Colapso y Desvío / Notas sobre la organización y la práctica para los siguientes ciclos de lucha

Filosofía, Política

Desplazar la mirada hacia lo que está pasando en otros lados puede darnos un respiro que nos transmite fuerza y coraje cuando nuestro “hogar” se vuelve oscuro e insoportable. Porque en algún lugar sobre esta Tierra, siempre habrá gente que se organiza, que lo intenta, que no se da por vencida”. Manifiesto, Los Pueblos Quieren

1. La revuelta y sus formas

Pese al fatalismo que naturalmente pueda despertar nuestro presente, los genocidios, el desplazamiento forzado y las catástrofes ecológicas no son la única cara de la época que habitamos. Las revueltas, aunque focalizadas y, como no podría ser de otra forma, contradictorias, permiten dar cuenta de la fragilidad del actual estado de las cosas y, finalmente, de las posibilidades de habitar y organizarnos que se hallan entre las brechas del orden y los intersticios de la lógica capitalista. 

Al cabo de unos meses, durante el ciclo de revueltas anterior, tanto en China, cómo en Ecuador, Chile y Estados Unidos, los distintos movimientos de revuelta experimentaron casi simultáneamente la producción de formas nuevas (o, a veces, no tanto) de organizar su lucha, relacionarse entre sí y hacer uso del espacio que habitaban. De estas experiencias destacan diversas acciones, gestos, afectos y conocimientos prácticos que en la medida en que se demostraron efectivos, se buscaron reproducir hacia la totalidad del movimiento de revuelta, llegando a influir el curso de la lucha en distintos territorios. Extender el conocimiento de estas experiencias de lucha de otros territorios y de las ocurridas en el propio durante el pasado es un momento fundamental en la evolución de toda revuelta.

Este es el caso de, por enumerar algunas, el saboteo a maquinaria extractivista, los saqueos masivos, la evasión del metro, la quema de infraestructura estratégica y la destrucción de monumentos simbólicos para la historia del partido del orden (la “vandalización” a estatuas de figuras coloniales y la quema de la iglesia de carabineros). Pero también de las ollas comunes, las barricadas, grupos de primeros auxilios, asambleas autoconvocadas y de la solidaridad práctica con los presos políticos, y otras formas de solidaridad activa que buscan sostener-nos en la vida cotidiana. Cada acción, ya sea defensiva u ofensiva queda registrada en el arsenal de estrategias y tácticas proletarias (en su noción más amplia). El paso de un ciclo de luchas a otro suele estar marcado en la manera en la que se abandonan y/o se readaptan al presente las distintas formas prácticas y organizativas que caracterizaron a los levantamientos del pasado. El éxito en esta readaptación se demuestra en la medida en que el movimiento de revuelta sea capaz de llevar más lejos el potencial de ciertas prácticas, o de mantenerlas, con sus metamorfosis y procesos de adaptación.

Un ejemplo actual en esta evolución podría ser el paso de la quema de la comisaría en Minneapolis1 (2020) a la quema del congreso en Nepal (2025). Aclaramos que con esto no nos referimos a una adoración a la piromanía, ni que los manifestantes que quemaron el congreso el año pasado hayan estudiado las practicas del proletariado negro estadounidense, sino que su móvil fue una intuición práctica que dirige la violencia espontanea hacia los nodos de poder. Una forma espontánea de “organización del desorden más allá de cualquier medida de control”2, por más paradójico que esto suene. Sabemos que no basta con quemar unos cuantos edificios para hacer la revolución, de lo que se trata es de propiciar un estado de ingobernabilidad en el que el orden no pueda ser restituido fácilmente, en que las instituciones no puedan dar abasto ni respuesta y demuestren sus límites e ineficiencia. Al mismo tiempo, la contención de la revuelta en Nepal arroja algunos aprendizajes importantes sobre las formas en que el poder puede ser restituido adaptándose a las tecnologías digitales (nos referimos a la elección de su primera ministra interina por medio de Discord en octubre de 2025).

Por otro lado, esto también demuestra que la evolución de la lucha ofensiva no puede estar separada de la lucha defensiva, de habitar el espacio donde se lucha, así como de pensar la autosuficiencia y la contralogística al mismo tiempo que las tácticas de combate callejero. Desde hace un tiempo han sido los motines, las ocupaciones de plazas y universidades y sobre todo, las ZAD (del francés: zone à défendre) y la lucha de los pueblos indígenas, los contextos en que se fundan las infraestructuras necesarias para sostener la lucha en el tiempo, así como concebir formas alternativas u opuestas de relacionarnos entre nosotrxs y con el territorio a las promovidas por la sociedad capitalista (competencia, individualismo, verticalidad, velocidad y progreso).

