Otro hijo muerto en manos de las fuerzas de ICE en Delaney Hall. Edwin López-Cornejo, salvadoreño de 41 años, falleció el pasado sábado en el hospital de Newark luego de que los guardias del correccional llamaron a emergencias. López-Cornejo llevaba viviendo en los Estados Unidos veinte años, de hecho, los hubiese cumplido este mismo 2026. Deja atrás a una hija de doce años. Que el crimen se haya vuelto la norma pública de un sistema político es, llegados a este punto, algo suficientemente corroborado. En la repetición está el horror, y en la singularidad, en la muerte fechada y nombrada, yace el mayor punto de su definición de la trama social. Es cierto que eso que llamamos “Sociedad” siempre le ha declarado la guerra a los muertos – a los que siempre ha buscado ultrajar, incluso luego de estar bajo tierra, o cuando se le ha privado de la misma, como suele pasar en los tiempos que corren – pero en la nueva fase psicopática del Americanismo, el muerto es un ser privado del duelo al mismo tiempo que se le amplifica mediante retratos mediáticos en los que deviene otra cifra, otro nombre en el torbellino de nombres, o un rostro de un ser ajeno o indigente. Así, el muerto deviene un hijo.
