Los ojos se desviaron de las pantallas. Un imperceptible desliz desajustó el algoritmo. Las líneas de fuga cayeron más abajo que las líneas del vagón; y sobrevivieron. Esta kuffiyeh se trenzó en tu aliento, como los pueblos se entrelazan con el mundo por el cual viven y mueren. Nada fue casual. O todo lo fue. Un encuentro en el metro, la suerte echada en la micro, un el rencor informe de un perfume antifascista, los libros de guerra desplegando su guerrilla. Durante semanas, todo ocurrió en la calle. Días pasados pero eternos, donde los inclementes tiempos del capital abolió la subjetividad del capital: las dominaciones modularon a formas impensables. Brotaron guerras civiles entre cuerpos en proceso de incivilización. La utilidad extravío sus funciones. El clamor de las barricadas condensó los espejos y, desnudos, retorcimos nuestros dedos sobre cristales nunca vistos. Un diluvio de revueltas sacudió la capa del globo; mientras, en vano -siempre en vano-, los planisferios se empeñaban en traspasarnos su vergüenza. Las arrugas fueron industrias de inéditas adolescencias. Nuestros hombros hoy portan cicatrices que, invencibles, revivirán otros amantes: aunque no lo quisimos, hemos renunciado a ser celópatas policías hundidos en cólera. El dinero ya no precisó de valor de cambio, pues el cambio por din asumió el heraclíteo sitial de su tiranía. Dicho en una palabra -en una palabra que, como el espelma de vela, no deja de humear en nuestra boca- por algunas semanas habitamos la revolución que harán otros pueblos. Demos las gracias a ellos. Porque durante un segundo cada día encarnamos el alba de la revolución en infinito porvenir.
Y sí, querida mía, aunque lo sigamos deseando, mi tenue amante, resistamos al egoísmo de envolver la revuelta en los destinos de ciertos manuales. La revolución se nos impuso de golpe, pero pudimos responder, estuvimos a su altura: sin consciencia ni identidades. Hoy resistamos. Hemos sido vencidos porque hemos luchado, porque de alguna manera -no sé cómo ni ante qué- hemos triunfado. Nuestros hijos no nacerán, no necesitarán hacerlo: nosotros hoy somos tales hijos que, abortados, continúan naciendo al digno dolor de la distancia. Por unas semanas, fuimos la risa de los niños ingresando a las escuelas; y ahora ya se anuncia la misma risa con que los pueblos quemarán los zoológicos. Resistamos al engaño, amada mía, mi fantasía de amante, resistamos a la sed de gloria: aunque nuestras lenguas han apagado su fuego celeste, vendrán otros prometeos para expandirlo sobre la llanura de los territorios. Hoy hemos ganado la estampa donde reverdece un mundo nuevo, presto para resurgir en los callejeros intersticios de cualquier cuerpo. La casual posibilidad de roce entre los transeúntes amenaza con hacer estallar la ciudad moderna; y los cerrojos del “yo” estallarán con ella.
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Siempre se trata de las mismas luchas: antes de morir, los cuerpos martirizados jadean como lo hacen los cuerpos en el éxtasis de cada orgasmos. Pueda ser conocido o no, la singularidad es el milagro que les ha sido revelado a los mártires; la singularidad es el milagro con que cada amante dignifica su retorno a la realidad.
Amar la vida también significa amar su suciedad; amar el mundo también significa amar su inmundicia. Besar los sexos es amar los secretos que ellos secretan, que ellos nos secretan y confiensan. Eso es la justicia: amar la lucha de los pueblos con sus delirios y opacidades, amar las infidelidades y las familias engañadas; amar los deslices y las violencias que, por su salvajismo, han tenido la dignidad de fugarse de la idea tan cobarde de paraíso. La justicia anida en los pliegues que erotizan aquella polifonía de resistencias entre la cual no dejan de dignificarse las formas de vida de los cuerpos.
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No quisimos huir al bosque ni buscar refugio en los viejos bodegones. Si hoy las estrellas llevan nuestro nombre es poque creamos un universo con los minerales de este mundo. Y aquellos minerales, pese a la tristeza, hoy se deslizan sobre el prisma de esta vida por la cual hemos vuelto a luchar.
Hablando en serio, nunca existe territorio. Sólo existen líneas de fuga que desdibujan otras líneas a través de moléculas errantes. Tras ser desterritorializados por el deseo, los cuerpos se aferran a lo imposible anhelando la reterritorialización en las almas de los ángeles. Vana ilusión: el adentro de los cuerpos está vacío o envuelto entre otras pieles, justamente, porque la piel del mundo las venas que lo ensanchan. Arterias que llevan a otras partes: a ninguna donde ir. El aquí es el mañana que un cuerpo, antes que prometer, suda en el humedal de otro cuerpo cuyas líneas desborda.