Sin embargo, las formas hasta el momento enumeradas de práctica y organización no deben de ser leídas de manera excluyente entre sí. Ni tampoco como un modelo inalterable que no se adapte a los contextos diversos y contradictorios que permiten el estallido insurreccional como práctica de autotransformación social. Después de todo, la revolución no se reduce únicamente a una cuestión de los medios que se emplean, sino de su contenido. Por el contrario, es sólo a raíz de la lucha misma que se aclararán las formas prácticas y organizativas idóneas para estos contextos. Y es cuestión del movimiento de revuelta ser capaz de identificar los cursos de acción posibles a partir de la situación presente y los aprendizajes heredados de los ciclos de lucha anteriores. Ya sea en las situaciones que seamos capaces de provocar, pero sobre todo en las oportunidades que surgen sin anunciarse. Dicho de otra forma, hay que prepararse políticamente para lo impredecible. Históricamente las “situaciones revolucionarias” tuvieron lugar actuando dentro de contextos que las hacían parecer imposibles. El fin de la normalidad capitalista siempre parecerá improbable dentro de su propia normalidad, hasta que algo la irrumpe y la revolución vuelve a convertirse en una posibilidad material.

La revuelta en sí misma es capaz de proyectar futuros (o más bien, la posibilidad de un futuro) que antes se veían bloqueados por la violencia muda y la miseria existencial que constituyen la normalidad del capitalismo. Para quiénes la experimentan, la inmersión en la efervescencia de la revuelta y en particular, de las formas germinales de organización post-capitalista que de esta surgen, llevan a una claridad en la comprensión de las cosas que no puede ser alcanzada fuera del acontecimiento que es la revuelta. No sólo se trata de una suspensión del tiempo histórico en los términos de Furio Jesi, sino que de un primer momento de una suerte de “proceso terapéutico”3 contra el realismo capitalista, donde la imaginación y el goce se comienzan a desinhibir de sus cadenas. La revuelta nos permite pensar y fabricar formas distintas de relacionarse, cuidarse y habitar, a modo de ensayos de una nueva comunidad; una comunidad real.

No obstante, los distintos ciclos de lucha de este siglo han tendido hacia su dispersión antes de que los futuros proyectados por la revuelta pudieran ser materializados. Esto no es una situación antojadiza, sino que delimita los límites históricos de las formas contemporáneas de lucha. Esta problemática puede ser comprendida como los obstáculos para alcanzar un punto de “no retorno”. En la medida en que la revuelta no sea capaz de superar las amenazas del partido del orden, pero, sobre todo de responder a las necesidades de subsistencia de la población, su derrota será fatal. Dichas amenazas no se traducen únicamente en la confrontación directa, ya sea con las policías y/o el ejército, sino que simultáneamente aparecen como la mitigación de la revuelta por el ala izquierda de la burguesía. El peligro que representa la desviación institucional de la revuelta y las concesiones con los partidos gobernantes es que aparece también como una amenaza desde dentro del movimiento de revuelta. A través de los sectores reformistas, el movimiento se corroe desde dentro, es a partir suyo que las salidas democráticas a la crisis son validadas. (Cómo dijo con razón Mario Tronti: “la clase obrera fue derrotada, no por el capitalismo, sino por la democracia, el ciudadano”).

La artificiosa instalación de la constitución como objetivo de la revuelta social chilena y, posteriormente, de un gobierno de centro-izquierda, necesitó de ambas formas de mitigación: una intervención desde fuera y una traición desde dentro. La vigencia del orden democrático tiene que ver no sólo con la fortaleza del enemigo, sino que de una falta de madurez en el movimiento de revuelta, al ser incapaz de romper del todo con la democracia, y dejarse llevar por las humaredas y ficciones propuestas por un progresismo que ya había vendido el movimiento a los partidos del monopolio del orden capitalista. A partir de la criminalización de los sectores insurreccionales por el ala izquierda del partido del orden y su persecución, la narrativa del ala conservadora (por lo demás la narrativa vigente actualmente) sólo tuvo que extenderse hacía la totalidad del movimiento (como “estallido delictual”), extendiendo la noción de criminal más allá de los anarquistas y el pueblo mapuche, a cualquier sector mínimamente disruptivo de izquierda4

