Mauro Salazar J. / Más allá del capitalismo académico: alumno-prompter y académico-performativo

Filosofía, Política

Este ensayo sostiene una tesis única y la despliega en cinco movimientos. La tesis que se sirve de los análisis de Benjamin Bratton, es que la universidad contemporánea —particularmente la chilena— no ha sido deformada por la infraestructura tecno-computacional, sino absorbida por ella como una de sus capas funcionales, y esa absorción produce, por diseño y no por accidente, una forma específica de captura epistémica que el capital cultural no atenúa sino que intensifica. Los cinco movimientos que siguen hacen visible esa tesis desde ángulos complementarios: la escena del alumno-prompter y el académico-performativo como figuras complementarias del mismo régimen. El hilo que recorre los cinco movimientos no es nostálgico ni propositivo: es diagnóstico. No se propone aquí salvar la universidad; se propone describir con precisión lo que ya ha dejado de ser, para que al menos la descripción no colabore con la farsa.

I. La escena — descripción antes de teoría

Hay una escena universitaria que conviene describir antes de intentar teorizarla, porque sólo describiéndola con detalle se hace visible lo que en ella ocurre. La escena tiene dos figuras. Una es el alumno que ya no lee, que nunca leyó, quizá, en el sentido fuerte del verbo, y que recibe de la inteligencia artificial no un texto sino un efecto de texto, una superficie lingüística que cumple la función social del texto sin exigir nada de lo que el texto, en otra época, exigía: tiempo, permanencia, reelaboración, interioridad. La otra figura es el académico que ha convertido el libro en objeto performativo (hiper-visibilidad): no el libro como texto que se lee y se discute, sino el libro como insignia, como índice de estatus, como soporte material de una coreografía del prestigio donde lo que importa no es la circulación del pensamiento, sino la escenografía relacional. Entre ambas figuras —y esto es lo decisivo— no hay oposición sino complementariedad estructural.

Ambas figuras son hijas legítimas de la misma estructura. No se oponen: se complementan, se requieren, se sostienen mutuamente en un equilibrio cuya eficacia depende precisamente de que nadie lo nombre como tal. El alumno que no lee y el académico que no hace leer, comparten un régimen —que cierta teoría contemporánea nos ha enseñado a nombrar como esa megaestructura accidental de la computación planetaria que no es simplemente la infraestructura técnica en la que ocurre la vida contemporánea sino la forma misma de esa vida. La universidad chilena (gradualmente) ha sido reorganizada por ese régimen sin que la reorganización haya sido nunca objeto de deliberación política explícita. Ocurrió, de hecho, precisamente porque discutíamos otras cosas. La institución universitaria aloja así una doble falacia que se sostiene mutuamente: la performatividad del saber académico legitima la pasividad del aprendizaje algorítmico, y esta pasividad, a su vez, hace innecesaria la pregunta por la legitimidad.

La escena no es una anomalía a corregir: es el síntoma visible de una mutación estructural que ya tuvo lugar. Proponer reformas didácticas, cátedras de lectura crítica, talleres de alfabetización digital, es tratar síntomas sin tocar el régimen que los produce. La crítica tiene que situarse en otro plano: no el de la pedagogía (niveladora) ni el de la política institucional, sino en la arquitectura de la Interface layer(gestos, imágenes convierte la experiencia en dato) diseñada para producir esa discriminación y optimizar el tiempo de permanencia, entonces el razonamiento no es lo que se atrofia: es lo que deviene innecesario.

II. La máquina y la universidad — absorción como capa

Hay que decirlo con la precisión que el asunto merece: la universidad latinoamericana contemporánea ya no es una institución autónoma dentro de la cual ciertos dispositivos digitales se han instalado como apoyo instrumental. Es más grave que eso y más irreversible. La universidad ha sido absorbida como una capa más dentro de la arquitectura de esa megaestructura: una capa intermedia entre la capa de la nube, y la capa del usuario, esa última capa donde el sujeto aparece no como ciudadano ni como lector sino como interfaz, como punto de captura de datos, como prompter.

