Ya entran las 6 de la mañana y John Coltrane suena y su música es una pira, una zona de sacrificio; con el saxo que flambea y me toca ahí donde no hay mente ni corazón; es otro el lugar en que juega –con una improvisación del demonio– su Blue train; esa especulación tránsfuga que pacta con la creación a cada segundo, en cualquier suspiro, en la dispersión de las ceremonias; su sonido repulsa las homofonías, son notas que no suturan, no cesan en su planeo poético ni tienen piedad cuando van tras el fuego del arte en serio, cuando es a vida o muerte. Todo va aéreo: noble como una benzodiazepina a la hora justa o imposible como el pulso de la niebla.
De ahí entro incandescente en la trama de una mujer que me mira desde lejos, al otro lado del Atlántico, pero que es luna, marea transparente, carta postal que no llegará esta madrugada en la que soy un apéndice en la colonia; y la arcilla que tiene en los pechos ioniza mis manos que se sacuden en el teclado al compás del piano, al tiempo que un cigarrillo se consume entre mis labios incendiándolos; destituido de toda voluntad, difariando con el erotismo de New York donde John conoció la espiritualidad del jazz y su vibrato infinito de intensidades múltiples que solo son formas de sublimación; estrategias para blufear lo que en el interior grita, se querella, entra en desacato. Escribir es siempre un plan para relajar el trauma, para aplacar al monstruo hermoso que no puede ser figurable, radicalmente bello en la imposibilidad de su presencia. Por eso el amor. Y esto es, igual, jazz; un espacio vacío, un desfile de fantasmas que no logran encarnarse y vamos por escuchar lo que no está, lo que no suena, la no-música que solo tiene una posibilidad en la intuición de lo no-constituido.
Y pienso en Dios y creo, como Nietzsche, que solo podría creer en un dios que le gustara bailar. Un dios de arena o de barro que no fuera un taumaturgo eterno, sino que asumiera a cada instante el riesgo de su extinción. Un dios que a medianoche se inyectara heroína y subiera al escenario a tocar el contrabajo desorientado por el humo del bar; uno perturbado porque el jazz le hizo perder la fe en sí mismo y en el mundo que lo bastardiza todos los días haciendo de su cuerpo un objeto de procesión hacia una trascendencia falsa, que no existe, que no puede ser más que aquí y ahora. Un dios que lee al Marqués de Sade, desmesurado, entrado en delirio y que se asila buscando consuelo: devenido loco por alguien que le respira en el falo y lo devuelve humano. Un dios avergonzado, intenso en su miseria, alguien como yo o como cualquiera que va y pasa por la vida encendiendo velas en funerales y circos clavando remordimientos. En fin, un dios que sufra de amor y de amor de madrugadas.
Entonces me pregunto junto a François Jullien: “Un Amor –o el mundo– ¿Ha conocido el primer día de su Comienzo?” ¿Cuándo fue que empezó el amor? ¿Este amor? No ese o aquel, no el de ayer o el de mañana sino éste que se desborda de presente, de ahora ¿Tiene tiempo el ahora? ¿Es el amor el tiempo del ahora? ¿O simplemente se trata de un estado febril que se entrega y se desperdicia en una escritura que no va a ninguna parte? ¿Puede ser Dios este tiempo diluido en el magma de una pulsión tan poderosa que podría dominar al mar?
Ella envía fotos que queman y podría ser la mujer más hermosa del mundo (no exagero). Yo también le envío fotos. A veces es más fácil decir “te amo” virtualmente, pero me paso el rollo. Porque no soy un dios sino que un soberbio ahora; y me descubro como un sonámbulo jubiloso, arcano, atrapado por un relámpago; repleto de luna y de luna con ella; con ella que escucha a John Coltrane conmigo aunque solo sea vapor en la noche.
Todo mientras en Madrid comienza a amanecer y Blue train alumbra un penúltimo compás de 8 corcheas que azotan como vientos terribles; abriendo una cesura en la perfecta e insoportable temporalidad de occidente: una sensualidad y un deseo que bien podría sabotear cualquier tabla de ley o hacer arder todas las piedras.
Miro sus fotos que son astros destinerrantes y livianos.
Atocha, 21 de junio 2026
