Como se sabe, la lengua árabe no utiliza la cópula «ser» tan presente en las lenguas indoeuropeas (que no significa que no exista el concepto ser). Si quiero decir «yo soy filósofo» digo «anā [yo] failasūf [filósofo]». Esto significó un dolor de cabeza para más de un traductor cuando se trataba de traspasar el Ser aristotélico a la lengua árabe. La palabra preferida por los filósofos para el Ser, al menos desde Ibn Sina, fue al-wujūd [الوجود], cuya raíz ([و-ج-د] w-j-d) indica principalmente «encontrar», «hallar». Como salta a la vista, en la traducción el sentido de un concepto parece florecer, como si cada palabra estuviese habitada por puntos de fuga. Si hay razón en la idea de Werner Hamacher de que «una lengua es lengua solo en la medida en que ella es lengua para otra lengua –no en lugar de otra lengua, sino con miras a esta», debemos pensar en una nueva posibilidad para el ser que quizá está indicada en el encontrar. Porque encontrar es en realidad siempre una tarea fracasada, alegremente fracasada; en el momento mismo en que algo se afirma como verdad ha devenido otra cosa, se ha lanzado fuera de sí desde puntos imprevisibles. Encontrar implica haber buscado, haber corrido un velo, pero lo velado no es una simple relación entre lo que existe y lo que no existe, sino la condición misma de lo existente. El Ser, en este sentido, nunca es una esencia ni una sustancia, sino lo que exige la búsqueda, una necesidad que ha caída en el olvido, pero que no por ello deja de reclamar.
Deseo
Dionisio Espejo / I. El recinto de la violencia. La Isla, el castillo, o como el sueño se ha convertido en pesadilla
Filosofía, PolíticaEste texto explora la persistencia de un arquetipo espacial en las representaciones modernas de la violencia: se trata del recinto cerrado —castillo, isla, mansión, jardín— como condición material para la suspensión de la ley y la transformación del cuerpo en objeto de poder. A través de un recorrido que va desde Sade hasta Pasolini, pasando por Schreker y Kubrick, y que culmina en el caso Epstein, se sostiene que la violencia absoluta no comienza con la maldad de un individuo, sino con la construcción de un espacio de excepción donde el miedo se convierte en deseo y el deseo en ley. La ópera moderna —especialmente Los estigmatizados de Schreker y Bomarzo de Ginastera— revela cómo el arte puede convertirse en coartada de la barbarie, pero también en herramienta de resistencia, al mostrar el mecanismo del poder y volverlo visible. La tesis central es que el recinto no es una metáfora, sino una condición material del poder soberano: un lugar donde la ley se suspende, los cuerpos se cosifican y la violencia se organiza como espectáculo, desde el castillo de Silling hasta la isla de Epstein y la finca de Mar-a-Lago.
Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones para una política de los amantes
Estética, Filosofía, PolíticaLos ojos se desviaron de las pantallas. Un imperceptible desliz desajustó el algoritmo. Las líneas de fuga cayeron más abajo que las líneas del vagón; y sobrevivieron. Esta kuffiyeh se trenzó en tu aliento, como los pueblos se entrelazan con el mundo por el cual viven y mueren. Nada fue casual. O todo lo fue. Un encuentro en el metro, la suerte echada en la micro, un el rencor informe de un perfume antifascista, los libros de guerra desplegando su guerrilla. Durante semanas, todo ocurrió en la calle. Días pasados pero eternos, donde los inclementes tiempos del capital abolió la subjetividad del capital: las dominaciones modularon a formas impensables. Brotaron guerras civiles entre cuerpos en proceso de incivilización. La utilidad extravío sus funciones. El clamor de las barricadas condensó los espejos y, desnudos, retorcimos nuestros dedos sobre cristales nunca vistos. Un diluvio de revueltas sacudió la capa del globo; mientras, en vano -siempre en vano-, los planisferios se empeñaban en traspasarnos su vergüenza. Las arrugas fueron industrias de inéditas adolescencias. Nuestros hombros hoy portan cicatrices que, invencibles, revivirán otros amantes: aunque no lo quisimos, hemos renunciado a ser celópatas policías hundidos en cólera. El dinero ya no precisó de valor de cambio, pues el cambio por din asumió el heraclíteo sitial de su tiranía. Dicho en una palabra -en una palabra que, como el espelma de vela, no deja de humear en nuestra boca- por algunas semanas habitamos la revolución que harán otros pueblos. Demos las gracias a ellos. Porque durante un segundo cada día encarnamos el alba de la revolución en infinito porvenir.
Jude James Howery / Fascismo suicida en la era del algoritmo
Filosofía, Política«Estar ausente del cuerpo es estar presente con el Señor»
— 2 Corintios 5:8
«No hay necesidad de preguntar cuál es el régimen más duro o más tolerable, pues es dentro de cada uno de ellos donde las fuerzas liberadoras y esclavizadoras se enfrentan […] No hay necesidad de temer ni de esperar, sino solo de buscar nuevas armas.»
— Gilles Deleuze, Posdata sobre las sociedades de control
«Estamos en las etapas más iniciales de un conflicto muy brutal y sangriento, del cual, si la gente en esta sala no se une y lucha por nuestras creencias contra esta nueva barbarie que está comenzando, erradicará por completo todo lo que nos ha sido legado en los últimos 2.000, 2.500 años.»
