En los últimos días la ciudad ha descorchado una cadena de muertes en las plataformas del metro de Santiago. Cuerpos que se lanzan contra el acero con una frecuencia que ha dejado de ser anomalía para convertirse en un hecho cotidiano: una regularidad que apenas despierta sorpresa, sin siquiera sopesar la dimensión política de tanta distopía. La máquina neoliberal sigue funcionando porque ha naturalizado las patologías de la individuación. El sistema administrativo apenas registra notas. Y el armatoste medial mantiene un silencio que no es accidental sino deliberado. Lo que está en juego en cada cadáver es una pregunta política: ¿a quién permitimos morir en medio de tanta visibilidad?
Estos suicidios no son hechos médicos sino actos políticos que revelan la estructura de violencia de la modernización terciaria.Hay una escena que se repite sin palabras en estas plataformas. Un cuerpo que se lanza contra el acero, las ruedas responden y el tubo hace lo mismo. Después viene la reacción urbana: la indiferencia colérica, la irritación, la molestia de quien ve interrumpido su flujo diario porque el Metro cesa su velocidad. Lo que emerge es el sujeto neoliberal en su forma más cristalina. Aquel que ha sido absolutamente capturado por la lógica de la rentabilidad, que ve en el otro únicamente un estorbo que suspende la cotidiana algorítmica. La muerte del otro no merecería ni un segundo de reflexión verdadera, salvo un disgusto. Merecería ser apartada del cronograma, eliminada de la agenda, transformada en retraso administrativo. El sujeto que gritaba «apúrate» mientras el cuerpo aún estaba caliente es el verdadero protagonista de esta escena. Es la subjetividad que el sistema ha producido perfectamente: aquella incapaz de reconocer en el cadáver la pregunta política que contiene, incapaz de ver más allá de la interferencia en su trayecto. Se ha apartado voluntariamente del velo que toda muerte merece, transformando la compasión en inconveniente logístico.
El sujeto neoliberal ha interiorizado la hostilidad como estructura psíquica fundamental. Porque lo que ocurre en el metro es la violencia como condición de la vida cotidiana. Todos coléricos, o al menos la mayoría por un muerto. Y esto no es casualidad sino diseño. Las plataformas digitales no son espacios neutrales: producen beligerancia sistemáticamente: las subjetividades coléricas son más predecibles, más controlables, más fácilmente monetizables por el algoritmo que agrava la polarización. El algoritmo metaboliza violencia en datos, transforma la cólera en métrica de engagement. Como subjetividades que no protestan contra la beligerancia porque la han interiorizado profundamente en su estructura psíquica más fundamental. El sujeto neoliberal no reconoce su propia captura porque la beligerancia se ha vuelto parte de su respiración, de su percepción del mundo, de su relación con todo lo vivo. La hostilidad es el aire que respira sin reconocerla como toxina que lo asfixia.
La muerte autoinfligida se vuelve síntoma político cuando se concentra en segmentos específicos de la población.Cuando emerge una cadena de muertes autoinfligidas en jóvenes de veintisiete a treinta y dos años atrapados en precariedad, cuando alcanza a adultos mayores desprotegidos por un sistema de pensiones que es abandono legalizado, entonces estamos ante un síntoma que excede por completo el registro terapéutico. No es patología individual, sino protesta contra la racionalidad abusiva de la dominante neoliberal. Es interrogante colectivo que la ciudad produce sin saber que lo produce. Pero la medial no puede decir esto. No puede nombrar las tecnologías de desposesión que fabrican estos cuerpos despedazados. Debe mantener la ficción de neutralidad mientras colabora activamente en la despolitización del acontecimiento.
La operación ideológica (despolitizadora) consiste en transformar un acto político en un síntoma médico.Lo que la prensa oculta es esto: cada suicidio en el metro no es un gesto privado sino un documento político escrito en sangre. Es la escritura de alguien que fue expulsado de la presencia antes de serlo del acero. La violencia comienza mucho antes de cualquier lanzamiento. Comienza en el endeudamiento sin horizonte. Comienza en la precariedad laboral que convierte la existencia en guerra de todos contra todos. Comienza cuando se niega crédito, cuando se rechaza la solicitud de pensión por vejez, cuando se clausura toda puerta que pudiera abrir un futuro. Entonces el acero es sólo la respuesta a una pregunta que la ciudad formuló primero: ¿quién es desechable?
