Luis Ángel Campillos Morón / El Dios catalizador del capitalismo, Dios mediante

Filosofía, Política

En unos pocos años del s. IV, durante el Imperio romano, el cristianismo pasó de ser proscrito a prescrito. De ser perseguido, a ser tolerado, a ser institucionalizado. De ser perseguido a perseguir. La cadena jerárquica que vinculaba a la criatura con su Creador se amplió considerablemente. Dios, Papa, obispo, sacerdote, creyente de a pie. Toda una serie de poderes divinos y terrenales se enmarañaban viciando aquellas sagradas y puras humildad y caridad cristianas.

Siglos después (s. XVI), Lutero protestó y eliminó a todos esos mediadores, recuperando así el “contacto” directo entre Dios y el creyente. Aquellos pesos pesados (Papa, obispo, sacerdote) se disolvieron y generaron un área de mayor libertad en el creyente. Ello derivó, como célebremente subrayó Max Weber, en un afianzamiento de la noción de individualidad. Por su parte, este individualismo naciente constituyó un pilar fundamental del capitalismo.

Mauricio Amar / Encontrar

Filosofía

Como se sabe, la lengua árabe no utiliza la cópula «ser» tan presente en las lenguas indoeuropeas (que no significa que no exista el concepto ser). Si quiero decir «yo soy filósofo» digo «anā [yo] failasūf [filósofo]». Esto significó un dolor de cabeza para más de un traductor cuando se trataba de traspasar el Ser aristotélico a la lengua árabe. La palabra preferida por los filósofos para el Ser, al menos desde Ibn Sina, fue al-wujūd [الوجود], cuya raíz ([و-ج-د] w-j-d) indica principalmente «encontrar», «hallar». Como salta a la vista, en la traducción el sentido de un concepto parece florecer, como si cada palabra estuviese habitada por puntos de fuga. Si hay razón en la idea de Werner Hamacher de que «una lengua es lengua solo en la medida en que ella es lengua para otra lengua –no en lugar de otra lengua, sino con miras a esta», debemos pensar en una nueva posibilidad para el ser que quizá está indicada en el encontrar. Porque encontrar es en realidad siempre una tarea fracasada, alegremente fracasada; en el momento mismo en que algo se afirma como verdad ha devenido otra cosa, se ha lanzado fuera de sí desde puntos imprevisibles. Encontrar implica haber buscado, haber corrido un velo, pero lo velado no es una simple relación entre lo que existe y lo que no existe, sino la condición misma de lo existente. El Ser, en este sentido, nunca es una esencia ni una sustancia, sino lo que exige la búsqueda, una necesidad que ha caída en el olvido, pero que no por ello deja de reclamar.

Mauricio Amar / La lengua del fin del mundo

Filosofía, Política

El lenguaje, como todos sabemos, ha sido objeto de una enorme operación que ha cambiado el destino de los humanos. Sobre él se han montado miles de estrategias, acaso la historia de las lenguas no se a otra cosa que una historia de estrategias sobre ellas. Pero ninguna se compara en su intensidad, violencia y capacidad de abarcarla como la que estamos presenciando hoy. Presenciarla, es decir, de algún modo vivir la transformación del lenguaje a tiempo real, es decir en el habla y en la escritura, nos pone ya en una situación muy difícil. Porque la transformación del lenguaje, de mi lengua que no es mía como dice Derrida, pero al mismo tiempo de todas las lenguas, incluso las que no alcanzo a imaginar, vuelve difícil siquiera decir hasta qué punto no puedo sino hablar desde esta operación, esta estrategia.

Esto, como todas las cosas humanas, tiene una genealogía. Y como toda genealogía es gris, porosa, necesaria de ser leída a contrapelo. No se puede sino estar agradecido de los europeos que en su momento supieron leer el funcionamiento del poder a pesar de las capas y capas de estrategias lingüísticas que se vertían sobre ellos. Estoy pensando en Adorno, en Foucault, Derrida y en Hamacher, figuras que hoy sería raro que provinieran de una Europa incapaz de pensar, salvo excepciones, sobre sus propias condiciones de existencia. Pero en ellos, que vivieron la emergencia y las consecuencias del fascismo de muy cerca, hay una comprensión que necesariamente anuncia lo que hoy aparece como lenguaje.

Mauro Salazar J. / ¿Iliberalismo? La fabricación editorial de lo posible

Filosofía, Política

a Nelly, que hizo del fragmento

una forma política.

Hay palabras que llegan a la política después de haber hecho carrera en las páginas de opinión. «Iliberal» es una de ellas. Su circulación reciente en Chile revela algo más interesante que aquello que pretende describir: muestra cómo una categoría puede transformarse en un recurso editorial, en una contraseña moral y, finalmente, en una tecnología de distinción política. Allí donde debería existir una discusión sobre las transformaciones efectivas del poder, o bien, en democratizar los circuitos institucionales, límites institucionales, relaciones con los intereses privados y sus formas de concentración, aparece una palabra que parece resolver anticipadamente el problema. Se nombra al adversario como «iliberal» y, con ello, se produce una escenografía en la que unos quedan del lado de la democracia y otros del lado de su amenaza.

