Gerardo Muñoz / La verdadera gnosis: una postal desde el norte

Filosofía, Política

Las figuras deambulan de un lado a otro sin saber muy bien a dónde ir, si es que hay que ir a algún lado o permanecer a la espera. Ahí está la pareja de Martín Soto, uno de los huelguistas detenidos del centro de detención, que lleva puesta una camisa remangada y un chaleco de obrero. En el área de espera, muy cerca de la entrada para vehículos, se pasea un niño pequeñito, de unos ocho o nueve años, que lleva mascarilla puesta y alza una pancarta “Fuck ICE”. Otra pancarta se eleva a su derecha en la que leemos “Chinga la Migra”. Los chicos de la militancia autónoma con sus balaclavas se desplazan como pequeñas hormigas levantando adoquines del perímetro para trasladarlos a una pequeña barricada que en pocos minutos va tomando forma. Otros conversan, se saludan, o se acercan a preguntar; y con cierta frecuencia pasan los camiones y rastras que hacen presencia con sus cláxones. En una carpa blanca aguardan aquellos encargados de primeros auxilios y meriendas, porque tal o temprano, llegada la noche también llega el hambre. Todos asumen la necesidad de hacer otra cosa con un tiempo que permanece fuera de sí y que pareciera escurrirse a lo largo de la estirada Avenida Doremus.

“¡Pero hay poca gente acá!” La queja es radio bemba del lugar. Es predecible que en un espacio limitado, la desesperación vaya aumentando en proporción a la escalada del tedio. Pero es cierto que los transeúntes y compañeros de viaje que hacen presencia en centros de detención como Delaney Hall son de momento unos “cuatro gatos”, como reza esa feliz expresión del castellano. La soledad compartida de cuatro gatos curiosos. El centro de detención no es el centro social ni mucho menos el mall norteamericano, ese alusivo recinto donde las pulsiones masificadas han encontrado en el brillo icónico de las mercancías y del aire acondicionado, el goce que conquista al tedio. ¿Quién puede estar en condiciones de dar testimonio de la miseria de la detención y del castigo?

Se ha dicho que el hombre en el devenir de su historia ha podido olvidar mucho o casi todo menos la irrupción del dolor. Si vivimos en una época abismal, y no una época de “crisis” entre otras, es justamente porque también el olvido ha logrado sumergirse en esa región insondable para pulverizarla. No otra cosa está en juego con el gran reemplazo de la lengua humana por los dispositivos de la artificialidad codificada. Lo que equivale a decir que esos “cuatro gatos” que aún se acogen al dolor como verdad de la lengua, son aquellos que aún conservan un estado de vigilancia sobre sus propios sentidos. Es lo que los Padres Capadocios del siglo cuarto denominaron nepsis. Sólo desde aquí es posible entender lo woke y del wokismo, puesto que permanecer despierto no es una práctica de inquisición sobre la tesitura moral de terceros; es pensamiento secundario que atiende a lo pensable desde su afección. La ascesis del pensar no es la realización consumada en el concepto o la adecuación del cálculo, sino la proximidad en la nepsis que nutre al alma porque se envuelve en todo aquello que resta al mundo. La nepsis es el lapso que hace sospechar de las propias razones que el pensamiento eleva a juicio ensimismado de las apariencias.

Para la gran mayoría social estadounidense Delaney Hall es el nombre de un espacio de ley y poco más. Inclusive, para esta mayoría social no hay intento de negar las detenciones de los indocumentados, pues sólo hay un abismo ante el mundo que ya no puede afectarlos ni tampoco ellos pueden afectar mínimamente al mundo. En una nueva fase de enajenación que consume en tiempo real el caudal de imágenes diferenciales; la prisión social, una vez que ha delegado todos los espacios de su existencia, olvida que la vida se dirime ante el infranqueable límite de la muerte. Los reclusos de Delaney Hall nos despiertan al secreto mudo de una humanidad que se encamina hacia su disolución efectiva.

Desde lo alto de una ventana iluminada, la sombra del detenido se proyecta ante nosotros con los brazos alzados. Parece la silueta de un ángel, me dice un amigo. Un ángel sin rostro ni sonrisa, ¿aún puede ser la prefiguración de una redención venidera? ¿Cómo es posible que nos separe la materia de este acero, el mineral de estas piedras, la fuerza de ley de estos hombres encapuchados, casi no-hombres, bajo el monitoreo incansable de las cámaras instaladas en lo más alto? Esa espeluznante sombra luminosa es la verdad de la época, puesto que nos despierta al hecho de que la misma humanidad socializada se encuentra tan confinada como los presos indocumentados con la única diferencia es que éstos últimos han perfeccionado el sonambulismo fáustico a cambio de seguir sobreviviendo a duras penas.

Aquí yace el problema del mal, que ya no debe entenderse como el sobrevenido del de actuar ni quisiera como colaboracionismo diletante; sino que debe pensarse como el estado existencial de la propia autoafirmación irreflexiva en el momento en que ha quedado ajena a la vigilia del alma y de la palabra. El ser social en sus estratificaciones está destinado a ser un bastardo de las apariencias porque solo atina a suministrar la vulgaridad deshinibida del orden. Y sabemos que la vulgaridad constituye una de las formas de la muerte socializada.

Así, la verdadera gnosis no implica una deriva soteriológica para escapar del mundo mediante la infalibilidad del saber; se trata, en todo caso, de la capacidad de despertar al hecho de que los mundos están entre nosotros, siempre subyacentes a una temporalidad que acompaña a las hebras de una facticidad compartida. ¿Qué es la verdadera gnosis sino el adiós al mundo de la objetivación, siempre tan complaciente al desquicio de la biopatía estratificada? Pero para escapar de la biopatía en el tiempo nocturno de la desmovilización se necesita del trabajo atento de la nepsis desde una lengua que al dejar de narrar pasa a recogerse en un puñado de nombres. Escribir hasta que el mundo sea un nombre, dejó dicho John Clare en uno de sus memorables versos. Quizás porque en la duración que abre el pasaje de la vigilia al sueño logramos superar las delegaciones que han ejercido ese inexorable vaho de la humillación y el dolor que nos consume.

*Imágenes tomadas por el autor, mayo de 2026. Newark, New Jersey.

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