El prompter: he ahí la figura que sustituye al lector. Y la sustitución no es metáfora: es una operación subjetiva precisa que tiene sus propios tiempos, sus propios gestos, su propia gramática corporal. El alumno contemporáneo no lee porque no necesita leer, y la palabra necesitar debe entenderse en su sentido riguroso, como indica la economía de la atención que rige su subjetividad, no como deficiencia moral. La lectura exige un tiempo que la arquitectura computacional no concede: ese tiempo diferido, desalineado con la temporalidad productiva, improductivo en sentido estricto, que es la condición de toda elaboración simbólica densa. La arquitectura suprime ese tiempo porque es, antes que nada, un régimen temporal: una administración de la duración, una arquitectura de lo inmediato que penaliza con pérdida de atención, con eclipsamiento algorítmico, cualquier gesto que se atreva a demorarse.

La universidad, al integrarse como capa de ese régimen temporal, ha tenido que renunciar, tácitamente, sin decretos ni reformas declaradas, a la temporalidad que la constituía. El semestre sigue llamándose semestre pero ya no es tiempo académico: es métrica administrativa segmentada en evaluaciones que reproducen la lógica del feedback inmediato. El estudio sigue llamándose estudio pero ya no es inmersión prolongada en un objeto resistente: es sucesión de micro-consultas a una interfaz que devuelve respuestas procesadas al instante. El ensayo sigue llamándose ensayo pero ya no es esa forma en que un pensamiento busca su propia articulación contra la resistencia del lenguaje: es un producto generado, editado, maquillado, entregado. Todas las categorías sobreviven como cáscaras conceptuales vaciadas de la temporalidad que las hacía significar. Y la paradoja más inquietante es que la universidad funciona: sigue graduando, acreditando, publicando, produciendo indicadores. El régimen computacional puede producir titulaciones sin lectura como puede producir movilidad urbana sin peatones.

III. El académico como objeto performativo: el libro vaciado

El segundo punto exige una honestidad que el gremio académico rara vez se concede. Los académicos —no todos, pero sí los que ocupan las posiciones más visibles y consagradas del campo— han hecho del libro un objeto performativo. Esto significa algo preciso, técnico: el libro ya no funciona como soporte de un saber que se transmite y se discute sino como dispositivo de legitimación que se exhibe. La estantería cuidadosamente fotografiada como fondo de videollamada, la imagen junto al ejemplar recién salido de imprenta, la ceremonia de presentación con sus tres presentadores consagrantes, la reseña recíproca en revista amiga, la cita obligatoria en el paper del discípulo: todos esos rituales constituyen una performance cuyo sentido dentro del campo depende precisamente de que el contenido de los libros haya dejado de ser lo que está en juego.

Lo que está en juego es el signo libro, no los signos que el libro contiene. Y aquí, en este desplazamiento del contenido hacia la forma, del texto hacia su soporte fetichizado, reside una de las complicidades más incómodas entre el académico digitalizado y el alumno que no lee. Ambos habitan la misma economía de los signos vaciados. Ambos operan en un régimen donde el significante se ha emancipado del significado y donde esa emancipación no es liberación sino captura. El académico critico produce el simulacro de la lectura, el estudiante consume el simulacro del pensamiento; ambos sostienen, sin nombrarla, la economía común que los hace posibles.

El libro performativo es el objeto que condensa esa mutación: sigue siendo libro en su apariencia material —tapas, páginas, índice, bibliografía— pero ya no funciona como libro en su uso. Su función es ser exhibido, citado, indexado, no leído. Esta disociación entre forma y función no es una patología del campo: es su nuevo régimen de operación. Una universidad donde los libros no se leen no es una universidad averiada: es una universidad que ha encontrado otro uso para los libros, compatible con el régimen computacional, un uso donde el libro ha sido reciclado como accesorio simbólico de una performance académica que no requiere ya su contenido.