Ahora bien, la victoria sobre el partido del orden no se materializa únicamente con el derrocamiento del régimen de turno. Los relatos de Egipto, Túnez, Líbano y Sri Lanka por parte de lxs camaradas de Los Pueblos Quieren dejan aquello en claro: “Insurgentes de todas partes aprendieron la lección de que reemplazar un gobierno o una constitución no equivale a amenazar al poder. Las revueltas sociales no llegaron a atacar la médula del sistema”. El verdadero punto de “no retorno” no es la caída del gobierno, sino que la producción embrionaria del comunismo a través de la negación práctica de las relaciones sociales que constituyen el capital. De lo contrario, el Estado, que creíamos abolido, reaparecerá donde lo hallábamos desaparecido. 

2. Lo que queda después de la revuelta

La interrupción de los ciclos de lucha y los deseos incumplidos que estos generan permiten la distorsión reaccionaria del motivo y las características de la revuelta, permitiendo manipular la comprensión de esta hasta convertirla en un evento completamente distinto a como fue experimentado en su momento. Una suerte de revisionismo histórico de la propia experiencia, que permite que personas que participaron en cierto grado de la revuelta, terminen rechazando esta. El deseo social incumplido que dejó el fin de la revuelta puede ser perfectamente instrumentalizado como combustible para políticas reaccionarias de todo tipo, deviniendo en una inversión conservadora del mismo. Del estallido social al “estallido delictual”; es decir, del cambio estructural a la afirmación del orden.

Al contrario de la experiencia terapéutica que pueda generar la inmersión en la revuelta, el fracaso de ella y consigo, la reconstitución de la normalidad capitalista produce un efecto deprimente. Si en la revuelta se genera un proceso de desinhibición psicológica, el retorno a los padeceres psico-sociales y físicos cuyas causas habían sido interrumpidas por la revuelta, terminan por intensificar la experimentación alienante del padecer como “respuesta psíquica y corporal a la explotación abstracta a la que somos sometidxs”5. Todo lo que había dejado de importar durante la interrupción del status quo como el trabajo, las presiones familiares y las situaciones financieras, vuelve a importar. Y retorna como peso traumático, como callejón sin salida, como desencanto y desesperanza de esa otra vida que durante un lapsus de tiempo fue posible.

En este contexto, las figuras carismáticas, las promesas de venganza social, el renacer del mito patriarcal del Estado-nación y la afirmación de los valores burgueses (competencia, individualismo, etc.), aparecen no sólo como una forma fácil de escapar de la depresión, sino que como un medio por el que replicar artificialmente la euforia social que se haya experimentado alguna vez. Bifo Berardi describe esto como “una forma anfetamínica de terapia del sufrimiento y de la soledad que produce siempre, sistemáticamente, efectos de multiplicación de la violencia y dinámicas suicidas”6.

En la medida que la normalidad es restablecida, no hay espacio para los aprendizajes extraídos del acontecimiento y la transformación personal que estaba teniendo lugar, se ve negada e invalidada por la restitución del estado de las cosas. Lo que no hace más que ser empeorado por los efectos de la victoria del Partido del Orden: la persecución, el exilio y la prisión política hacia uno mismo o lxs camaradas con los que se entregaba en cuerpo a la lucha y a la construcción de nuevas formas de relacionarse. En la experiencia chilena, esto se ve reflejado en los casos de suicidio entre víctimas de trauma ocular y de ex-presos políticos, que se vieron incapacitados de retomar la vida laboral y familiar post-revuelta7. Cómo acertadamente sentencia Tiqqun: “la manifestación del capitalismo en nuestras vidas es la tristeza”.

3. Organización sin revolución.

“Ninguna fuerza por sí sola será capaz de crear un plan común y darle vida. Pensarnos parte de un movimiento que va más allá de nosotres, y no como una organización o bloque sectario que ha de ser defendido por encima de todo, significa actuar y pensar de forma complementaria y no competitiva. El poder de un movimiento común implica encontrar las combinaciones tácticas que mejor se adaptan a las distintas situaciones vividas”. Manifiesto, Los Pueblos Quieren.

