Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: el otoño de la modernidad

Filosofía, Política

Entre la niebla, preso en la lejanía, un abrigo abandonado contribuye a entristecer la escena. Descansa sobre el único de una plaza desierta. Visto desde cerca, el abrigo adopta la forma de un hombre acurrucado, como si se abrazara a sí mismo. Sus ojos también yacen vacíos, raptados por el huracán del mismo otoño que ha vaciado la plaza. Ni el hombre ni el abrigo resultan suficientes para atenuar el frío: ningún hombre ha redimido a la humanidad, ni queda Dios en el cual abrigar esperanza. Tal vez esta escena representa el más equívoco símbolo de la impotencia, incluso ella, derrotada. Un río inmóvil no deja de ahogar los surcos de la tierra; el polvo y las piedras han terminado por revelar la inapelable eternidad de las caídas.

Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: horizonte y utopía

Filosofía, Política

¿Cuál es el destino que abre el horizonte? ¿Hacia dónde nos orienta? ¿De dónde proviene su estela? ¿Acaso existe un detrás suyo? Pero, ¿qué es el horizonte, si acaso es? O, por el contrario, ¿acaso sólo indica la extensión infinita de todo caminar y, con ello, lo infinito del caminar mismo? Y en tal caso, ¿podría ser que el horizonte tan sólo nos abriera paso para dibujar, en lugar de un mundo nuevo, la proyección perfeccionada de éste? Y de ser así, el horizonte nos permitiría, más que danzar con lo porvenir, ¿únicamente clavar en el futuro la coreografía ya acotada al insípido ritmo de nuestras ilusiones? En ese sentido, todo horizonte sería la prolongación infinita de esta tierra que hoy pisamos, de este cemento sobre el cual nuestros pies a ratos se elevan y de este cemento entre el cual nuestros pies continúan sangrando. Entonces, ¿cuáles encuentros ya ocurridos nos aguarda el horizonte? ¿Qué promesas y luminosas libertades no cesa de recitar a nuestro oído para despertarnos esta misma sed que se jacta de llegar a apaciguar? ¿Qué huidizos deseos estimula, cuáles son los delirios con que nos arrebata, en virtud de cuáles piernas cruzadas nos entierra la daga de su tan deseada como esperable utopía?

Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: 90s

Filosofía, Política

Hemos vuelto a pensar en el polvo, la tierra y el barro.

Hubo años durante los cuales el metal de los espejos se clavó como un cuchillo mudo entre nuestros sueños, pero nada de eso nos dolió. El futuro ya había llegado, infinito e irrefutable, actualizante, liberado y compartiéndonos su libertad. En esas décadas, los sueños se armonizaban con las sonrisas de la realidad: no había sueño equivocado. La democracia era sinónimo de cultura. La humanidad era un caso de razón omnisciente, tanto en cumplimiento moderno como en ironía posmoderna. Fueron los 90.

Los socialismos reales desnudaban su iracunda realidad. El capitalismo capitalizaba toda fantasía. Aquellos sueños clavados por el metal de los espejos reflejaron, en lugar de su dolor, el deseo proyectado del torturador.

En el diario vivir todo era oportunidad, posibilidad de negocio, materia prima entregada a aquella orgullosa voluntad capaz de impulsarnos a través de olas y estrellas. Negación determinada del ocio, el intelecto se hacía práctico y expansivo, público para uso privado. Las ocurrencias se vistieron de promesas: expresiones hegelianas de una superación integrativa, las genialidades recuperaron su labor kantiana siendo un oasis pacificador a manos del comercio. Los sueños del individuo, vehiculizados por el neón de las empresas, sólo debían encontrar su lugar, por cierto preexistente, al interior del tejido económico y la cohesión social. Ese fue el acuerdo: un acuerdo firmado de antemano. La de locura poética y el mercado publicitario; la neutralidad de la ciencia y el expansivo y democrático avance tecnológico; la política consensuada fue definida en calidad de arte de lo -meramente- posible. Todo parecía en orden.

Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: La espera azul (o sobre una fotografía encontrada al pasar)

Estética, Filosofía

No es arte. Tampoco importa mucho el lugar donde haya sido tomada. Esta fotografía fue encontrada al pasar. No importa la fecha ni la firma de la mano que la ha eternizado. La soledad no conoce propietario. Quizás sólo importe el azul. La luz, el grano y la montaña. Porque sobre ese techo de zinc, y entre los innumerables desencajes de maderas azuladas, la historia de la galaxia equilibra su lento pasar.

El conjunto sopla levemente su rostro frente al nuestro. Una invencible combinación de reposo y eternidad mece el ritmo circular de la escena (los griegos ya sabían que el único movimiento eterno es el circular). Cuando yacemos ante ella declina todo deseo. Nada parece obligarnos a hacer algo; al contrario, en el destello de un segundo, el tiempo ha sido curado de la partición de los siglos. El universo ha de encajar en el silencio de ese instante. Porque en esta imagen resuena el misticismo de lo intraducible: la voz de un origen que no exige ser venerado, el último vestigio de un origen que ni siquiera requiere haber existido. Pero, aunque sea cierto que en ella nada parece obligarnos a hacer algo, sin embargo, algo nos obliga a hacerlo. Como el consejo familiar de un amigo que nos visita tras su muerte, estamos obligados a escuchar su silencio: la finitud y el futuro de nuestra ausencia. tal vez, sea la única sabiduría; la de escuchar la respiración de su último consejo.

Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: Hacer silencio

Filosofía

El modo es imperativo: “¡hagan silencio, por favor!”. Esta frase la podría enunciar un niño, quien, creciente en impaciencia, reclama a sus padres que bajen la voz para, así, poder oír el canto con que los pájaros invocan al amanecer. Pero también podría ser enunciada por sus padres, quienes le habrían de ordenar al niño que reprima su jubilosa búsqueda con el fin de apreciar los silencios que sostienen y horadan una sinfonía de Bruckner.

Sin embargo, para hacer real silencio debemos detenernos en la frase. Si respiramos en ella, si mantenemos la respiración en y con ella, suspendiendo el sentido de eficacia que impone el deseo de concretar imperativamente ordenado, aquello que ha sido imperativamente, se abre la posibilidad de escuchar los silencios que atraviesan y sostienen a esa misma frase. Silencios, por cierto, sin los cuales la modulación material de la frase, sus ondulaciones bucales, no podrían desplegarse. Es decir, para escuchar la manifestación del silencio entre los intersticios que recorren la voz cuya voz no nombra, debemos neutralizar el modo imperativo que lo exige, que, falseando su voz, impone el silencio.