Mauro Salazar J. / No future. Cuerpos expuestos y finitudes compartidas

Filosofía, Política

El futuro nunca fue un lugar al que se llega, sino una promesa que sostiene el presente para que no colapse sobre sí mismo. Cuando esa promesa se retira, no desaparece el tiempo: desaparece la razón para atravesarlo. Cabe recordar que Margaret Thatcher llegó al poder en 1979 abriendo una zona de despojos. El reloj se detuvo. Y una consigna callejera resumió lo que los discursos oficiales tardarían décadas en admitir: «no future». No era un lamento adolescente, aunque naciera en bocas frescas. Era un diagnóstico que ponía en tensión los movimientos de vida. Lo que aquella frase anunciaba no era la ausencia de mañana en sentido literal, sino la clausura de la capacidad de imaginar un orden distinto al que ya gobernaba las calles, los salarios y los cuerpos. Desde entonces, cada generación ha repetido esa sentencia con matices propios, pero el núcleo permanece intacto: vivir sin la posibilidad de proyectar una forma de existencia que no sea la administración indefinida del presente. Imaginemos esa condición como una habitación sin ventanas donde el reloj sigue andando pero el calendario se ha detenido.

En Chile, sede del pilotaje neoliberal, nervio de la contrarrevolución que consigna Tomas Moulian, esa clausura no se anuncia con pancartas. Se mide en índices obviados («espejo roto») que implican no mirar de frente, y su centro de gravedad no está donde el sentido común lo busca, sino en la soledad ontológica. La zona gris no son los adultos mayores, quienes revelan la verdadera arquitectura del fenómeno: es el tiempo joven. La muerte auto infligida de adolescentes, con un expansivo que llega a 14,7 por cada cien mil habitantes en el tramo de veinte a veinticuatro años. En el grupo de diez a diecinueve, las tasas aumentaron 220% entre 2000 y 2015.

El riesgo relativo es 2,7 veces mayor entre los jóvenes que entre el resto de la población, y se concentra con especial dureza en las regiones de Aisén, Los Lagos, Magallanes y Los Ríos. A nivel mundial, el suicidio es hoy la tercera causa de muerte entre quienes tienen de quince a veintinueve años. La forma más eficaz de violencia neoliberal es precisamente la que no se reconoce como tal, porque se presenta como simple administración de recursos escasos, como aritmética neutra. Ahí radica el gesto ideológico fundamental: cuando el sistema deja morir sin necesidad de matar, la muerte deja de ser un hecho político para volverse fría estadística, y esa despolitización, no la crueldad explícita, es su forma más sofisticada de necropolítica cotidiana.

Lo que estás líneas quieren nombrar responde a una comunidad de preocupaciones, que no agotan el problema en la “datología”: una generación que llega a la edad de proyectarse y descubre que no hay dónde proyectarse. No es la vejez la que revela con mayor nitidez la ausencia de horizonte, es la juventud, porque en ella la falta de futuro no es pérdida de algo que se tuvo, es imposibilidad de acceder a algo que nunca llegó a estar disponible. Envejecer sin porvenir es una herida. Ser joven sin porvenir es una condena de origen. El adulto mayor que se quita la vida encarna el abandono al final del recorrido. El tiempo joven que lo hace encarna algo más inquietante: la certeza adquirida tempranamente de que el recorrido mismo carece de destino. Pensemos la imagen exacta: un camino que se dibuja completo en el mapa antes de haber sido caminado, cada tramo ya trazado por otros, cada bifurcación ya cerrada con un cartel que dice «sin salida». Caminar ese trazado no es avanzar, es repetir un dibujo ajeno hasta que el cuerpo se cansa de sostener un lápiz que nunca fue suyo. El mérito, y sus formalismos, dejó de garantizar cualquier forma vital, y son los jóvenes quienes lo comprueban primero.

Durante décadas se enseñó que estudiar, trabajar, endeudarse por una educación, cumplir cada etapa prescrita, era el precio de un lugar en el mundo. Ese contrato se rompió sin que nadie lo declarara roto. Se sigue exigiendo el esfuerzo, con la misma insistencia pedagógica de siempre, pero ya no se ofrece a cambio nada que pueda llamarse futuro. El esfuerzo es una promesa rota, es condena sin fecha de término, donde la singularidad ha sido desterrada de un destino común, y quien lo aprende a los veinte años carga esa certeza durante el resto de una vida que ya empezó desprovista de sentido acumulativo.

Conviene desconfiar de las lecturas que reducen el fenómeno a una cuestión clínica, individual, resoluble con más psicólogos escolares o campañas de sensibilización. No se trata de negar el sufrimiento psíquico, que es real y merece atención rigurosa. Se trata de advertir que ese sufrimiento tiene una arquitectura política precisa, y que despolitizarlo es una forma de perpetuarlo. Cuando el discurso público convierte el suicidio juvenil en «tema de salud mental» y nada más, nuevamente borra la pregunta que debería incomodar: qué clase de sociedad organiza la vida de modo que llegar a la adultez se vuelva sinónimo de administrar una deuda sin salida. Cuando no es posible hacer sentido en común, «la despolitización del dolor es la forma más eficaz de administrarlo sin resolverlo». El anciano abandonado y el adolescente  sin horizonte no son dos fenómenos distintos, son dos momentos del mismo diseño: uno que no reservó ningún lugar simbólico para quien deja de rendir, ni para quien todavía no ha empezado a hacerlo en los términos que el sistema exige.