El cierre abrupto de los ciclos de lucha, —es decir, el aborto prematuro de las insurrecciones— deja tras de sí un deseo social incumplido, que no puede ser captado plenamente por ningún espacio organizativo que perdure o haya nacido durante el reflujo. Independientemente de que las organizaciones militantes sean capaces de sobrevivir a la represión y la desmovilización, no son nunca capaces por sí mismas de representar la totalidad del deseo generalizado de la reconfiguración radical del mundo, pues estas no representan a la revuelta ni sus momentos insurreccionales por completo, solamente a un fragmento de estas que se resiste a la dispersión. 

Los ciclos de luchas de este siglo nunca son personificados por una única organización en particular, sino que se caracterizan por una espontaneidad subterránea, descentralizada y acéfala; por un ecosistema organizativo sumamente diverso, el cual es enriquecido por el curso de la insurrección. Aunque de manera natural ciertas organizaciones destaquen en la lucha por su lucidez teórica y/o una mayor preparación táctica, no se les puede describir en los términos de una vanguardia revolucionaria clásica. En las revueltas de Chile, Colombia, Ecuador (por dar ejemplos) las necesidades derivadas de la propia lucha llevaron a la creación de distintas formas organizativas más o menos complejas y la renovación de organizaciones preexistentes. Sin embargo, la victoria de la contrarrevolución (representada en estos casos por el reformismo) y la consecuente reconstitución de la fragmentación de la vida, siempre tienen por consecuencias la destrucción parcial del entramado social que permitió el surgimiento de dichas organizaciones. De esta manera, quedan reducidas a una condición de supervivencia marginal, a modo de restos arqueológicos de las situaciones revolucionarias que les dieron nacimiento. 

Estas organizaciones supervivientes se pueden convertir potencialmente en un refugio para los grupos e individualidades que buscan resistir a la represión posterior a la derrota de las revueltas. Pero, sobre todo, para la supervivencia del proyecto revolucionario en sí, un espacio en el que se es capaz de vivificar de manera fragmentaria y temporal algunas de las valiosas experiencias colectivas extraídas del ciclo de luchas. Por medio del intercambio de conocimientos teórico-prácticos, técnicas de cuidado y experiencias partisanas, la solidaridad con los presos políticos y con compañeres perseguides por la represión, el estudio del ciclo de luchas y la preparación táctica tanto para la coyuntura contrarrevolucionaria como para los siguientes ciclos.

Es probable que se necesiten los conocimientos acumulados de varios levantamientos y luchas coyunturales para que el grueso del movimiento revolucionaria desarrolle las condiciones necesarias para no volver a ser derrotades. Sin embargo, las circunstancias derivadas de la actual fase del capitalismo (guerras, destrucción de la naturaleza, policrisis, etc.) no nos permiten esperar el tiempo suficiente para que un largo proceso histórico de aprendizajes, esfuerzos y sacrificios tenga lugar. Ni mucho menos, se nos asegura que ese proceso sea lineal. Por tanto, el deber de estas organizaciones no es únicamente generar una preparación previa para los futuros ciclos de lucha8, sino que sobre todo, acelerar la ocurrencia de estos ciclos mediante una intervención propositiva en condiciones históricas desfavorables.

Sin embargo, su búsqueda de supervivencia en el tiempo y de vigencia los puede llevar a adoptar prácticas interclasistas para suplir las consecuencias de la dispersión del proletariado, mientras que su condición marginal se transforma en su identidad. Sean capaces o no de mantener grandes números en sus filas, el desconcierto que genera la derrota, más aún, la pérdida de la certeza de la revolución lleva a que su práctica se limite únicamente al activismo y a conformarse con acciones meramente performativas que se repiten a modo de ritual. Frente al devenir contrarrevolucionario de la organización una de las últimas acciones coherentes con el proyecto revolucionario es la autodisolución. Esto es lo que nos enseña el final de la Internacional Situacionista en 1972 a manos de su fundador y mayor referente, Guy Debord. 

