Paloma Castillo / La izquierda que no quiere volver a enamorarse. Sobre la organización política como deuda con el futuro

Filosofía, Política

Hace unos días conversaba con Rafa Mondragón sobre estas cosas que me preocupan y que a veces sospecho que sólo me preocupan a mí —la organización, el partido, la militancia— y me dijo una frase que no se me fue más. La izquierda, dijo, tiene con la discusión sobre la organización la misma relación que alguien que tuvo una pareja muy mala y por eso ya no quiere volver a enamorarse. Me quedé con eso. Y al rato me quedé también con la trampa, que es la de todas las frases buenas: que una las quiere usar como conclusión cuando son solo el principio de un problema. (Eso último, lo de las frases buenas, también lo escribió Rafa en un texto del 2020. Se lo robo con crédito.)

Hay que tomárselo en serio, porque el desamor es real. No es un capricho, y no es —como a veces se dice con cierta soberbia— pura cobardía pequeñoburguesa. Hubo parejas malas de verdad. El siglo XX está lleno de partidos que prometieron emancipación y entregaron burocracia, comités centrales, alguna purga. Y más cerca, en Chile, pasó algo que ya conté en otra parte y no voy a repetir entero: la transición desmanteló por opción política la militancia que había sostenido la resistencia a la dictadura, y al mismo tiempo el modelo destruyó las condiciones donde esa militancia podía existir —la industria, los sindicatos, la población, los lugares físicos donde la gente simplemente se veía—. Las dos cosas a la vez. El miedo a volver a enamorarse no salió de la nada. Se aprendió.

Paloma Castillo / La izquierda no tiene proyecto. Sobre la igualdad como axioma y el valor de uso como horizonte

Filosofía, Política

Hace algunos días, conversando con un amigo a propósito de un texto que publique hace unos días en este mismo espacio, me hizo una observación que me dejó pensando. Al texto, decía, le faltaba hablar de proyecto político. La izquierda discute lenguaje, discute prácticas, discute encarnación, pero no nombra el proyecto, y esa omisión es síntoma de algo: del desacople entre lo que dicen los políticos y lo que hace la gente. Su intuición me pareció justa. Y al mismo tiempo me llevó a una pregunta más incómoda: ¿es verdad que a la izquierda le falta proyecto? ¿O lo que falta es otra cosa?

Mauro Salazar J. / Izquierdas post-mortem. El reverso de lo consabido

Filosofía, Política

Una autopsia no es un juicio: es un protocolo. La metáfora forense conviene al estado actual de las izquierdas latinoamericanas, no por morbo o por probidad de su zona cero. Hablar de «crisis» es ya, a estas alturas, un eufemismo administrativo. El cuadro regional, hacia mediados de 2026, autoriza un vocabulario menos piadoso o decorativo: derrota estructural, agotamiento del idioma, desocupación del lugar simbólico desde donde se enunció la justicia. Esta autopsia se escribe desde una posición precisa: la de quienes pensamos que la democracia liberal es preferible al autoritarismo securitario, y que el progresismo realmente existente ha contribuido, por omisión y por idioma, a hacer plausible un retroceso de larga duración.

El mapa lo confirma sin consuelo. En 2023, solo cuatro países latinoamericanos eran gobernados por la derecha; hacia fines de 2025 la cifra se había duplicado: Argentina, Bolivia, Perú, Panamá, Costa Rica, República Dominicana y, finalmente, Chile. El triunfo de José Antonio Kast con cerca del 58% de los sufragios en diciembre de 2025 cerró un ciclo; Uruguay quedó como excepción solitaria. La «marea rosa» de los dos mil, sostenida por el ciclo de altos precios de las materias primas y la demanda china, devino marea baja (¿los espantos?) una vez clausurado ese excedente. Lo que queda al descubierto en la arena no es un programa: son las costillas de un cuerpo doctrinario que dejó de respirar antes de que sus deudos lo advirtieran.

Comunismo Acéfalo / Más allá de la burocracia y el culto a la acción: Notas sobre la protesta y la imposición del orden social

Filosofía, Política

¡Un oasis de horror en medio de un desierto de tedio!” Charles Baudelaire

Introducción

El acelerado ritmo que ha marcado los anuncios de las medidas económicas de la actual administración vuelve difícil estar constantemente al tanto de cada una. Muchos se han referido a esto cómo una estrategia que busca saturar los medios y desorientar a la oposición, lo que Steve Banon (el ex-estratega de Trump) ha denominado “inundar la zona”1. La rápida reducción de apoyo popular hacia Kast y su gobierno (del 50% al 43%) no parece de importarles, después de todo a sus ojos el apoyo del “pueblo” fue necesario para llegar a la Moneda, pero el que perdure o no durante el gobierno, es algo meramente accesorio. 

