decir, de lo porvenir.
