Hace unos días conversaba con Rafa Mondragón sobre estas cosas que me preocupan y que a veces sospecho que sólo me preocupan a mí —la organización, el partido, la militancia— y me dijo una frase que no se me fue más. La izquierda, dijo, tiene con la discusión sobre la organización la misma relación que alguien que tuvo una pareja muy mala y por eso ya no quiere volver a enamorarse. Me quedé con eso. Y al rato me quedé también con la trampa, que es la de todas las frases buenas: que una las quiere usar como conclusión cuando son solo el principio de un problema. (Eso último, lo de las frases buenas, también lo escribió Rafa en un texto del 2020. Se lo robo con crédito.)
Hay que tomárselo en serio, porque el desamor es real. No es un capricho, y no es —como a veces se dice con cierta soberbia— pura cobardía pequeñoburguesa. Hubo parejas malas de verdad. El siglo XX está lleno de partidos que prometieron emancipación y entregaron burocracia, comités centrales, alguna purga. Y más cerca, en Chile, pasó algo que ya conté en otra parte y no voy a repetir entero: la transición desmanteló por opción política la militancia que había sostenido la resistencia a la dictadura, y al mismo tiempo el modelo destruyó las condiciones donde esa militancia podía existir —la industria, los sindicatos, la población, los lugares físicos donde la gente simplemente se veía—. Las dos cosas a la vez. El miedo a volver a enamorarse no salió de la nada. Se aprendió.
El problema no es el miedo. El problema es cuando el miedo se hace principio: cuando deja de ser “esto me dolió” y se convierte en “esto no se hace”. Ahí cruzamos una línea. Dejamos el duelo y entramos en la melancolía, y la diferencia no es chica: el duelo trabaja la pérdida y en algún momento, aunque cueste, suelta. La melancolía no suelta. Se queda pegada al objeto que perdió, lo cuida, y como no puede odiarlo termina volviéndose contra una. Hay una tradición que viene nombrando esto —melancolía de izquierda, la llamó Wendy Brown, y antes y después otros: Traverso, Guillebaud—: el apego a la propia derrota vuelto identidad, el luto que prefiere seguir siendo luto antes que arriesgar un objeto nuevo.
De esa melancolía salen dos salidas y las dos son malas. La nostalgia, que quiere volver al partido de antes, al monolito, al centralismo, como si la única forma de querer fuera la que ya nos hizo mal —que es, palabra por palabra, la compulsión a la repetición—. Y la abstinencia, que jura no meterse en nada que dure: que toda organización traiciona, que con la afinidad alcanza, con la asamblea, con el momento. Lo que busco está en el medio, que es un lugar incómodo, y para llegar hay que hacer dos cosas por lo menos: entender de dónde sale el afecto que nos paraliza, y bajarle el bronce a la forma que creemos eterna.
Hay también una razón para escribir algo en esta serie. En los textos anteriores fui a parar a un sujeto que se constituye en el acto —el que interrumpe la lógica de la mercancía, el que cada día elige alimentar el alma que comparte por sobre la que se conserva—. Bien. Pero un acto no se sostiene solo, y eso lo fui sintiendo cada vez más como un agujero. Desde el primer texto quedó dando vueltas la pregunta de alguien que milita y preguntaba, con toda la razón del mundo, “¿y entonces qué hago el lunes?”. Eso es la organización. No puedo seguir hablando del sujeto y saltarme el cuerpo donde el sujeto se repite —y lo digo en el buen sentido de repetirse: el de volver, el de insistir.
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Empiezo por el afecto.
Para protegerse, esta izquierda desarrolló una disposición que se confunde con la inteligencia —escepticismo, suspicacia, ironía, un pesimismo de fondo— y se puso a sí misma el mejor nombre posible: pesimismo inteligente. Es la voz que frente a cada intento ya sabe cómo termina, la que confunde haber leído las derrotas con haberlas elaborado (no es lo mismo, y vuelvo sobre eso), incluso con haberlas vivido (O.O). Una voz culta, informada, casi siempre con razón en los detalles. Y ahí está su gracia, en el sentido feo de la palabra: el que anticipa el fracaso se ahorra la decepción. Es una defensa, y las defensas funcionan. El problema no es que se equivoque —suele tener razón—. El problema es de qué nos está cuida, y a qué precio.