La operación ideológica consiste en capturar este gesto y remitirlo al lenguaje de la salud mental. «Depresión». «Trastorno psicosomático». «Ideación suicida». El vocabulario clínico actúa como máquina desactivadora de potencia crítica. Porque una vez que se traduce la muerte como síntoma individual, como falla neuroquímica privada, entonces desaparece la pregunta sobre el sistema que produjo esa fragilidad. Se volatiliza el interrogante sobre las formas contemporáneas de exclusión. Y aquello que podría ser acusación política deviene problema de salud mental que requiere psicofármacos, no transformación social. La despolitización es casi perfecta.
Los medios colaboran activamente en el silenciamiento, no como fallo sino como función sistemática.Los medios de comunicación no simplemente ocultan: colaboran activamente en la operación de negación. Cuando optan por silenciar, cuando minimizan la información, cuando cierran la cámara y apartan la mirada, están legitimando la lógica que produjo el cadáver. Están diciendo implícitamente que hay muertos que importan y muertos que no. Que hay vidas cuya extinción debe ser ocultada, domesticada, transformada en dato administrativo invisible. La televisión abierta hace esto con precisión quirúrgica. Y lo hace porque sabe.
Pero hay otro nivel de ocultamiento aún más perverso. No sólo se oculta la información sobre lo que ocurre. Se oculta la verdad que el cuerpo que cae al acero intenta revelar desesperadamente. Se oculta que ese cuerpo fue solamente no ser. Que caminaba por las calles como ausencia que la ciudad ya había expulsado. Que la presencia era imposible. Que la certeza del presente había sido revocada meses o años atrás, cuando la primera deuda llegó, cuando el contrato fue terminado sin aviso, cuando la pensión fue insuficiente para existir. El acero no mata a nadie. El sistema mata. El acero sólo da respuesta a lo que ya estaba muerto hace mucho.
El escombro de vidas destruidas es el secreto que el sistema protege mediante silenciamiento y despolitización.Aquello que permanece invisible es el escombro. El escombro de una subjetividad que fue destruida silenciosamente antes de cualquier acto final. El escombro de esperanzas convertidas en deudas. El escombro de futuros que nunca llegaron. Ese escombro no aparece en pantalla. Ese escombro no se cuenta en las estadísticas. Ese escombro es lo que el silenciamiento protege, lo que el vocabulario clínico oculta, lo que la indiferencia colérica intenta negar. Es la verdad indecible que la ciudad produce incesantemente. Es el detritus que nadie quiere ver ni nombrar porque nombrar sería reconocer la estructura política que lo produjo.
El acto de lanzarse al acero es un acto de visibilización política, aunque sea inmediatamente capturado y silenciado.Porque el acto de lanzarse al acero es también un acto de visibilización, aunque sea efímero, aunque sea inmediatamente capturado y convertido en ausencia mediática. Por un momento, el cuerpo que fue expulsado interrumpe violentamente el funcionamiento de la máquina. Por un momento, hay presencia de lo que la ciudad expulsó. Por un momento, el acero responde a la pregunta que la ciudad se niega a formular. Pero ese momento es rápidamente sofocado, transformado, convertido en silencio oficializado. Y sin embargo, por un momento, hubo verdad.
«¿Qué sucede cuando arrojamos a las personas fuera del presente?» Esto sucede. El acero responde. Lo que duele profundamente es que el sistema entiende perfectamente lo que está ocurriendo. Entiende que estas muertes son síntomas de su funcionamiento normal, no de su falla. Entiende que el silenciamiento es un costo operativo aceptable, rentable incluso. Por eso los medios callan. No porque desconozcan, sino porque saben exactamente lo que hacen. Saben que nombrar la verdad sería destituir el orden que los sustenta.
Y después viene el ciclo nuevamente. La cólera irritada de los usuarios con prisa por el escombro de un cuerpo exiliado. La transformación de la muerte en dato estadístico, en patología individual, en retraso administrativo. El ciclo se completa. El sistema se auto perpetúa: y mañana habrá otro cuerpo. Tal vez el acero vuelva a responder. Y la mediatología seguirá callando, colaborando silenciosamente en la operación ideológica más eficaz: hacer desaparecer lo que está sucediendo mientras sucede, convertir la verdad política en silencio administrativo.
Transformar el escombro de vidas quebrantadas en ausencia noticiosa.
Referencias.
Espinoza, Mónica. Visiones después de la catástrofe. Santiago: Editorial Los Andes, 2002.
Esposito, Roberto. Bíos. Biopolítica y filosofía. Buenos Aires: Amorrortu, 2006.
Mbembe, Achille. Necropolítica. Seguida de Sobre la gobernanza de la seguridad. Barcelona: Melusina, 2011.
Richard, Nelly. Crítica de la memoria (1986 1990). Santiago: Editorial Francisco Zegers, 2010.
Žižek, Slavoj. Living in the End Times. Londres: Verso, 2010.
Dr. Mauro Salazar, Ufro/Sapienza