El que las organizaciones sobrevivientes se conviertan en un órgano operativo del Partido del Orden o por el contrario, en un medio por el que “conservar y transmitir a las generaciones siguientes, aun cuando sea de forma parcial y mistificada, lo esencial del legado nodal del proyecto comunista”9, depende enteramente de que su práctica en condiciones históricas desfavorables se mantenga fiel al espíritu del ciclo de luchas que les dio origen10. La inversión de determinadas organizaciones revolucionarias a un cascarón vacío no necesariamente significará la desaparición del entramado de técnicas, experiencias y conocimientos teóricos de dicha organización. En la mayoría de los casos este entramado se conservará en pequeñas tendencias pro-revolucionarias que subsisten al interior de la organización, o bien, migrará hacia fuera de ésta, por medio de la salida de sus miembros más lúcidos hacia otros grupos. Este último es el caso del anarquismo que personificó parcialmente la supervivencia del proyecto revolucionario tras la experiencia de la Comuna de París y el vuelco del marxismo oficial al parlamentarismo y la socialdemocracia. Cómo sostiene Jean-Yves Bériou (ex-miembro de la revista Négation): “el anarquismo fue el refugio de las personas e ideas «comunistas» en el curso de ese período contrarrevolucionario”11.

4. Sobre el Racket y su superación. 

Esta situación, donde la coyuntura conservadora coloca en juego el compromiso revolucionario de las organizaciones e individualidades supervivientes, es propicia para la inversión de la organización en un racket. Este es un término tomado de la voz inglesa y originalmente empleado para referirse a organizaciones criminales que existen al margen de la ley, dedicadas al chantaje y la coerción para generar beneficios (el ejemplo más obvio es la cosa nostra). Mientras que para Jacques Camatte, la noción de racket político se refiere a organizaciones inestables, compuestas de fanáticos que abandonan su individualidad para formar parte de una falsa comunidad que replica la organización del Estado en miniatura. Podemos distinguir a estas organizaciones en dos modelos típicos, que pese a sus diferencias estéticas encarnan “el mismo prototipo del modo de funcionamiento real y necesario de toda «organización» en el marco de la sociedad existente”12

  1. La organización formal, que disputa por cuotas de poder dentro de la institucionalidad, que se traduce generalmente en una presencia minoritaria e inestable dentro o alrededor del nuevo gobierno —o de la Asamblea Constituyente, en los casos donde las haya. Funcionando como una suerte de grupo de presión que tiene por objetivo asegurar un mínimo de mejoras para el sector social que representan. El proyecto revolucionario se reemplaza por un programa político pacifista, gradualista, democrático y reformista.
  2. La agrupación informal, grupos reducidos en número que compiten entre sí para captar militancia. Se dedican a la conspiración y la divulgación de las ideas del sector particular que representan (o dicen representar). No participan de la institucionalidad y pueden ser más o menos críticos con esta. Dependiendo de su práctica y discurso pueden o no estar expresamente ilegalizados. Tienden a defender la pureza ideológica de sus participantes, lo que lleva a violentas purgas y escisiones, generando en el proceso más rackets. La represión de las tendencias minoritarias en su interior es esencial para defender el purismo ideológico y disciplina militante del racket13

Ambas formas sectarias cumplen funciones en la regulación social y económica de la sociedad capitalista, sea de manera formal o no. Ante el estallido de nuevas revueltas comparten un mismo rol reaccionario como freno de esta. El primero: al ahora afirmar el orden en busca de proteger los avances mínimos logrados en el juego democrático, verá en el levantamiento una amenaza para sus intereses. La intervención de estas organizaciones en la lucha se reduce en intentos de orientarla hacia la legislación y el trabajo electoral. Para ello, buscarán separar el movimiento entre la protesta pacífica y quiénes alteran la paz social. Su pacifismo y críticas morales a los medios insurreccionales no tardarán en traducirse en una colaboración más o menos activa con los aparatos represivos del Estado, ya sea entregando información personal de los manifestante o hasta actuando ellos mismos, cómo una suerte de grupo de choque que busca resguardar el orden burgués. 

Mientras el segundo: deviene en una multitud de grupúsculos reaccionarios por los que se organiza la fragmentación de la vida social. Incapaz de sostenerse en el tiempo como una “organización revolucionaria” asume para sí las lógicas capitalistas de gestión, ahora elevadas a una doctrina militante. Mientras más tiempo sobreviva como una entidad marginal, el método revolucionario y su análisis militante, generalmente invariantes, dejarán de corresponder con las condiciones de las luchas del presente. Las potencialidades de la revuelta le están ocultas, para en su lugar afirmar modelos estáticos y formas prácticas desfasadas. Su disociación de la coyuntura, les lleva a mantenerse al margen durante los levantamientos. Y en caso de intervenir lo harán intentando imponer una visión mecanicista de lo que tiene que ser la revolución (o de la insurrección si reniega del primer término) por medio de sus “cuadros” políticos y revolucionarios profesionales.