Spinoza me sirve acá, y lo traigo aunque citar la Ética en un texto sobre partidos es super poser. La alegría, dice, es el paso a una mayor perfección y la tristeza el paso a una menor; y lo que se mueve en ese paso tiene nombre, potencia de obrar: la capacidad de un cuerpo de afectar y ser afectado, de hacer. Las pasiones tristes —el miedo, la culpa, la sospecha— no son sólo desagradables. Bajan la potencia, nos dejan más lejos de lo que podemos. Y lo que de verdad me importa no es eso, sino lo que subraya Deleuze: que Spinoza no se queda describiendo las pasiones tristes, denuncia a los que las necesitan. Hay tres que viven de la tristeza ajena: el esclavo, que la padece; el sacerdote, que la administra; el tirano, que la requiere. Porque un cuerpo entristecido es un cuerpo que no puede, y un cuerpo impotente es dócil. El tirano no necesita que lo amen. Le basta con que estemos tristes.
Lo cual le cambia el estatuto al pesimismo inteligente. No es lucidez: es la pasión de la que el orden se sirve. Sloterdijk lo vio en la Crítica de la razón. La ideología de hoy, dice, no engaña como antes; no es que la gente no sepa. Funciona como cinismo: uno sabe perfectamente la distancia entre la máscara y la cosa, y se queda igual con la máscara. Y lo que sostiene esa conciencia es el instinto de autoconservación. El cínico ilustrado no es un malvado. Es alguien que decidió, para no volver a sufrir, no volver a jugar.
Por eso digo que es cómplice. No porque sea de derecha —no lo es, casi siempre se piensa de izquierda, esa es la trampa—, sino porque hace en los afectos lo mismo que el realismo capitalista hace en las ideas: cerrar de antemano la posibilidad de otra cosa. Bifo Berardi habló de la lenta cancelación del futuro, y Fisher la hizo famosa. El pesimista inteligente es el guardián afectivo de esa cancelación. Cada vez que dice “no va a resultar” no está describiendo el futuro. Lo está clausurando.
Eso si, una distinción, porque si no parece que estoy contra el humor o la ironía y no es eso. No toda risa es triste. Karmy, leyendo a Averroes, le saca a la risa una profundidad que nos sirve. En la comedia, dice, la burla deja al descubierto el truco trágico: que detrás de la máscara solemne —la del poder que se cree sustancia— no hay sustancia ninguna, hay máscara y nada más. Reírse del poderoso es mostrar que el rey va desnudo, y mostrarlo es ya interrumpirlo. Y hay algo más, que es lo que me importa: para el averroísmo que Karmy recupera, la imaginación —y la risa es imaginación en acto— no es de nadie. Es una potencia común, que no se posee. Por eso la risa de abajo libera y el cinismo de arriba paraliza: una es de cualquiera, el otro es la coartada privada del que se cuida. La risa aumenta la potencia del que ríe justamente porque no es suya, es de todos. (En los grupos en los que ando, el que siempre intenta traer la risa es Mauricio Amar. No siempre le resulta pero es infatigable.)
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Hay un libro que nombra todo esto desde el otro lado: Militancia Alegre, de Carla Bergman y Nick Montgomery. Describe algo que cualquiera que haya pasado un tiempo en espacios militantes reconoce al toque: una forma tóxica de relacionarse que se instala en los movimientos y se hace pasar por la manera correcta de ser radical. Yo diría los true. Ellos lo llaman radicalismo rígido. El ambiente cargado de miedo, ansiedad, sospecha, autojusticia, competencia; la vigilancia mutua, el purismo, la caza permanente de la falla del otro; el lugar donde deberías sentirte más vivo y te sientes examinado. Y lo rastrean hasta donde venimos nosotros: la militancia triste de Spinoza, y lo que Eve Sedgwick llamó la lectura paranoide, esa que siempre ya sabe, que llega a cada texto y a cada compañero con la sospecha lista. Sedgwick lo sacaba de Melanie Klein, y eso no hay que olvidarlo, porque en Klein la posición paranoide no es el final del camino. Del otro lado está la posición reparatoria: la que aguanta que el objeto sea bueno y malo a la vez y, en lugar de vigilarlo, lo cuida. Traducido a lo nuestro: ¿puede la izquierda pasar de la sospecha al cuidado sin volverse superficial? No sé. Pero es una buena pregunta.