No podemos comprender la estrategia de Estado del nuevo gobierno, sin dar cuenta de sus fundamentos en un ideario conservador, antiigualitario y antiilustrado cuyas inspiraciones trazan una línea desde Diego Portales a Jaime Guzmán. Para el nuevo gobierno es preferible que la democracia liberal y sus fundamentos queden progresivamente al margen, —pero siempre con el cuidado de no romper con ella formalmente—, para, en su lugar, imponer un orden social implacable que no tema hacer uso constante de la fuerza represiva del Estado, y que permita la proliferación de la ganancia por parte de los grandes conglomerados empresariales del país.

Tariq Anwar / Sin nombres

Filosofía, Política

Lo que hoy se nos presenta como “incomprensible” no es, quizá, un exceso de complejidad, sino un defecto de nombres. No porque falten palabras —nunca hubo tantas—, sino porque las palabras circulan como monedas gastadas: todavía compran algo, pero ya no sabemos bien qué. Decir “los fascistas han vuelto” es verdadero y, al mismo tiempo, insuficiente. Es verdadero porque reconocemos gestos, tonos, técnicas de intimidación, el placer de la humillación pública y la promesa de una identidad compacta. Es insuficiente porque el fenómeno se ha vuelto menos un partido que una atmósfera; menos una doctrina que una disposición afectiva y administrativa que puede alojarse, sin contradicción aparente, en instituciones “democráticas”, en mercados desregulados y en plataformas que se dicen neutrales. Lo inquietante no es que regrese lo viejo, sino que lo viejo regrese como si nunca se hubiera ido: como si “fascismo” fuese el nombre tardío de una continuidad. La dificultad de nombrar no afecta sólo a las derechas. También la palabra “izquierda” parece haber perdido su referente, como esas señales en el camino que siguen en pie cuando ya no existe la carretera. Vemos revueltas, protestas, levantamientos, agrupaciones civiles de intereses precisos —a veces admirablemente precisos— y, sin embargo, dudamos: ¿es esto “la izquierda”? Sí, porque ahí está el conflicto; no, porque falta la imaginación que transforme el conflicto en mundo. Durante décadas, los partidos que hablaban en nombre de los trabajadores se especializaron en gestionar lo existente. Y gestionar lo existente no es una actividad neutral: es una pedagogía de la impotencia. Cuando una organización se acostumbra a administrar lo dado, su “realismo” se convierte en la coartada perfecta para que otros inventen —aunque sea con materiales tóxicos— las formas del deseo político.

Javier Agüero Águila / La izquierda y el tiempo de la melancolía

Filosofía, Política
  1. El pasado

En un texto de hace casi 35 años, titulado Jeanne, de guerre lasse (1991), el filósofo Daniel Bensaïd escribía que “En la carrera del siglo entre socialismo y barbarie, ésta última ha tomado varios cuerpos de ventaja. Ingresamos al siglo XXI con menos esperanza de la que tenían nuestros abuelos en los umbrales del siglo XX”.

Por aquella barbarie que habrá sacado notable ventaja, Bensaïd se está refiriendo, claro, al capitalismo en su versión de expansionismo neoliberal y a todas las implicancias que arrastra en el plano político, social, humano, en fin. Sin embargo, lo que inquieta aún más, es la referencia a los abuelos, al pasado; siendo en este punto nosotros quienes vemos con ventaja a esa otra generación que se vaporizaba en el desencanto de un siglo XX por llegar; en otras palabras, nuestra desesperanza ha crecido con el paso del tiempo y la posibilidad de construir una izquierda más allá de sí misma, esto es, por encima de sus históricas ceremonias bautismales y exégetas notables de Marx, no han resultado en un regeneración de la esperanza, de la espera en la esperanza. La barbarie no solo ha colonizado “espacios”, sino que territorialidades subjetivas que no han dejado de extenderse al punto que hoy, después de más de tres décadas de lo escrito por Bensaïd, el capitalismo toma la forma y el vibrato neofascista que deja a la intemperie y en evidencia una serie consecutivas de derrotas –muchas de ellas expresión de la propia decadencia totalitaria en la que devino la emancipación original del marxismo– en las que la izquierda niega reconocerse.