Aldo Bombardiere Castro / Fascismo del nosotros. Ideas a partir de La religión de la muerte de Julio Cortés Morales

Filosofía, Política

Nota: El sábado 13 de junio los salones de La Cafebrería volvieron a acoger una sesión más del Seminario permanente “Pensar la revuelta”, organizado por el Movimiento de Izquierdas Órficas (MIO) y el Centro de Estudios de Pensamiento Iberoamericano (CEPIB). Dicha jornada, correspondiente a la tercera sesión del Seminario, rindió homenaje a la obra de Julio Cortés Morales, concentrando ponencias y comentarios críticos inspirados en distintas publicaciones del autor. El texto que figura a continuación -salvo leves modificaciones- fue escrito y leído con motivo de tal ocasión.

Aproximación

¿Cómo aproximarse al fascismo cuando éste ya está aquí? ¿Qué reparos, fortalezas o métodos cabría adoptar para acceder rigurosamente a un objeto de estudio que atraviesa subjetividades día a día? ¿Cuál es la importancia de hablar acerca de un movimiento múltiple y parasitario, de un movimiento que, siendo muchos movimientos, puede apostar tanto al statu quo como a la contrarrevolución, puede inspirarse tanto en el renacimiento del mito de la tierra como en las seducciones de un hipercapitalismo ilimitado y de un posthumanismo del perenne futuro? En suma, ¿qué hacer con el fascismo y con lo que él nos hace y no nos deja hacer?

Julio Cortés Morales responde estas preguntas de un solo plumazo: lo primero y más importante consiste en historizar al fascismo. Es decir, debemos escudriñarlo y exponerlo desde la misma historia desde la cual él nos asola. Cartografiar al fascismo significa combatirlo, contar con un contrapoder sobre él.

He ahí que la empresa de Julio Cortés Morales no sólo implique un descomunal y enciclopédico esfuerzo de erudición con su consecuente catalogación, sino, antes que eso, da cuenta de una actitud: la valentía de abocarse a detectar los núcleos de violencia que abastecen la tanatopolítica fascista y sus múltiples derivaciones particulares. Mirar a la bestia a los ojos. Por supuesto, nada de esto yace motivado por un mero interés teórico. Su objeto de estudio, en efecto, no es un objeto teórico. El fascismo tiene muchos rostros: los fascismos. Se trata de un cúmulo de prácticas y discursos por medio de los cuales el supremacismo y el belicismo, el autoritarismo y la tiranía de la libertad capitalista, la devastación de la naturaleza y la naturalización de la cultura, llegan a constituir fenómenos que nos asedian día a día. En época donde las dinámicas del capital se han consumado en su devenir neofascista, esto es, donde el proceso del sistema de producción capitalista -tras quinientos años de desenvoltura- ha desnudado al fascismo como destino ontológico y verdad esencial, pensar el fascismo, en cuanto categoría referencial a la base de los fascismos clásicos y de los nuevos fascismos, quiere decir hacer algo con él. Julio Cortés Morales, entonces, le planta cara con palabras a esa bestia fascista.

Hablamos de una bestia fascista que, en lugar de valorar dichas palabras, desespera, miente, insulta, odia, amenaza, escupe, vomita, exprime y manipula la savia de esas palabras. El fascista ejecuta las palabras con la violencia que las palabras no portan; el fascista inyecta odio en las palabras. Por ello, antes que de su significado, de su uso orientado a crear sentido, el fascista transgrede las palabras, pues, en realidad, busca algo que nada tiene que ver con las palabras ni con el sentido: busca un tipo de poder que, desde fuera de las palabras, violenta e instrumentaliza a éstas para, justamente, hacer crecer la violencia de tal poder contra los cuerpos. En fin, ante las palabras con que Cortés Morales desnuda la miseria del fascismo, el fascismo sólo responde con el culto a la dominación, a la violencia, al odio, a la muerte.

Fascismo: culto a la religión de la muerte. Amenaza: rito que, desde el templo de las cavernas, el fascismo eleva a su dios sediento de sangre. El fascismo es la religión de la muerte.

Nosotros

Lo primero que apreciamos en La religión de la muerte. Post scriptum sobre viejos y nuevos fascismos atañe a la multiplicidad de fascismos que se han dado a lo largo de la historia. Así, no se trata de una única estructura modélica del fascismo, de la presunta esencia fascismo, la cual se instanciaría en diversos momentos de la historia. Se trata, más bien, de cómo determinados momentos históricos, con sus específicas dinámicas políticas, económicas y culturales, brindan las condiciones de posibilidad para la emergencia de una multiplicidad de fascismos, cada cual deudor de sus coordenadas tempo-espaciales. Por algo hoy, a cerca de 100 años de la emergencia de los fascismos clásicos, podemos hablar de “nuevos fascismos”: ante otra época, otros fascismos.