Las regiones del sur no son periferia geográfica solamente, son periferia del relato nacional, y ahí donde el Estado se retiró con mayor consistencia, la juventud paga el precio más alto. El aislamiento no es solo distancia en kilómetros, es distancia respecto de cualquier dispositivo que ofrezca sentido a una vida que apenas comienza. Cuando el territorio se vacía de Estado, se llena de silencio, y el silencio pesa más sobre quien menos tiempo ha tenido para aprender a resistirlo. El ítem destinado a salud mental apenas alcanza el dos por ciento por ciento del gasto público, lejos del seis por ciento recomendado internacionalmente, no es un dato técnico, es una declaración política. Declara qué vidas importan lo suficiente como para ser sostenidas y cuáles pueden administrarse con lo mínimo, incluidas las vidas que todavía no han tenido tiempo de fracasar según los criterios del sistema y que ya son tratadas como prescindibles.

Bajo el actual gobierno, esa arquitectura no se ha corregido, se ha agravado. Desde marzo de 2026 el ajuste fiscal decretado por la administración de José Antonio Kast redujo en 413 mil millones de pesos el presupuesto de Salud, golpeando de manera directa los programas de prevención de muerte y de salud mental en la atención primaria, los mismos que debían sostener a la juventud en el tramo más frágil de su formación. El gesto tiene la textura de un pánico homicida silencioso: no dispara, no golpea, pero retira el paño que sostenía a quien ya caminaba al borde. Se anuncia con la voz serena de quien asegura que «no va a haber ningún recorte» mientras el decreto ya circula firmado en otra oficina. Ese pánico no aterroriza con gritos ni con armas, administra con calma la sustracción de lo que faltaba para sostener una vida, y en esa calma reside su forma más eficaz de violencia. Las consecuencias de ese recorte no tardaron en manifestarse. Los programas de acompañamiento psicosocial en establecimientos educacionales del sur redujeron su cobertura, las listas de espera en salud mental de atención primaria se extendieron más allá de los plazos ya insuficientes, y los equipos de prevención del suicidio en las regiones con las tasas más altas del país quedaron con menos horas profesionales disponibles por usuario. No hubo anuncio de esas consecuencias, porque el ajuste no se presenta como decisión sobre vidas: se presenta como cifra fiscal, y la cifra fiscal no llora.

Volver al punto de partida no es casualidad. Aquella consigna de hace casi medio siglo, nacida en las calles de un país que estrenaba una nueva forma de administrar la vida a través del mercado, sigue siendo el diagnóstico más preciso de lo que hoy atraviesa este otro país, con su propia historia y sus propias heridas. La ausencia de futuro no es una metáfora literaria, es una condición material que se mide en tasas de mortalidad juvenil, en presupuestos insuficientes, en territorios abandonados. Mientras el esfuerzo siga sin garantizar ninguna forma vital, y mientras sea la juventud quien primero lo compruebe, seguiremos leyendo estas cifras como si fueran clima, y no como lo que son: el resultado exacto de decisiones que alguien tomó y que los más jóvenes son quienes primero pagan.

Queda, sin embargo, una zona que ninguna estadística ilumina del todo. Buscar la muerte a los veinte años no es solo desesperación, es también una forma extrema de exigirle sentido a la existencia cuando el mundo ofrecido se revela insuficiente para contenerlo. Hay en ese gesto una exigencia filosófica invertida, una pregunta por el ser que no encuentra respuesta y se resuelve en negación absoluta, no porque la vida carezca de valor, sino porque el valor que se le prometió nunca llegó a encarnarse en condiciones reales. Morir aparece entonces como el único acto propio en un mundo donde todo lo demás, estudiar, trabajar, esperar, fue prescrito por otros dispositivos. Es la libertad reducida a su expresión más devastadora, la que sólo puede ejercerse una vez, cuando ya no queda ningún otro territorio disponible para decidir algo que sea verdaderamente propio: es el inconveniente de haber nacido.

Octavio Paz ha sostenido que, el tiempo joven, vive desterrado de dos temporalidades a la vez: no tiene ya el presente pleno del mito ni conserva la fe en el porvenir que la modernidad le prometió como sustituto. Esa doble orfandad, ya diagnosticada como «soledad histórica» en otra experiencia latinoamericana, encuentra aquí su eco tardío: una juventud huérfana de mito y huérfana de progreso, instalada en ese instante suspendido, esa «otra orilla del tiempo» donde ni el pasado ofrece cobijo ni el futuro promete llegada. Lo que falta no es política pública, aunque también falte: falta la capacidad misma de nombrar de otro modo un tiempo que se comparte, porque nombrar, antes que gesto administrativo, es siempre acto de lenguaje, fundación mínima de mundo. Ahí donde el Estado se retira, se retira también la palabra que podría fundar otra relación con el tiempo; y ese doble retiro, del recurso y del nombre, es la forma más completa de la «confiscación del futuro».

Pese a todo, y contra todo, en cada estadística que no logra explicación cabal queda un último pliegue: una grieta por donde algo se filtra y no se deja nombrar del todo. Ese pliegue es precisamente donde la vida insiste, todavía, en abrir una fisura hacia otro tiempo posible.

 «Todavía» no solo es adverbio vacío, sino  la glosa de Santiago de Chuco: Cesar en peruano.

«El tiempo es todavía, la rosa es todavía, el hombre es todavía».

Referencias

 
Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica, 1950. 

Dr. Mauro Salazar J. UFRO/Sapienza.

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