El futuro nunca fue un lugar al que se llega, sino una promesa que sostiene el presente para que no colapse sobre sí mismo. Cuando esa promesa se retira, no desaparece el tiempo: desaparece la razón para atravesarlo. Cabe recordar que Margaret Thatcher llegó al poder en 1979 abriendo una zona de despojos. El reloj se detuvo. Y una consigna callejera resumió lo que los discursos oficiales tardarían décadas en admitir: «no future». No era un lamento adolescente, aunque naciera en bocas frescas. Era un diagnóstico que ponía en tensión los movimientos de vida. Lo que aquella frase anunciaba no era la ausencia de mañana en sentido literal, sino la clausura de la capacidad de imaginar un orden distinto al que ya gobernaba las calles, los salarios y los cuerpos. Desde entonces, cada generación ha repetido esa sentencia con matices propios, pero el núcleo permanece intacto: vivir sin la posibilidad de proyectar una forma de existencia que no sea la administración indefinida del presente. Imaginemos esa condición como una habitación sin ventanas donde el reloj sigue andando pero el calendario se ha detenido.
despolitización
Mauro Salazar J. / Cuerpos exiliados. Metro de Santiago: un laboratorio clínico
Filosofía, PolíticaEn los últimos días la ciudad ha descorchado una cadena de muertes en las plataformas del metro de Santiago. Cuerpos que se lanzan contra el acero con una frecuencia que ha dejado de ser anomalía para convertirse en un hecho cotidiano: una regularidad que apenas despierta sorpresa, sin siquiera sopesar la dimensión política de tanta distopía. La máquina neoliberal sigue funcionando porque ha naturalizado las patologías de la individuación. El sistema administrativo apenas registra notas. Y el armatoste medial mantiene un silencio que no es accidental sino deliberado. Lo que está en juego en cada cadáver es una pregunta política: ¿a quién permitimos morir en medio de tanta visibilidad?
Alberto Toscano / Colonialismo acelerado: un plan contra Palestina
Filosofía, PolíticaEstos saqueadores del mundo, después de haber destruido la tierra con sus devastaciones, ahora están saqueando el océano: impulsados por la codicia, si su enemigo es rico; por la ambición, si es pobre; insaciables tanto hacia Oriente como hacia Occidente: el único pueblo que contempla la riqueza y la miseria con la misma avidez. Saquear, masacrar, usurpar con falsos títulos —a esto lo llaman imperio; y donde hacen un desierto, lo llaman paz. Tácito, Agrícola
Lo hermoso de Gaza es que nuestras voces no la alcanzan. Nada la distrae; nada le quita el puño de la cara al enemigo. No las formas del Estado palestino que construiremos, aunque sea en el lado oriental de la luna o en el lado occidental de Marte, cuando sea explorado. Mahmoud Darwish, Silencio por Gaza
A finales de septiembre, la administración Trump publicó su plan en 21 puntos para poner fin al «conflicto de Gaza». En los últimos ocho meses, el obsceno «plan de desarrollo para Gaza» de Trump —que presentaba el territorio devastado como la «Riviera de Oriente Medio», acompañado por las ya omnipresentes y alucinadas representaciones generadas por IA de cómo debería lucir— ha servido como punto de referencia constante para la campaña israelí de limpieza étnica y genocidio.
Netanyahu y sus ministros saborearon el hecho de que la ontología inmobiliaria del plan —como Brenna Bhandar y yo delineamos en nuestro artículo Le mani sul pianeta. L’imperialismo immobiliare di Trump— excluyera el derecho internacional y previera una transferencia total de la población como preludio a un auge edificatorio.
