En torno a todas estas discusiones sobre si Milei está loco o no, y si eso es determinante para la política o no, quiero ser bien claro. No importa si Milei está efectivamente loco, podría tratarse de una performance actoral o una estrategia política (personalmente no lo creo, pero no importa), el problema es que el efecto que produce resulta concreto y real: el enloquecimiento de las relaciones sociales. Sus ostensibles contradicciones a nivel discursivo, la pobreza argumental de sus alocuciones, como la crueldad o el desprecio constante que demuestra hacia los demás, resultan completamente destructivas para el conjunto de la sociedad. Incluso para quienes puedan sentirse identificados con algunas de sus posiciones ideológicas o hasta quienes se benefician con su política económica. No es solo cuestión de imagen o lenguaje, sino algo mucho más básico: la ruptura del lazo social y la desconfianza brutal en el Otro como lugar simbólico de intercambios elementales. No debería sorprendernos porque de algún modo expone la verdad cruda del capitalismo: la disolución de todos los lazos sagrados en las frías aguas del cálculo y la ganancia. La novedad es que hasta ahora ningún personaje lo había encarnado de manera tan patética y cabal.
Nuevas derechas
Mauro Salazar J. / Genealogía de un despojo. Qué sería privatizar hoy
Filosofía, PolíticaHay palabras que maduran sin que su superficie se altere. «Privatizar» es una de ellas: pronunciada hoy, parece decir lo mismo que decía hace medio siglo: transferir al mercado lo que estaba en manos del Estado. Pero bajo tal continuidad semántica ha migrado un desplazamiento radical que conviene rastrear. No para fijar un origen, sino para mostrar cómo un término técnico-económico (en sus estriados) fue mutando en dispositivo de dominación, y cómo su sentido actual ya no se deja contener por la gramática de la eficiencia que lo vio nacer. En suma, «Privatización» es una palabra trizada que ha desertado de su domicilio económico. Ya no nombra la transferencia de un activo, el traspaso contable de lo estatal a lo privado; nombra, bajo esa coartada técnica, un despojo que se rehúsa a comparecer con su nombre propio.
Julio Cortés Morales / Etnocaceristas: ¿populismo radical o postfascismo decolonial?
Filosofía, PolíticaUna forma extremadamente curiosa de llevar las posiciones “etnodiferencialistas” de la Nueva Derecha francesa1 al límite es la de los denominados “etnocaceristas” del Perú, creación de los Humala (Isaac y sus hijos Ollanta y Antauro) que condujo a la formación de un movimiento político integrado primeramente por militares; una curiosa variedad de populismo radical según algunos2, que a mi juicio bien podría ser considerada una forma de postfascismo andino.
Los etnocaceristas reivindican la “raza cobriza” (una de las cuatro que según ellos existen en el planeta, junto a la blanca, amarilla y negra), el Imperio Inca, al general Andrés Avelino Cáceres -héroe antichileno de la Guerra del Pacífico- y al gobierno militar del general Velasco Alvarado. El movimiento fue creado por Issac Humala, abogado que había militado en el Partido Comunista del Perú y luego en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, y sus hijos militares, Ollanta y Antauro, que en 1989 formaron el movimiento clandestino Militares Etnocaceristas (MEC). El objetivo del MEC era “estudiar la realidad peruana, la historia militar del país y su situación étnica, para elaborar una forma de lucha contra el terrorismo del Sendero Luminoso diferente de las brutales represiones ejercidas por las autoridades estatales, no sólo contra los senderistas sino también contra la población civil de los Andes”3. En el proceso los Humala fueron acuñando la idea de una revolución militar que arrebate el poder a los civiles occidentalizados, la que fueron fundiendo con la reivindicación de un nacionalismo étnico del Tahuantinsuyo.
Gerardo Muñoz / La verdadera gnosis: una postal desde el norte
Filosofía, PolíticaLas figuras deambulan de un lado a otro sin saber muy bien a dónde ir, si es que hay que ir a algún lado o permanecer a la espera. Ahí está la pareja de Martín Soto, uno de los huelguistas detenidos del centro de detención, que lleva puesta una camisa remangada y un chaleco de obrero. En el área de espera, muy cerca de la entrada para vehículos, se pasea un niño pequeñito, de unos ocho o nueve años, que lleva mascarilla puesta y alza una pancarta “Fuck ICE”. Otra pancarta se eleva a su derecha en la que leemos “Chinga la Migra”. Los chicos de la militancia autónoma con sus balaclavas se desplazan como pequeñas hormigas levantando adoquines del perímetro para trasladarlos a una pequeña barricada que en pocos minutos va tomando forma. Otros conversan, se saludan, o se acercan a preguntar; y con cierta frecuencia pasan los camiones y rastras que hacen presencia con sus cláxones. En una carpa blanca aguardan aquellos encargados de primeros auxilios y meriendas, porque tal o temprano, llegada la noche también llega el hambre. Todos asumen la necesidad de hacer otra cosa con un tiempo que permanece fuera de sí y que pareciera escurrirse a lo largo de la estirada Avenida Doremus.
Julio Cortés Morales / La muerte del espíritu (o el espíritu de la muerte)
Filosofía, PolíticaLas ideas de la Nueva Derecha francesa han encontrado algún eco en España -a pesar de su neopaganismo, que espanta bastante a los nacional-católicos-, desde el Proyecto Cultural Aurora y su revista Hespérides creados por Javier José Esparza en los noventa, y luego en junio del 2002, cuando se dio a conocer el Manifiesto contra la muerte del espíritu (al que un año después se le agregó: y de la tierra), redactado por Javier Ruiz Portella y suscrito junto al escritor colombiano Álvaro Mutis, a los que se agregaron luego cientos de firmas, incluyendo intelectuales de derecha y de izquierda, hasta totalizar 1147. Ruiz Portella empezó a publicar luego la revista El Manifiesto, que además tiene un activo sitio web, autodenominado como “periódico política y socialmente incorrecto”1.
Mauro Salazar J. / Kastización . Neoliberalismo sin semántica
Filosofía, PolíticaEl neoliberalismo que conocimos durante las últimas cuatro décadas ha cesado. Ni continuidad, ni radicalización, pasaje a otra fase de acumulación de capital. Conviene nombrar con precisión, porque el diagnóstico errado autoriza respuestas erradas. La fase actual del capital es «anárquica» en sentido técnico, no metafórico. El término, recuperado aquí de la tradición Hayek-Rothbard que las nuevas derechas leen sin pudor académico, designa una operación específica: el mercado prescinde del Estado mediador, del parlamento deliberante, del partido articulado, del aparato pedagógico legitimador. Opera directamente, por velocidad, sin sintaxis. La política devino administración del flujo. Ya no condición de su legitimación.