Frente a eso proponen recuperar la alegría. Pero hay que entender qué quieren decir, porque no es lo que parece. No es felicidad, ni optimismo, ni buena onda. Es la alegría de Spinoza otra vez: el aumento de potencia que se siente cuando un cuerpo puede más, y sobre todo cuando puede más con otros. Volverse más fuertes juntos, dicho fácil. La alegría no es un estado de ánimo, es una relación. Y no es lo contrario de la seriedad militante: es su condición, porque sólo un cuerpo que puede, actúa.
Imposible no estar de acuerdo. Es verdad, y la izquierda lo sabe por dentro mejor que nadie: hicimos del radicalismo rígido una segunda naturaleza, convertimos espacios de liberación en tribunales, espantamos a más gente con nuestro modo de tratarnos que con nuestras ideas.
Lo que pasa es que Bergman y Montgomery vienen de una tradición —anarquista, autonomista, anti-vanguardista— para la que el remedio contra la rigidez es no tener ninguna forma durable: afinidad en vez de partido, el vínculo en vez de la organización, el momento en vez de lo que dura. Ahí me bajo. Reconocer no es rendirse. Me quedo con la crítica al radicalismo rígido y dejo afuera la desesperación organizativa, porque renunciar a organizarse por miedo a que la organización se ponga rígida es, de nuevo, la lógica de la ex pareja: abstinencia para no arriesgar el dolor. La pregunta no es “¿partido o no partido?”. Es si hay una forma que pueda durar sin volverse triste. Y eso no se contesta con afecto. Se contesta con formas.
Y ojo, que nada de esto quiere decir mandatar la alegría, salir a pedirle a la gente que milite contenta, que sonría, que ponga buena cara. Eso sería el mismo moralismo que Bergman y Montgomery critican, dado vuelta: en lugar de vigilar la pureza, vigilar el entusiasmo. La alegría no se ordena —nada que valga la pena se ordena—. Es un efecto de las condiciones y de las formas: hay maneras de organizarse que aumentan la potencia y hay maneras que la hacen agonizar. Así que el problema afectivo termina desembocando en uno técnico, casi aburrido. Hay que ir a buscarlo ahí, en la historia de las formas.
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La izquierda no inventó una sola manera de organizarse. Inventó varias, cada una respuesta a una condición concreta, y es bueno recorrerlas sin nostalgia, mirando de paso qué afectos producían en quienes las habitaban. Porque las formas no sólo organizan. También producen afectos.
Primero estuvo el partido de masas de la socialdemocracia, el de la Segunda Internacional, con el alemán de modelo. No era un aparato electoral y nada más: era una contrasociedad entera. Tenía su prensa, sus sindicatos, sus cooperativas, escuelas, bibliotecas, hasta coros y clubes deportivos. Una persona podía nacer, criarse, trabajar, enamorarse y morir adentro de ese mundo. Era, en clave de Spinoza, una máquina enorme de encuentros: multiplicaba los lugares donde la gente se juntaba y, al juntarse, podía más. Es justo la densidad que en el primer texto extrañaba, cuando hablaba de la formación que perdimos. Y no lo idealizo —ese mismo partido incubó la burocracia que en 1914 terminó votando los créditos de guerra, que no es poca cosa—. Pero algo hay que reconocerle: es la forma que mejor formó cuadros de izquierda en toda la historia y entendía la organización como un mundo donde se podía vivir.
Después vino el partido de vanguardia, el de Lenin en ¿Qué hacer?, 1902. Su forma —revolucionarios profesionales, disciplina, dirección centralizada— no cayó del cielo: fue la respuesta a una condición bien concreta, la clandestinidad bajo el zarismo, donde un partido abierto y deliberativo caía preso, así de simple. Tenía su lógica. Pero toda forma deja marcas en el paisaje y la marca de la clandestinidad es la sospecha: si cualquiera puede ser un infiltrado, desconfiar se vuelve virtud de supervivencia. Las mismas condiciones que hicieron necesaria la vanguardia sembraron las pasiones tristes que después la iban a enfermar. Por eso lo digo: el radicalismo rígido no es un defecto de carácter de los militantes. Es, muchas veces, el resto diurno de un trauma que las formas organizativas luego no supieron elaborar.
Contra esa deriva escribió Rosa Luxemburgo, que vio el peligro de la sustitución antes que nadie: el partido reemplaza a la clase, el comité central al partido, un puñado al comité. Su advertencia no era sentimental, era política. La libertad —siempre, decía, la del que piensa distinto— es lo que mantiene viva la capacidad de aprender; sin ella la organización se vuelve sorda y repite. Defendía la espontaneidad y la pluralidad interna no como concesiones, sino como la condición de que el cuerpo colectivo siguiera vivo.