Sin embargo, la forma más grave de este tipo de racket son el caso de las organizaciones armadas sobrevivientes de los ciclos de lucha. Incapaces de volver a formar parte de la rutina, su práctica degenera en un espiral nihilista de autodestrucción. Su vigencia en el tiempo plantea el riesgo de arrastrar a nuevas generaciones en esta práctica autosacrifical carente de un proyecto revolucionario y de realizar prácticas abiertamente reaccionarias que atenten contra el común de las personas: bombas en el transporte público, balaceras o el uso del narcotráfico para autofinanciarse. La disociación del momento histórico, el fracaso del ciclo de lucha y su adoración de las formas ilegales de lucha son los ingredientes perfectos para convertirles en lo que Ben Morea ha denominado el Síndrome de Pancho Villa:

“Compañeros que están «armados y listos para morir», pero privados de un horizonte transformador, corren el riesgo de volverse hacia dentro: «obsesionados con su propia mitología», incapaces de reintegrarse a la vida cotidiana, consumen sus días en rituales autodestructivos de orgullo y rabia, hasta que finalmente se extinguen”14.

La problemática del racket15, es quizás la cuestión más importante que enfrenta la organización. Y esto se ve intensificado en periodos donde la derrota aún se siente reciente como el nuestro, hasta el punto en que la permanencia en el tiempo de las organizaciones parece contraproducente. La organización además de transmitir el proyecto revolucionario a nuevas generaciones, pueden continuar la forma del racket heredando a las incorporaciones el purismo ideológico, sectarismo y vicios de las generaciones anteriores. Sin embargo, son estas mismas condiciones desfavorables las que instalan la necesidad de organización, de producir “redes que equipen a los futuros levantamientos de una logística adecuada para hacerle frente a situaciones de represión y de exilio, así como de la escalada de las luchas”16

La irrupción de la revuelta tiende a actuar de dos formas distintas sobre las organizaciones preexistentes. Por un lado, como renovación de las organizaciones, a través de la integración de nuevos miembros politizados a partir del ciclo de luchas, y la reactivación de las redes subterráneas que conectan las distintas formas de organización en una forma más amplia y compleja (Phil. A. Neel le llama a esto “metaorganización”). Mientras que por otro, es en la forma de una ruptura radical con las organizaciones que históricamente han actuado como un freno para la revolución. Este último es el caso de los rackets. La práctica comunista debe sepultar las formas sectarias de organización, para, en su lugar fundar modalidades atingentes a las condiciones y necesidades de la negación práctica del capitalismo en su actual fase y la prefiguración de la sociedad comunista a partir suyo. 

En este contexto, las alianzas entre las distintas sectas aparecerán como una solución a este problema surgida desde estas mismas (o una parte), pero este “frente único” no destruye el racket en sí mismo, sino que los absorbe en una forma más acabada. “El verdadero reagrupamiento [de las minorías revolucionarias] es esencial, pero no puede ser una mera fusión de las organizaciones existentes. En las nuevas condiciones es necesaria una revisión de las formas de lucha”17. Bajo discursos de unidad abstracta e interclasista (el pueblo, las multitudes, los de abajo, etc.) permanecen tanto la práctica del racket, como su asimilación de las lógicas capitalistas de gestión de la vida. 

No se trata únicamente de que las minorías revolucionarias que componen la revuelta global rechacen las prácticas sectarias, sino que de una ruptura con el contenido de éstas. La abolición del racket como estructura de poder, llega a partir de la puesta en movimiento de la organización revolucionaria en su sentido más amplio y puro, es la destrucción de las determinaciones sociales que constituyen al racket como tal y permiten la regeneración del sistema capitalista-patriarcal a raíz suyo.

NOTAS

1  Al respecto del incendio de la 3era comisaría de Minneapolis en 2020, Jasper Bernes se ha referido a esta como: “una acción replicable, tanto un grito de guerra como la acción en sí misma, un acto que llamaba a más actos, a su reproducción insurreccional”. Lo que dice mucho de la utilidad insurreccional de la práctica del incendio provocado en el contexto de los ciclos de revuelta. J. Bernes, Inquiry and Organization after the George Floyd Uprising, Ill Will, abril de 2025. 