Jude James Howery / Fascismo suicida en la era del algoritmo

Filosofía, Política

«Estar ausente del cuerpo es estar presente con el Señor»
— 2 Corintios 5:8

«No hay necesidad de preguntar cuál es el régimen más duro o más tolerable, pues es dentro de cada uno de ellos donde las fuerzas liberadoras y esclavizadoras se enfrentan […] No hay necesidad de temer ni de esperar, sino solo de buscar nuevas armas.»
— Gilles Deleuze, Posdata sobre las sociedades de control

«Estamos en las etapas más iniciales de un conflicto muy brutal y sangriento, del cual, si la gente en esta sala no se une y lucha por nuestras creencias contra esta nueva barbarie que está comenzando, erradicará por completo todo lo que nos ha sido legado en los últimos 2.000, 2.500 años.»
— Steve Bannon, conferencia de 2014 en el Vaticano

La afirmación política más revolucionaria de Deleuze y Guattari es que el fascismo no es lo opuesto al deseo liberador, sino su vecino más cercano: una línea de fuga convertida en suicida, el mismo impulso de destratificación que en otro lugar produjo vida, movilizado en cambio hacia la abolición. El microfascismo es el nombre de esta tendencia en su fuente más íntima: no en el partido ni en el Estado, sino en cada uno de nosotros, como estratificación desbocada que colapsa en un agujero negro de subjetividad autorreferencial, vigilándose a sí misma tan fácilmente como vigila a los demás. Es un deseo que ha aprendido a sedientar su propia aniquilación, y a experimentar dicha aniquilación como gloria. Muchos teóricos contemporáneos han demostrado que la arquitectura digital de las plataformas es particularmente adecuada para aprovecharlo. Que el bucle de retroalimentación —el algoritmo— es, en efecto, una máquina de microfascismo. La mayoría de los relatos existentes se basan en el bucle de retroalimentación positivo: la intensificación recursiva por la cual cada interacción aprieta la siguiente, descendiendo al usuario hacia lo que Deleuze y Guattari denominan el «cuerpo sin órganos canceroso». Pero la cibernética también describe una fase negativa, en la que el sujeto se vuelve hacia afuera —o se encuentra con la externalidad— y el sistema se estabiliza. Creo que bajo condiciones algorítmicas esta estabilización nunca llega. La fase negativa no retrata la subjetividad aumentada, sino que la fragmenta aún más: el usuario se enfrenta al exterior, se aliena de él, e internaliza esa alienación como el «otro» constitutivo del yo. No hay polo correctivo. Lo que la teoría cibernética trata como mecanismo autolimitante de un sistema ha sido capturado e invertido, de modo que el bucle no tiene exterior. Podemos nombrar la condición resultante realismo digital —en la misma línea en que Deleuze y Guattari denuncian el realismo edípico y Mark Fisher diagnostica el realismo capitalista—: el cierre del propio sentido de que una alternativa podría existir alguna vez. Este es el mecanismo por el cual un microfascismo que históricamente era inhibitorio para el Estado —frenético, aislante, productivo de nada— llega a resonar a través de millones de agujeros negros en una máquina de guerra capaz de apropiarse de él. Y es por qué los rasgos más coercitivos de nuestra condición, desde la disolución del trabajo hasta el aprovechamiento de la muerte, se viven no como captura, sino como liberación.

Toni D’angela / La fábrica de lo sensible

Estética, Filosofía

Bergson, en el incipit de Materia y memoria (1898), invitaba al lector a un experimento mental. Al principio estamos como ante imágenes, no hay más que imágenes y nosotros no somos más que una de esas imágenes. Ese experimento es ahora el entramado de las relaciones sociales materiales inervadas por la virtualidad.

En un libro, denso pero ágil, de 2017, El supermercado de lo visible, Peter Szendy – en años en los que se reafirma la necesidad de una iconología, a partir del libro seminal de W.J.T. Mitchell de 1986 – propone una iconomía, una estrategia que interconecta iconología y economía política, ya que el campo de la aistêsis en general, y no solo el particular de las artes y las imágenes en movimiento, está atravesado e investido por la «mercantilización de la visibilidad», aunque la visibilidad no agota la sensación en general. Quizás Debord y Godard, de algún modo, anticiparon y practicaron este híbrido de eikôn y oikonomia, pero puede interesarnos relativamente. Lo que importa es que Szendy observa cuánto, y desde hace tiempo, la sensibilidad es cada vez más «intercambista». Como sabía el Aristóteles del De anima, es un intercambio. La sensación es medianía, es el evento, el umbral que se configura una vez como sensible, una vez como sintiente, una vez como cuerpo, una vez como cuerpo. Este intercambio hoy está marcado y duplicado por aquel intercambio no solo y no tanto de mercancías, sino de imágenes y añadamos imágenes visuales y sonoras. En resumen, la sensibilidad en la edad del inconsciente digital y del biocapitalismo de las plataformas se configura como intercambio al cuadrado. Szendy cita a ese Marx que leía a Aristóteles y que sabía que la sensibilidad es el producto de la fábrica del mundo y hoy esa fábrica está desterritorializada. Vivimos en la edad del «supermarché sensible de nos sensations» que, recuerda oportunamente Szendy citando a Marx, está sobredeterminado – y Althusser es más que necesario para comprender estos procesos de interpelación del sensorio – por la vida material que es condicionante. El joven Marx (el de los Manuscritos de 1844) al que se refiere Szendy, escribe que es la Bildung, la formación-fabricación de la sensibilidad, es el Arbeit de la historia mundial. Antes incluso de Benjamin, McLuhan o David Cronenberg, Marx recuerda que los cinco sentidos son el trabajo de una fabricación. Este «supermercado sensible» que tiene su base real en las políticas extractivas y neoextractivas de explotación del capitaloceno, es a la vez un efecto y un volante de la lógica apropiadora del capital.