Gramsci, más tarde, le dio su versión más generosa: el moderno príncipe, el partido no como cuartel sino como intelectual colectivo, el lugar donde una clase elabora su propia manera de mirar el mundo y disputa la hegemonía. Otra vez la formación. Organizarse es, antes que nada, producir en común una mirada —y, yo agregaría, un lenguaje.
Y ya en nuestro tiempo vino el rechazo de todo eso: el giro horizontalista. Asambleas, redes, afinidades, autonomismo, el 2011 y las plazas. Fue, en parte, una liberación afectiva de verdad: por fin un espacio sin comité central, sin línea, sin la asfixia del aparato. Pero —con la misma honestidad— el horizontalismo tampoco escapo de las pasiones tristes. Armó su propia rigidez: la tiranía de la falta de estructura, donde el poder no desaparece, solo se vuelve informal e inubicable y no hay nada más difícil de disputar que un poder que dice que no existe; el purismo de la asamblea; la vigilancia de la pureza por otra puerta. La abstinencia no curó el radicalismo rígido. Lo dejó sin dirección y a veces lo empeoró.
Ninguna de estas formas es la forma. Cada una respondió a sus condiciones y cada una dejó su marca. Tratarlas como principios eternos —el centralismo, la horizontalidad, da igual— es el error de fondo. Y hay una, entre todas, que se nos petrificó más que ninguna.
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Se habla del centralismo democrático como si fuera una ley natural de la organización revolucionaria, una premisa sin fecha. No lo es. Su núcleo más duro —la prohibición de que haya tendencias organizadas dentro del partido— tiene fecha exacta. Y conviene saberla, porque saber la fecha de algo es la cura contra la tentación de creerlo eterno.
El X Congreso del Partido Comunista Ruso (bolchevique) sesionó en Moscú entre el 8 y el 16 de marzo de 1921. El día 16 aprobó una resolución redactada por Lenin, “Sobre la unidad del Partido”, que prohibía formar o continuar cualquier grupo, plataforma o tendencia organizada dentro del partido, ordenaba disolverlos de inmediato y facultaba al Comité Central para expulsar incluso a sus propios miembros. ¿En qué condiciones? Kronstadt se había levantado el 1 de marzo y seguía mientras el Congreso sesionaba; había revueltas campesinas, hambre, el viraje forzado a la Nueva Política Económica. Era, en el sentido más literal, un partido cercado tomando una medida de cerco.
No voy a sostener —el punto es discutido y no lo necesitamos acá— que la medida se pensó como provisoria y después se perpetuó por inercia. Sostengo algo más simple: nació situada en una emergencia absoluta, después se universalizó como si fuera un principio atemporal de toda organización seria, y se convirtió en arma. En 1927 esa misma prohibición de fracciones sirvió para expulsar a Trotsky y a Zinóviev. Lo que en 1921 había sido el reflejo de un Estado sitiado se volvió el dispositivo con que el aparato barrió la disidencia interna. Una respuesta de emergencia se volvió la naturaleza del partido. Y es tentador explicarlo como vengo explicando otras cosas: un trauma que no se elabora, una defensa que se hace carácter y se sigue disparando contra un peligro que ya pasó. Pero sería demasiado piadoso/ingenuo. En 1927 el peligro no había pasado: la oposición existía y estaba siendo aplastada en tiempo real. La prohibición no sobrevivió por inercia ni por miedo. Sobrevivió porque le servía a quien controlaba el aparato. No es que el partido no supiera soltar el arma; es que el arma servía, y la facción que la tenía en la mano ganó con ella. El afecto explica por qué la base aceptó el monolito como sentido común; el poder explica por qué la cúpula lo conservó. Y de las dos, manda la segunda.
Una precisión, para no caricaturizar: el centralismo democrático es anterior a 1921 y no se agota en la prohibición de fracciones. Lo que se petrificó en monolito no fue la idea de discutir libre y actuar unidos —eso está bien—, sino su versión dura: que discrepar de manera organizada es traición. Ese es el blanco, y ninguno otro. Y cuando se ve que tiene fecha y contexto, deja de ser destino: vuelve a ser lo que siempre fue, una decisión que tomó gente concreta en una situación concreta, y que pudo ser otra.