Y hay en Chile un tierno mercantilismo, no nuevo, que ha sabido reconocer en la máquina no un problema teórico sino una oportunidad didáctica de innovaciones. Son los que se apresuraron a incorporar el soporte al aula antes de haberse preguntado qué es lo que el aula había dejado de hacer para que la máquina resultara necesaria; los que descubrieron, en la hora misma en que la universidad empezaba a vaciarse de lectura, un nicho institucional donde instalarse como expertos del pasaje. Escriben artículos sobre «aprendizaje aumentado». Diseñan talleres sobre «pensamiento crítico con IA». Capacitan a sus pares en el uso pedagógico de la herramienta con la misma solemnidad con que, en otras coyunturas, capacitaron en el uso pedagógico del proyector, de la plataforma virtual, del aula invertida: cada reemplazo del objeto tecnológico encuentra en ellos al mismo sujeto intelectual adaptable, al mismo gestor del entusiasmo ante lo que llega, al mismo traductor que convierte la rendición en innovación y la resignación en vocabulario profesional. El empredizaje es tierno porque no mata con violencia declarada: mata con entusiasmo, con certificados, con ponencias en congresos sobre «innovación docente»; sus víctimas no son los alumnos sino la pregunta que los alumnos podrían haber hecho si alguien les hubiese enseñado primero a sostenerla. Lo más eficaz de esa figura no es su complicidad con el régimen (cualquier burocracia la produce) sino su capacidad de enunciarse como vanguardia crítica mientras ejecuta el mandato. Hablan el lenguaje de la emancipación pedagógica y ofician, sin sobresalto visible, como cuadros operativos del mismo dispositivo que su prosa decora: confunden el diseño del régimen con la reforma pedagógica, creen emancipar cuando sólo optimizan el engranaje entre la universidad y la infraestructura computacional que la ha absorbido. Diseñadores sin diseño, cuadros técnicos que naturalizan la megaestructura accidental bajo el lenguaje reconfortante del aprendizaje aumentado.

IV. La competencia por la concentración: scroll contra pensamiento

Aquí se abre el segundo problema, que no es menor que el primero y que quizá lo determina en última instancia: el modo informacional del aprendizaje contemporáneo se ha constituido como una competencia por la concentración. Y hay que desactivar desde el inicio una lectura fácil: no es una competencia entre personas por alcanzar un grado superior de concentración. Es una competencia del sistema contra el sujeto por capturar sus fragmentos atencionales. El sujeto no compite con otros sujetos por concentrarse: es disputado por un conjunto de plataformas que quieren su atención troceada, distribuida, interrumpida, cuantificada.

La plataforma no quiere que el alumno lea: quiere que el alumno scrollee. El scroll es el gesto fundacional del régimen computacional, el acto mínimo y obligatorio de su liturgia cotidiana. Produce datos, produce tiempo convertido en métrica, produce el residuo cuantificable que alimenta a los modelos de lenguaje que, en un segundo movimiento, devolverán al alumno una versión procesada de lo que ya no leerá. La economía es circular y perfecta: el alumno no lee porque la máquina lo ha entrenado para no leer, y porque no lee debe recurrir a la máquina para obtener una simulación de lo que habría obtenido leyendo. Cada movimiento del sujeto refuerza el régimen que produce la necesidad del siguiente. Es una captura recursiva, autolegitimante, sin afuera visible.

La concentración sostenida —esa temporalidad específica que cierta tradición de la teoría crítica asoció con el aura y pensó como condición misma del pensamiento— es incompatible con el régimen atencional de la máquina. Y no por un error del diseño: por el diseño mismo. El régimen no está mal hecho: está perfectamente hecho para producir exactamente el tipo de sujeto que produce. Un sujeto fragmentado, reactivo, emocionalmente disponible a ciclos rápidos de estímulo, constitutivamente incapaz de sostener una línea de pensamiento propio contra la presión centrífuga de notificaciones y recompensas intermitentes, según el modelo conductista que la industria del gambling depuró hace medio siglo y que las plataformas aplicaron después a escala civilizatoria.

Y lo más siniestro no es la captura en sí sino su consentimiento. El alumno no es capturado contra su voluntad: coopera activamente con su propia captura, la celebra, la defiende como expresión de su libertad individual, la convierte en identidad. El académico —aquí la complicidad se cierra sobre sí misma— ha abandonado toda pretensión de ofrecerle al alumno una temporalidad alternativa. La cátedra se ha adaptado al régimen dominante: clases fragmentadas en cápsulas, presentaciones reducidas a la estética del feed, exámenes convertidos en cuestionarios cuya respuesta correcta circula por mensajería minutos después. La universidad no resiste a la máquina: la internaliza como método. Cuando el entorno cognitivo no discrimina entre ruido, descripción y argumento, no porque los sujetos sean incapaces de distinguirlos, sino porque la arquitectura de la interfaz no está diseñada para producir esa discriminación sino para optimizar el tiempo de permanencia, el razonamiento no es lo que se atrofia: es lo que deviene innecesario.