2  En I. Robinson, Escritos desde la tierra baldía, ed. Irrupción, 2025.

3  Por proceso terapéutico entenderemos lo desarrollado por Josep Rafanell i Orra: “La terapéutica es el cuidado que se da, no a sujetos, sino a relaciones. La comunidad es una terapéutica sin fin. La terapéutica es la epifanía de fragmentos de comunidades, sus nuevas coalescencias”. J. Rafanell i Orra, Nuevas figuras del Partisano, Artillería Inmanente, mayo de 2021.

4 Esto se ha expresado con el paquete de leyes represivas del gobierno de Boric que apuntaron precisamente a perseguir la movilización social. Las más importantes son la ley Anti-Tomas y la ley Naín-Retamal que protege el aparato represivo policial al aumentar las penas en los delitos contra ellos y establecer cómo “legitima defensa privilegiada” el uso de sus armas en el cumplimiento de sus funciones.

5  Colapso y Desvío, Tratado para las juventudes en sublevación, ed. Sapos y Culebras, 2023. 

6  Andrés Timón y Lucía Rosique, Bifo: “La humanidad ha perdido. Ahora el problema es cómo desertar”. Entrevista, Zona de Estrategia, febrero 2026.

7  Aunque no es el más reciente, destacó el caso de Jorge Salvo quién se suicidó en junio de 2023. Previamente relato de la siguiente manera su vida después de la revuelta social: “No pude volver a trabajar, perdí la pieza que arrendaba, tuve que volver a la casa de mi madre. Estuve sin trabajo todo este año (…) no encontraba trabajo, me veían sin el ojo y si me ponía la prótesis me preguntaban también y si les decía ‘sabe que no veo nada por esta parte del ojo’, no me dejaban”.

8 Buena parte de esta preparación previa es pensar y poner a prueba formas ingeniosas y efectivas de práctica colectiva: pensar la táctica de manera seria y en condiciones desfavorables. Y también de generar medios por los que distintas formas y niveles de organización puedan vincularse sin competir o chocar entre sí (i.e. ensayar las formas por las que una organización en un sentido amplio funcionaría).

9  J-Yves Bériou, Teoría revolucionaria y ciclos históricos, lazo ediciones, p. 45.

10  Sobre esta fidelidad, Phil Neel sostiene que limitarse a la defensa acrítica de logros reales para la clase trabajadora termina por despojar a las organizaciones de su fidelidad al proyecto comunista. Pues estas luchas por las condiciones materiales contienen contradicciones que de no superarse se convertirán en apoyo a medidas reaccionarias tales como el aumento de la seguridad o la oposición racista a la mano de obra extranjera. “El impulso incendiario de cualquier lucha se desangra a través de los mil pequeños cortes del compromiso”. P. A. Neel, Teoría del Partido, Ill Will, septiembre del 2025. 

11  J-Yves Bériou, Ibid.

12  F. Corriente, Jacques Camatte y el eslabón perdido de la crítica social contemporánea, dndf, mayo 2014.

13  Un caso extremo de estas purgas fue la guerra fratricida (Uchigeba) entre las organizaciones sectarias del movimiento estudiantil japonés, que genero el asesinato de más de 100 miembros. Uno de los eventos más conocidos de esta guerra, fue en 1971 cuando el Ejército Rojo Unido (URA) asesinó a catorce de sus miembros durante el entrenamiento militar, en forma de interrogatorio disciplinario. Léase: H. Abe, Fragmentación, centralización y guerra civil en la ultraizquierda japonesa, Ill Will, junio de 2025.

14 B. Morea, El Síndrome de Pancho Villa, Ill Will, 2025.

15 Para un análisis sobre las formas de organización típicas de la izquierda, recomendamos la lectura de: Grupo de Investigación Revolucionaria Intercomunalista, Punta de lanza, Radar journal, 2026. Si bien no menciona explícitamente la cuestión del racket si aporta a su debate al momento de revelar los límites y contradicciones de determinadas organización históricas, desde los Panteras Negras a la guerrilla foquista.

16  Nueva Icaria, La revuelta global y sus impasses históricos, Colapso y Desvío, octubre, 2025.

17  P. Mattick, Las masas y la vanguardia, Living Marxism vol. 4, nº 4, agosto de 1938. [Léase aquí].

Otoño del 2026

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