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¿Acaso la dictadura del tú y del yo, la dictadura del tú sobre el yo, únicamente se dedica a dar la espalda al mundo cada vez que agonizamos en las llamas de nuestras agonías? ¿Acaso no es el mundo mismo el que se clava entre tus piernas y el que me espera en la impenetrable herida de tus adentros? ¿Acaso el deseo indómito de mi cuerpo no explota tan sólo a causa de tu deseo que lo ha explotar al interior de tu deseo? Y, en caso de ser así, ¿cuál sería el deseo explotador y cuál el deseo explotado; cuál el deseo seducido y cuál el simplemente insinuado? Juego de fuerzas y estímulos, mordidas entre intensidades y heridas, nudos de insinuaciones a un paso de desatarse.
Si esta vez nos deseamos no es para escapar de nuestras derrotas: es para habitarlas; y he ahí que, tal vez, triunfemos a través de otros cuerpos. Los gemidos, los vaivenes circulares de las carnes ondeando sobre una estaca; las prohibiciones de los placeres que, alevosamente, hemos transgredido; las culpas por nuestras parejas engañadas. Todo está ahí: a cambio del fragmento de fugaz eternidad que nos ha donado, el mundo ejercerá contra nosotros su equitativa condena. La eternidad ha empezado a tomar forma de látigos y cruces. Pero sigue siendo la eternidad, con sus suciedades, miserias y opacidades. Porque tú y yo no quisimos dar origen a un tercero. Nos conformamos con avizorar la eternidad en el destello de los orgasmos por los cual fuimos incesante e insaciablemente vencidos. Ahora volvemos al mundo donde lo dejamos. Ni Dios lava los pecados ni los amantes olvidan las culpas. Hemos de estar allí, aquí, todo el tiempo: en una tensión que se culpa por no sentir suficiente culpa. Repetimos mil veces estas andanzas y por eso insistimos: nuestros hijos, nuestras familias engañadas, la clandestinidad de un no-deber-ser, todo atiza el fuego de mi lengua, la ira de tu cuello en la catástrofe de uñas mojadas. Los interiores también portan un mundo, un imaginario que ellos ni siquiera imaginan, pero por el cual son capaces de delirar. Imaginarios cuyas coloraturas nos vemos obligados a concederles y, sólo así, nos dejan acariciar y galopar en la ritmicidad de sus palpitaciones. Tus interiores, entonces, imaginan a mi dedo palpitando en la humedad de tu mismo pálpito. Pero recuérdalo, amante mía, no somos nosotros quienes imaginamos: es el mundo, sus interiores y los nuestros, danzantes por hacer desbordados sus límites. Los límites que en cada orgasmo transgredimos.
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Tampoco hemos de olvidar la tristeza, amante mía. Ni debemos de olvidar las luchas contra la tristeza. El sufrimiento de los pueblos, la depredación del trabajo, las fatigas y los genocidios, el capital que devasta la naturaleza con sus manos mecánicas. Hoy retornamos jubilosos y fortalecidos, henchidos de sufrimiento y resistencia, a las mismas luchas. La eternidad también se expresa en la eternidad de las luchas. Las agonías de motel y los licores que nos emborracharon, hoy sobrevive como el río que ha de volvernos a los clamores de un puerto sin destino. No se trata de buenos ni malos. Se trata de saber que el torrente en que caímos, que la zanja cuyas pieles dilataste, disponiéndolas a la perforación de mi avaricia, no son de otro mundo: el sufrimiento nos llevó a este encuentro de perdición, el sufrimiento del día a día nos llevó a combatir contra tal sufrimiento; y hoy hemos de luchar por desbancar el sufrimiento que el capital impone sobre otros cuerpos. Para cada cuerpo el mundo reserva la singularidad de una gloria. Para la comunidad de los cuerpos la imaginación reserva lo porvenir. Ese es el único comunismo del cosmos: la proliferante pluralidad de mundos singulares.
La melancolía, mi amante, mi avara y avaricia de amante, será el lujo que por sólo hoy nos hemos de dar. Ya existe suficiente sufrimiento sobre el planeta. La resistencia, para bien y para mal -aunque no haya ni buenos ni malos-, sigue aquí: como el tercero en este triángulo cuyos márgenes no han dejado de abismarse a sus líneas de fuga.
