Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones para una política de los amantes

Estética, Filosofía, Política

Los ojos se desviaron de las pantallas. Un imperceptible desliz desajustó el algoritmo. Las líneas de fuga cayeron más abajo que las líneas del vagón; y sobrevivieron. Esta kuffiyeh se trenzó en tu aliento, como los pueblos se entrelazan con el mundo por el cual viven y mueren. Nada fue casual. O todo lo fue. Un encuentro en el metro, la suerte echada en la micro, un el rencor informe de un perfume antifascista, los libros de guerra desplegando su guerrilla. Durante semanas, todo ocurrió en la calle. Días pasados pero eternos, donde los inclementes tiempos del capital abolió la subjetividad del capital: las dominaciones modularon a formas impensables. Brotaron guerras civiles entre cuerpos en proceso de incivilización. La utilidad extravío sus funciones. El clamor de las barricadas condensó los espejos y, desnudos, retorcimos nuestros dedos sobre cristales nunca vistos. Un diluvio de revueltas sacudió la capa del globo; mientras, en vano -siempre en vano-, los planisferios se empeñaban en traspasarnos su vergüenza. Las arrugas fueron industrias de inéditas adolescencias. Nuestros hombros hoy portan cicatrices que, invencibles, revivirán otros amantes: aunque no lo quisimos, hemos renunciado a ser celópatas policías hundidos en cólera. El dinero ya no precisó de valor de cambio, pues el cambio por din asumió el heraclíteo sitial de su tiranía. Dicho en una palabra -en una palabra que, como el espelma de vela, no deja de humear en nuestra boca- por algunas semanas habitamos la revolución que harán otros pueblos. Demos las gracias a ellos. Porque durante un segundo cada día encarnamos el alba de la revolución en infinito porvenir.

Gerardo Muñoz / Pintar el paraíso

Arte, Estética, Filosofía

El «Paraíso» (1445) de Giovanni di Paolo es un pequeño y poco conocido cuadro sobre madera que en algún momento formó parte de un retablo de la catedral de Santa Dominica de Siena. A pesar de sus proporciones diminutas, esta impactante imagen del paraíso nos sitúa ante una coreografía de encuentros con los muertos, como si el cielo no fuera una mera etapa superior en la secuencia de la salvación, sino un territorio que continúa cultivando, de forma ininterrumpida, el habla de “esta vida”. Mediante una composición sencilla y rítmica, rodeado de cítricos y vegetación y animales, Di Paolo ofrece al espectador un estado paradisíaco que no se centra en la gracia absoluta ni en un mundo bañado de una irresistible encantación; sino en algo que, en su pobreza aparente, revela la proximidad, cara a cara, con un otro, quizás un amigo, un amante, o un ángel. En ese encuentro el habla es silenciosamente redimida. Si recorremos con la vista todas las figuras del cuadro es como si se confirmara aquella bella intuición de Robert Antelme en cuanto a que “la única trascendencia es la relación entre los seres”, alma a alma. Y no otra cosa es la textura pictórica de este paraíso que trasciende la vida porque retorna al encuentro. Aquí podemos definir el paraíso terrenal como ese espacio donde se dispensa la trascendencia porque, ante todo, acoge el cometido de aquello que nos ha tocado.