Hay una respuesta posible, y que conviene sostener con precisión teórica, a la pregunta por si la educación, en este régimen, ayuda a producir un mejor usuario. La respuesta es que no ayuda; refuerza la captura. Y la razón no es contingente sino estructural. No se trata de cómo proteger las identidades de usuario ya existentes frente a la captura de las plataformas, sino de cómo diseñar formas nuevas de subjetividad que estén a la altura de los desafíos políticos y ecológicos de la computación a escala planetaria. La educación que entrena al alumno para usar mejor las herramientas, que le enseña «pensamiento crítico con IA» o «alfabetización digital», opera dentro de la categoría de usuario tal como la megaestructura la produce y, al hacerlo, consolida el régimen que cree emancipar. Hay además un agravante: la interfaz misma tiende a producir compromisos interpretativos inmediatos que cortocircuitan la distancia crítica indispensable para el pensamiento metafórico matizado, generando lo que cabe nombrar como fundamentalismos cognitivos doctrinarios —ese cierre interpretativo en que la imagen sustituye al concepto y la respuesta sustituye a la pregunta—. La educación útil, si tal cosa pudiera diseñarse aún, sería aquella que asume su tarea como rediseño mismo de la categoría de usuario, no como su perfeccionamiento.

V. Capital cultural y vulnerabilidad — la captura epistémica

Existe una tentación que conviene nombrar antes de que se instale como consenso crítico: pensar que los segmentos con mayor capital cultural están más protegidos frente a la máquina que los sectores socialmente vulnerables; en términos fácticos el modelo del XX aún persiste. Esa intuición tiene algo de verdad estadística, pero mucho de ilusión crítica. Es ilusión porque supone que el capital cultural opera como blindaje frente a las formas de captura que la arquitectura computacional despliega, cuando en realidad opera —en ciertos casos decisivos— como la condición de una captura más íntima, más completa, más difícil de identificar y por eso mismo más eficaz.

El plagio en los teóricos de más extenuantes amerita una lectura sintomal, no una lectura moral. Hay allí un pliegue epistémico que el juicio ético no alcanza a describir: la escritura académica que sigue abrazando categorías del petit siglo XX para pensar dinámicas, prácticas e innovaciones del XXI, y que en ese desajuste produce una plusvalía teórica sin sujeto, una escritura que parece pensar cuando sólo está reciclando los gestos autorales de un campo que ya no existe en las condiciones en que se constituyó. La pregunta no es quién copió a quién —pregunta notarial— sino cuál es la ideología puesta allí, qué dispositivo de legitimación académica ha reemplazado silenciosamente a la producción conceptual, y cómo el mismo gremio que denuncia el plagio lo hace posible al seguir aceptando como teoría lo que es sólo operación de archivo. Son grandes problemas, y en esto hablamos siempre de problema; hay países vecinos cuyos debates —más vivos, más autoexigentes, menos administrados— develan nuestra anorexia, esa delgadez crítica chilena que ha aprendido a confundir la moderación con el rigor y el silencio con la prudencia. Es muy grave, y no por meros nihilismo. Es el mundo de la computación planetaria, donde ya no circulan ideas sino patentes, donde el concepto ha sido reemplazado por el indicador y la obra por la métrica; digamos credencialismo, entonces, para nombrar ese procedimiento por el cual los sujetos se redituan a sí mismos convirtiendo cada operación intelectual en un activo cotizable dentro del campo. Yo evitaría lo decorativo. Tuvimos bastante transición: bastante prosa amortiguada, bastante gestión del consenso, bastante oficio de suavizar lo que pide ser dicho. La crueldad de la lucidez ayudará más que la ternura administrativa con que el gremio se consuela de su propia rendición; ayudará más porque renuncia, de entrada, al pacto implícito de no nombrar lo que todos ven.

