Gerardo Muñoz / Un hijo muerto: una postal desde el norte

Filosofía, Política

Otro hijo muerto en manos de las fuerzas de ICE en Delaney Hall. Edwin López-Cornejo, salvadoreño de 41 años, falleció el pasado sábado en el hospital de Newark luego de que los guardias del correccional llamaron a emergencias. López-Cornejo llevaba viviendo en los Estados Unidos veinte años, de hecho, los hubiese cumplido este mismo 2026. Deja atrás a una hija de doce años. Que el crimen se haya vuelto la norma pública de un sistema político es, llegados a este punto, algo suficientemente corroborado. En la repetición está el horror, y en la singularidad, en la muerte fechada y nombrada, yace el mayor punto de su definición de la trama social. Es cierto que eso que llamamos “Sociedad” siempre le ha declarado la guerra a los muertos – a los que siempre ha buscado ultrajar, incluso luego de estar bajo tierra, o cuando se le ha privado de la misma, como suele pasar en los tiempos que corren – pero en la nueva fase psicopática del Americanismo, el muerto es un ser privado del duelo al mismo tiempo que se le amplifica mediante retratos mediáticos en los que deviene otra cifra, otro nombre en el torbellino de nombres, o un rostro de un ser ajeno o indigente. Así, el muerto deviene un hijo.

Gerardo Muñoz / La verdadera gnosis: una postal desde el norte

Filosofía, Política

Las figuras deambulan de un lado a otro sin saber muy bien a dónde ir, si es que hay que ir a algún lado o permanecer a la espera. Ahí está la pareja de Martín Soto, uno de los huelguistas detenidos del centro de detención, que lleva puesta una camisa remangada y un chaleco de obrero. En el área de espera, muy cerca de la entrada para vehículos, se pasea un niño pequeñito, de unos ocho o nueve años, que lleva mascarilla puesta y alza una pancarta “Fuck ICE”. Otra pancarta se eleva a su derecha en la que leemos “Chinga la Migra”. Los chicos de la militancia autónoma con sus balaclavas se desplazan como pequeñas hormigas levantando adoquines del perímetro para trasladarlos a una pequeña barricada que en pocos minutos va tomando forma. Otros conversan, se saludan, o se acercan a preguntar; y con cierta frecuencia pasan los camiones y rastras que hacen presencia con sus cláxones. En una carpa blanca aguardan aquellos encargados de primeros auxilios y meriendas, porque tal o temprano, llegada la noche también llega el hambre. Todos asumen la necesidad de hacer otra cosa con un tiempo que permanece fuera de sí y que pareciera escurrirse a lo largo de la estirada Avenida Doremus.