Gerardo Muñoz / Un hijo muerto: una postal desde el norte

Filosofía, Política

Otro hijo muerto en manos de las fuerzas de ICE en Delaney Hall. Edwin López-Cornejo, salvadoreño de 41 años, falleció el pasado sábado en el hospital de Newark luego de que los guardias del correccional llamaron a emergencias. López-Cornejo llevaba viviendo en los Estados Unidos veinte años, de hecho, los hubiese cumplido este mismo 2026. Deja atrás a una hija de doce años. Que el crimen se haya vuelto la norma pública de un sistema político es, llegados a este punto, algo suficientemente corroborado. En la repetición está el horror, y en la singularidad, en la muerte fechada y nombrada, yace el mayor punto de su definición de la trama social. Es cierto que eso que llamamos “Sociedad” siempre le ha declarado la guerra a los muertos – a los que siempre ha buscado ultrajar, incluso luego de estar bajo tierra, o cuando se le ha privado de la misma, como suele pasar en los tiempos que corren – pero en la nueva fase psicopática del Americanismo, el muerto es un ser privado del duelo al mismo tiempo que se le amplifica mediante retratos mediáticos en los que deviene otra cifra, otro nombre en el torbellino de nombres, o un rostro de un ser ajeno o indigente. Así, el muerto deviene un hijo.

No es el hijo muerto, sino el muerto quién ahora es un hijo. La lluvia abstracta de datos, fechas, justificaciones, posturas y rediseños en el relato encuentra en su caída el repique que no tolera la tregua ante la dimensión insondable del dolor. Insondable pero atravesada por el tenor de una voz. Escuchamos ayer a la madre de Edwin López-Cornejo dar su testimonio de esa manera: “Yo no voy a poder superar la muerte de mi hijo, de mi segundo hijo”. Dos hijos, dos menciones del hijo en un sintagma preñado de tristeza, incapaz de hacer otra cosa con la lengua que hacer que el dolor hable. ¿Y qué otra cosa puede hacer? La madre de López-Cornejo muestra que no es un “hombre” así en abstracto el que ha muerto, sino que ha sido un hijo. En el énfasis encontramos la luz: ¿qué pasa cuando los hijos comienzan a morir, o mejor, a ser asesinados a manos de otros hijos, carentes de la última palabra de sus madres de la que ahora sólo nos llega el timbre de la lamentación; ese temblor que, encogido entre un puñado de palabras y balbuceos, atestigua el infierno que estamos viviendo?

Hace unas semanas, un apreciado amigo definía el infierno como la imposibilidad de encontrar una salida. La muerte de un hijo incorpora un matiz adicional: no es que no haya una salida de una condición generalizada de recluso; es que el hijo, incapaz de superar su condición filial con respecto al calor de lo materno, ha sido lacerado del nudo temporal que supone la propia donación de la madre. El infierno es el momento en el que los hijos ya no pueden ser verdaderos hombres, porque los hombres ahora son asesinados por el simple hecho de ser pequeños hijos. Computadas las cuentas pendientes, esa resulta ser una clave de lo que estamos viviendo: el eclipse de la especie humana en fase de autoaniquilación no supone un nuevo grado de orfandad, sino el fin del orfanato, puesto que ya todos los hijos son, en potencia, hijos muertos. La ilustración encuentra aquí, no como se dice hoy una “nueva oscuridad”, sino más bien su más fructífera claridad y exposición pública bajo la normatividad de un sicariato eficientemente administrado.

Un mundo sin hijos es un mundo sin apenas mundo. La hostilidad reina por todos lados, y los espacios de ayer van cayendo como postes podridos sobre el suelo. La amenaza es ubicua, tal y como ya lo advertía tan bien Las abejas de cristal: “Ahora ya las amenazas son completamente atmosféricas. Uno ya no pasa a lugares, sino que ingresa a zonas”. Por lo que ya no se limita al proyecto colonizador de un territorio, sino también al diseño del mundo desde la exterioridad constitutiva de “zonas”. Y así donde muchos ya han interiorizado “zonas” y “artificios”, otros consiguen dar testimonio en voz viva del hijo y de la lengua; de una lengua que siendo hijo del ser no puede dejar de hablar del crimen, porque si dejara de hacerlo ese sería ciertamente el último crimen. Hijo y lengua, en efecto, esas dos figuras que escapan a todas las posibles zonas. Y escapan porque guardan algo así como el secreto de una densidad interior que deshace este mundo, y que en su tránsito prepara otro de manera inexorable.

Retrato de Edwin López-Cornejo tomado del reportaje de Telemundo, 3 de Agosto de 2026.

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