El académico digitalizado, el lector de la teoría crítica que usa los mismos asistentes algorítmicos para preparar sus clases sobre esa teoría, el crítico de la industria cultural que publica su crítica en plataformas propiedad de la industria cultural, el sociólogo de la desigualdad cuyos papers circulan gracias a métricas operadas por las grandes editoriales privadas: esos son los sujetos en los que la captura epistémica de la máquina alcanza su forma más acabada. No son excepciones al régimen: son sus casos paradigmáticos. Están dentro precisamente por las mismas competencias que los llevaron a pensar que podían observarlo desde afuera. Y esa creencia en la exterioridad crítica —presupuesto del intelectual moderno— es, en el régimen actual, la forma ideológica que adopta la captura cuando se ejerce sobre sujetos formados para detectarla en otros.

La vulnerabilidad popular frente a la máquina es económica, cognitiva, temporal: una vulnerabilidad que se palpa y produce resistencias efectivas, rabias, sospechas, formas de distancia irónica respecto del dispositivo. El sujeto popular sabe que la plataforma lo explota aunque no pueda nombrarlo con vocabulario académico; esa opacidad del propio saber se convierte, paradójicamente, en forma de no-captura. La vulnerabilidad del sujeto con capital cultural elevado es de otra naturaleza y es peor: es epistémica. No sabe que está capturado. Accede a capas más profundas de la arquitectura pero esa ventaja produce su captura ideológica más intensa: ha invertido demasiado en el sistema para cuestionarlo, habita la nube no con distancia crítica sino con identificación, ocupa una posición privilegiada dentro de la capa del usuario y confunde esa posición con libertad. La distinción chilena entre el colegio de élite y el colegio popular aterriza esa misma estructura en el sistema educativo: el alumno con capital dispone de una biblioteca doméstica que funciona como zona de repliegue, de adultos que aún leen y cuya lectura le es heredada como práctica, de tutorías paralelas que introducen demora en el régimen del feedback inmediato. La interfaz, para él, es suplemento de una escritura preexistente que la contiene y la relativiza. El alumno del sector popular no dispone de esa reserva: la interfaz no suplementa nada, la sustituye. Su relación con la máquina es ansiosa porque es única, urgente porque es desprotegida, compulsiva porque carece de la demora que podría haberle enseñado la desconfianza. «Indigente» no como insulto moral sino como descripción técnica: desprovisto de los mediadores que permiten al otro habitar la misma captura con la ficción de una distancia. Ésa es la violencia específica de la escolarización bajo este régimen: no produce la exclusión de unos sujetos y la inclusión de otros, produce una captura común que el sistema educativo, lejos de corregir, reinscribe como destino.

La crueldad de la lucidez

Nuestro ensayo cierra, entonces, sin prometer lo que sabe imposible. La captura ya ocurrió, el régimen es irreversible en sus líneas mayores, la universidad chilena opera como cuadro técnico de una erzat (simulacros de mercado) que ni inventó ni controla. Ésta es la situación, y nombrarla es la primera condición de cualquier cosa que quiera venir después. Las tesis aquí desplegadas se articulan en un solo movimiento: el alumno-prompter y el académico-performativo sostienen la misma economía de signos vaciados; la universidad absorbida funciona precisamente porque renunció a la temporalidad que la constituía; el libro reciclado como insignia legitima la ausencia de lectura que normaliza; la competencia por la concentración no es una metáfora sino una operación estructural contra el sujeto; y el capital cultural no blinda sino que entrega a la captura su forma más acabada, la captura epistémica del sujeto que cree observar desde un afuera que no existe. La crítica cultural no tiene, en este escenario, función emancipatoria disponible: tiene función descriptiva, y esa descripción, si se ejerce con la crueldad de la lucidez en lugar de con la ternura administrativa, puede al menos interrumpir el ciclo de legitimación que el régimen reclama de sus propios críticos. No es mucho, pero no es nada. Nombrar la captura no la deshace; no nombrarla, en cambio, garantiza que siga operando sin resistencia. Éste es el mínimo al que la lucidez obliga.

Referencias.

Bratton, Benjamin.The Stack. Soberanía y software. Interferencias. 2025

Dr. Mauro Salazar J. UFRO/Sapienza.

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