Falta algo, igual, porque si no parece que basta con abrirle el partido a las tendencias para que todo se arregle, y no. En 1911 Robert Michels formuló lo que llamó la ley de hierro de la oligarquía: toda organización, por democrática que se proponga, tiende a generar una capa dirigente que se perpetúa y termina poniendo su propia conservación por encima de los fines que decía servir. Y lo que me importa de Michels es que esa deriva no es moral: no pasa porque los dirigentes sean malas personas. Pasa porque la forma misma —la división del trabajo, la especialización, la ventaja del que controla la información y los tiempos— produce oligarquía aunque nadie se lo proponga.
Vale la pena saber quién fue Michels. Empezó en la izquierda, en la socialdemocracia, y terminó fascista —admirador de Mussolini, con cátedra en la Italia del régimen—. De su propia ley sacó la moraleja inversa a la mía: si toda organización fabrica una élite, para qué fingir democracia, mejor un jefe que mande sin disimulo.
Lo vi de cerca hace años. En un congreso sobre orgánica presenté una crítica a la figura del funcionario: la gente a la que la organización le pagaba una dedicación completa para tareas internas y que, con el tiempo, juntaba un poder que nadie había votado, sostenido muchas veces ya no por una motivación política sino por la pura inercia del cargo. Lo llamé funcionariato, y dije lo que pensaba, que era una forma prolija de fabricar una casta de dirigentes obsecuentes a un sector. Esa crítica, entre otras diferencias, terminó significando mi salida de ese espacio. La cuento porque el funcionariato no es una anécdota mía: es la ley de Michels con cara y con sueldo. El momento en que el alma de autoconservación deja de ser un riesgo abstracto y se vuelve una agenda, una silla, un cargo que nadie quiere soltar.
La tentación, frente a esto, es concluir “entonces no nos organicemos”. Otra vez la ex pareja. Y la conclusión correcta es la inversa: justamente porque la deriva oligárquica es estructural, hay que diseñar las formas contra ella en lugar de entregárselas.
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Quiero terminar volviendo al afecto.
El pesimista inteligente cree que su realismo lo exime. Que por no entusiasmarse no es responsable de nada, y todavía más, que así queda a salvo de sufrir. Es al revés, en los dos planos. Ni siquiera se salva: la melancolía no ahorra el dolor, lo administra de a poco y para siempre, que es peor. Y hay un costo que él no paga, y es el más grave: lo pagan los que vienen. En el texto sobre el proyecto sostuve que la igualdad, si es axioma y no promesa, no se interrumpe en el tiempo: los que todavía no nacen son iguales a nosotros, y tenemos con ellos una obligación material de cuidado. Eso vale para el clima y el agua. Y vale también para esto. Cuando alguien decide de antemano que no hay nada que construir, que toda organización traiciona, que mejor no volver a enamorarse, no sólo no se protege: les deja a los que vienen un mundo sin las formas que iban a necesitar para defenderse. El pesimismo no es neutral respecto del futuro. Es una manera de desheredarlo.
Por eso la alegría de la que hablo no es optimismo, ni carácter, ni temperamento. Es una deuda. Es la decisión de mantener abiertas, para los que no eligieron nacer dentro de nuestra derrota, las formas que les van a permitir pelear la suya. La militancia triste —la del que se niega a volver a intentar para no volver a sufrir— cree que su renuncia es privada. No lo es. Cada organización que no sostenemos por miedo al dolor es una organización que los que vienen no van a encontrar.
No se trata de hacer como si la pareja mala no hubiera existido. Existió, y dejó cicatrices que no hay que negar —negarlas sería el otro modo de no elaborarlas—. Se trata de algo más difícil: entender que la forma del vínculo puede ser otra —plural, usable, alegre— y que negarse a probarla no es lucidez. Es la más cara de las pasiones tristes, porque la termina pagando alguien que todavía no llega. El proyecto está, la palabra está, el sujeto está. Lo que falta es el cuerpo. Y el cuerpo no se hereda hecho: se arma, de nuevo, sabiendo lo que ya sabemos, que no es poco. Empezar otra vez no es haber olvidado. Es haber elaborado y, aun así, sabiendo todo lo que sabemos, volver a apostar. Volver a enamorarse, que es lo más valiente que hace cualquiera, y para muchos de nosotros la única manera de encontrarse con la alegría.