— Steve Bannon, conferencia de 2014 en el Vaticano
La afirmación política más revolucionaria de Deleuze y Guattari es que el fascismo no es lo opuesto al deseo liberador, sino su vecino más cercano: una línea de fuga convertida en suicida, el mismo impulso de destratificación que en otro lugar produjo vida, movilizado en cambio hacia la abolición. El microfascismo es el nombre de esta tendencia en su fuente más íntima: no en el partido ni en el Estado, sino en cada uno de nosotros, como estratificación desbocada que colapsa en un agujero negro de subjetividad autorreferencial, vigilándose a sí misma tan fácilmente como vigila a los demás. Es un deseo que ha aprendido a sedientar su propia aniquilación, y a experimentar dicha aniquilación como gloria. Muchos teóricos contemporáneos han demostrado que la arquitectura digital de las plataformas es particularmente adecuada para aprovecharlo. Que el bucle de retroalimentación —el algoritmo— es, en efecto, una máquina de microfascismo. La mayoría de los relatos existentes se basan en el bucle de retroalimentación positivo: la intensificación recursiva por la cual cada interacción aprieta la siguiente, descendiendo al usuario hacia lo que Deleuze y Guattari denominan el «cuerpo sin órganos canceroso». Pero la cibernética también describe una fase negativa, en la que el sujeto se vuelve hacia afuera —o se encuentra con la externalidad— y el sistema se estabiliza. Creo que bajo condiciones algorítmicas esta estabilización nunca llega. La fase negativa no retrata la subjetividad aumentada, sino que la fragmenta aún más: el usuario se enfrenta al exterior, se aliena de él, e internaliza esa alienación como el «otro» constitutivo del yo. No hay polo correctivo. Lo que la teoría cibernética trata como mecanismo autolimitante de un sistema ha sido capturado e invertido, de modo que el bucle no tiene exterior. Podemos nombrar la condición resultante realismo digital —en la misma línea en que Deleuze y Guattari denuncian el realismo edípico y Mark Fisher diagnostica el realismo capitalista—: el cierre del propio sentido de que una alternativa podría existir alguna vez. Este es el mecanismo por el cual un microfascismo que históricamente era inhibitorio para el Estado —frenético, aislante, productivo de nada— llega a resonar a través de millones de agujeros negros en una máquina de guerra capaz de apropiarse de él. Y es por qué los rasgos más coercitivos de nuestra condición, desde la disolución del trabajo hasta el aprovechamiento de la muerte, se viven no como captura, sino como liberación.
Tariq Anwar / Sin futuro
Filosofía, Política¿Qué puede ser un mundo que no imagina su propio futuro? La pregunta, lejos de pertenecer al orden de la retórica vacía, toca hoy el núcleo mismo de nuestra condición. Pues lo que se ha agotado no es simplemente una época o un paradigma político, sino la muy capacidad de proyectar el porvenir como horizonte de sentido. La devastación del planeta, la explosión de la guerra y el genocidio han colocado a nuestra generación en un lugar sin precedentes: el de la espera pasiva de una destrucción que no promete redención alguna. Y es aquí donde la meditación debe detenerse, no para lamentarse, sino para interrogar el rasgo estructural de esta suspensión. La palabra latina futurum designaba originariamente lo que está por venir, participio de esse con el matiz de una realidad no actual pero cargada de necesidad. Sin embargo, el futurum romano no coincide con la expectatio cristiana ni con la avenir de la modernidad secularizada. Lo que ha muerto en nuestro tiempo no es el futuro en cuanto tal, sino una determinada forma de relación con el devenir: aquella que, desde la escatología mesiánica hasta el progreso ilustrado, articulaba la espera como tensión hacia una plenitud. Hoy, por el contrario, vivimos bajo el imperio de un tiempo que ya no se abre, sino que se prolonga en la mera persistencia de lo existente.
Tariq Anwar / El último parpadeo: deseo, técnica y fascismo sin cuerpo
Filosofía, PolíticaHay algo erróneo en la manera como nombramos lo que hoy se disputa en el campo político. Decimos que los regímenes contemporáneos operan sobre los cuerpos y explotan nuestras almas, pero acaso el mecanismo de dominación resida en la disolución de la tensión que conjugaba ambas regiones en una sola economía del deseo. El deseo, en su acepción arcaica, no era movimiento del alma ni del cuerpo por separado: era el impulso que los articulaba, una orexis que Aristóteles definía como tensión hacia lo deseado mediante la imagen del cuerpo. El deseo no es algo que uno «tiene», sino algo que unoes poniendo el ser en juego hacia el otro. Los nuevos dispositivos de poder han logrado mutar el deseo en algo que ha perdido su dirección hacia un telos: su degradación a hábito estimulable. El término désir en francés antiguo remitía a una espera, a una pena por ausencia. Notemos el desplazamiento: desear era esperar. Pero esperar no es suspender. En la espera hay certeza de que lo esperado llegará; en la suspensión hay la intención de mantener el deseo en el umbral, en ese intervalo que precede a la consumación sin alcanzarla. Las redes sociales operan como máquinas de suspensión: no prohíben el deseo, lo multiplican hasta la náusea, lo exponen a fragmentos que titilan y se desvanecen, de modo que el deseo nunca encuentra su objeto, sino solo su simulacro desechable. Es pornografía generalizada en la que no hay cuerpos, sino signos que remiten a otros signos sin presencia.
