Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: el otoño de la modernidad

Filosofía, Política

Entre la niebla, preso en la lejanía, un abrigo abandonado contribuye a entristecer la escena. Descansa sobre el único de una plaza desierta. Visto desde cerca, el abrigo adopta la forma de un hombre acurrucado, como si se abrazara a sí mismo. Sus ojos también yacen vacíos, raptados por el huracán del mismo otoño que ha vaciado la plaza. Ni el hombre ni el abrigo resultan suficientes para atenuar el frío: ningún hombre ha redimido a la humanidad, ni queda Dios en el cual abrigar esperanza. Tal vez esta escena representa el más equívoco símbolo de la impotencia, incluso ella, derrotada. Un río inmóvil no deja de ahogar los surcos de la tierra; el polvo y las piedras han terminado por revelar la inapelable eternidad de las caídas.

La plaza está vacía y ha vaciado los ojos del hombre. Desde hace meses, el sol escatima el atrevimiento de sus caricias. Se trata de meses sostenidos por vestimentas centenarias. Alrededor, el homogéneo metal de los edificios multiplica el otoño y los semáforos alternan una sin cuerpos ni espejismos. El libre juego de significantes y significados ha enmudecido la alegría de aquella niña que trenzaba las ramas a los troncos y los árboles a los bosques. El magma se enfría dentro de los celulares y los infiernos reniegan del pecado y de la serpiente con que sus gargantas penetraban el espasmo de otras gargantas. Todo se diluye, como una niebla en cansado reposo, como las moráceas manos del hombre que nada toma ni quiere tomar. Entonces el amanecer que no termina de llegar, demorándose tras la cordillera, vuelve a incumplir su promesa. Otoño. La mañana agoniza sin agonismo. Los contrapesos de las luchas acuden en su mínima expresión. Las resistencias se condensan al anverso de cada ventana. Una tetera emite su último silbido, las melancolías se hunden en maderas despojadas de infancias, y el tiempo no busca saber nada de sí.

Ovillado en el banco de la plaza -un banco húmedo como las tumbas- el hombre ya no espera la promesa de ningún mañana. Escucha el sopor de los niños enclaustrados en colegios y hospitales y, por un instante, vuelve a odiar la imagen de los claustros y a insultar la puerilidad de las Primeras comuniones. Su escupitajo dura poco, se escarcha en el pasto, pero al menos fue la marca real de una más real rabia. A su espalda, el hombre oye avanzar los relojes de la ciudad y, en un otro suspiro de rabia, recuerda aquel día donde hombres como él construían catedrales para encerrar a los dioses. Sonríe por un segundo. Aunque tal recuerdo ahora de nada le sirva, o mejor dicho, aunque él crea que tal recuerdo hoy de nada le sirva, la fugacidad de su sonrisa continúa testificando que la plaza no ha dejado de ser el centro de un universo sin centro. Pero él no sabe que lo sabe. Y en esa ignorancia se acuña una posibilidad que figura tan impensada como inexorable: la contracción de un destello que, sin responder a destino alguno, pronto hará de su muerte material que inflame la lucha de un único fuego.

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La posmodernidad es y no es una ironía: deconstruyendo los andamios de la historia, ríe la risa que ella misma no puede dejar de ser. Destruye ídolos de barro pero lo hace al mismo pulso de quienes los construyeron. La posmodernidad, sacrílega heredera de la modernidad, construye en abismo cuasi coincidencia con su carcajada. Ese espacio minúsculo dejado por la cuasi coincidencia entre construcción mítica y gozosa deconstrucción de ella es donde la posmodernidad no sólo se torna incoincidente con la modernidad, sino también donde se torna capaz de desenmascararla y, a la vez, de parodiarla. Hoy, por desgracia, esa carcajada posmoderna acentúa su contracara: ella expone la tragedia predominante de nuestra época.

Ya no avanzamos por la vía de un progreso ilimitado ni damos curso a una historia tendiente siempre a lo mejor. La luz y la libertad del comercio, el ius gentium y su derecho de asilo, con que la Modernidad buscaba encontrar fundamento material para instalar su espíritu, ha implosionado en hipertrofia del capital en deriva neofascista. Si algún día la Ilustración ofrecía (e imponía) el supuesto proyecto de civilizar a los pueblos salvajes, gracias al cientificismo de una razón universal, productor de “cadenas” de juicios deductivos destinadas a develar las leyes regentes del universo, dicho proyecto hoy no puede esconder el núcleo de poder que, en última y decisiva instancia, motivaba a su epistemología.

Por otra parte, la moral ejemplar de un hombre tolerante, laico, autónomo y dialogante, en cuanto modélica encarnación del cosmopolita ciudadano del mundo y signo del incontrarrestable imperio de la cultura democrática, ha concluido de derrumbarse con el colapso del Derecho Internacional y del sistema de Naciones Unidas. La posmodernidad nos permitió atemperar el oído para que hoy podamos oír el catastrófico silencio del velorio moderno. Asistimos al colapso del proyecto ilustrado que, luego de haberse levantado y reconfigurado tras dos Guerras mundiales, ha empezado a encarnar el odio que acompaña no sólo al fracaso permanente de su realización, sino también a lo irremediable de su muerte. La posmodernidad se adelantó, y con ello fue dotando de lugar de enunciación, a la emergencia de la impotencia otoñal de una razón que, en plena agonía, opta por la furia neofascista antes que por una sensibilidad poética susceptible de acoger la belleza de la nostalgia. Así, aferrándose a la desesperada supervivencia de la dictadura del capital, al tiempo que renegando de un cierto esplendor burgués que alguna vez alentó el entusiasmo de sus revoluciones, la modernidad amenaza con destruir al mundo para sobrevivir (como Elon Musk) en la conquistas de otros planetas. Renunciando a la estética que alguna vez la insufló de dignidad, hoy hace de su nostalgia fuente de su odio, esquivando el universo estético y romántico de la melancolía.

Por ello, mientras nos hundimos en el ocaso de una razón devenida máquina tecnocapitalista, productora de algoritmos, genocidios y devastación ecológica, no hemos de olvidar que, en cuanto engendros posmodernos e hijos bastardos de la modernidad, aún podemos hacer del otoño un poema. El arte de sublimar, lejos de ser sinónimo de escapismo, constituye un natural lugar de resistencia, un espacio donde atesorar el mundo para pueblos porvenir. Más allá de la modernidad y posmodernidad, he ahí, en la diluyente despedida de una respiración cansada, donde los otoños abrigan las gotas de fuego que harán arder a otros cuerpos.

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Otoño. El vaho de la mañana deja entrever el filo del invierno. Aniquilador, genocida, buscando colonizar el cosmos, el ciclo de las estaciones conoce los efectos antes que las causas. El invierno lo cubrirá todo, desde la primavera al verano. Pero quizás sólo desde el otoño, en su más mínima expresión, seguiremos resistiendo la tormenta del invierno que ya se avecina, encontrando madriguera en los caprichosos recovecos dejados por algún par de troncos caídos.

A un paso de la muerte -un paso que nunca dará por su propia fe-, el hombre conocerá la sentencia que impera sobre hombres y mujeres, sobre amigos, hijos y amantes: la especie humana ha de hacer de la carne quemada su inicio, la sangre de los pueblos y el combustible de su camino. Dar la vida será su alimento, el espíritu de su rebeldía, la barricada de melancolía y fuego con la que, digna e inexorablemente, asumirá tanto como denegará el sinsentido donde finaliza la muerte.

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