Sin embargo, al mismo tiempo que hablamos de multiplicidad de fascismos debemos, necesariamente, contar con una vaga precomprensión del significado que entraña el término “fascismo”. El acceso al estudio del fascismo, entonces, exige una cierta idea, aunque sea provisoria, capaz de operar como mínimo común denominador a todos los fascismos. En toda aproximación al estudio del fascismo -y en consonancia con el camino abierto y avanzado por Julio Cortés Morales- se ha de estar consciente del carácter meramente referencial del término “fascismo” . Lo que existe, en realidad, son los fascismos y los neofascismos, cada cual con sus variantes y subvariantes, cada cual con sus zonas esclarecidas o medianamente esclarecidas y sus zonas oscuras o -a nuestros ojos de seres humanos del siglo XXI- aún inimaginables.

Quizás el único criterio suficiente, pero también tan general como inútil, para distinguir a priori entre fascismo y neofascismos sea el epocal: los primeros, predominaron entre las décadas del 30 y 40 del siglo pasado y llevan el apellido de fascismos clásicos o históricos; los segundos, los vivimos hoy en día. Y basta.

Sin embargo, existen características comunes a ambos. Sí hay un núcleo común, a pesar de todo. Sí. Pese a que los neofascismos de hoy se mueven dentro del orden liberal de la democracia procedimental, mientras que los fascismos clásicos precisaban de la figura de un líder y un régimen dictatorial, existe un núcleo común. Sí. Pese a que los neofascismos de hoy no se autoproclaman derechamente fascistas ni herederos del fascismo, mientras que los fascismos clásicos llevaban con orgullo sobrehumano aquel estandarte; sí, hay un núcleo común. Pese a que los neofascismos de hoy suelen reafirmar la importancia central del individuo y de la libertad de consumo, de expresión y de elección, encontrándose desprovistos de un relato mítico, mientras que los fascismos clásicos extraían de la epicidad mítica los valores e ideales comunitaristas y románticos que marcaría el camino de un hombre nuevo para una historia nueva; sí, podemos decir que hay un núcleo común. Y sí, pese a que los neofascismos de hoy suelen reducir al mínimo la intervención del Estado en los procesos neoliberales de acumulación de capital financiero, mientras que los fascismos clásicos planificaban políticas económicas industriales desde una estructura estatal y centralizada, sí existe un núcleo común. Se trata de un “núcleo común” que excede y, al mismo tiempo, es capaz de multiplicar cualquier “comunidad nuclear” del fascismo. A continuación, tocaremos uno de los componentes de ese núcleo: el supremacismo de la idea de “nosotros”. Es decir, guiados por el trabajo de Cortés Morales profundizaremos críticamente en la concepción de una cierta idea de “nosotros” donde coincide hasta fusionarse la communitas con la inmunitas, lo comunitario con lo inmunitario: la identidad de sí con la pureza supremacista respecto al otro.

Pues bien, Julio Cortés Morales nos muestra cómo los rasgos que marcan al fascismo se concentran en un tipo de violencia mítica, la cual es desatada en función de una religión de la muerte. Así, el tipo de poder que el fascismo ejecuta siempre tiene en mente a la muerte. Ya sea el héroe que se sacrifica en pos de la propia comunidad a la cual reafirma, ya sea la amenaza de un agente externo que busca manchar la pureza valórica de la comunidad, la muerte se encuentra en la epidermis del fascismo. Este poder de muerte, al contrario del poder biopolítico, no se trata de “dejar morir”; al mismo tiempo, y en este caso al contrario de la soberanía monárquica, tampoco se trata simplemente de un soberano que cuenta con la potestad de “hacer morir”. Mucho más radical que ello, el poder de muerte del fascismo apela a una cultura del terror, siendo capaz de incubar un sentido común transversal a la sociedad, basado en el pánico y la muerte: un simultáneo “desear dejar y hacer morir”. ¿A quienes? Siempre a la figura de un otro que se presenta como amenaza absoluta. Un otro de forma vacía, susceptible de transformarse en diversos actores en dependencia de las circunstancias, y cuyo estatus atiende al a priori ideológico de todo fascismo, el cual, en el fondo, no viene a ser más que la proyección negativa del propio “nosotros” fascista. Todo supremacismo, así, se estructura bajo una dinámica relacional: la de un otro inferiorizado al mínimo grado, un otro sobre el cual descargar el poder de gloria por medio de su sacrificio, al tiempo que al cual estar dispuestos a aniquilar de ser necesario. El problema es que siempre existirán buenas razones para que el sacrificio y la aniquilación de ese otro puedan ser necesarios. La sacralización del “nosotros” precisa de un rito sacrificial: derramar la sangre del “otro” cuya impureza el Dios de la muerte reclama.

Se trata de una relación de supremacismo constitutivo y absoluto. El otro posee un estatuto no sólo ontológicamente inferior, sino lo más inferior, inferiorcísimo, hasta absolutamente inferior y, por ende, siempre aniquilable. El otro es un qué y nunca un quién. El otro para el fascismo, ni siquiera termina siendo otro, no tiene rostro más que el de la perversión o el de la amenaza. Y tras haber asesinado a ese otro, el fascista sólo ve reflejado en aquel rostro muerto el brillo delirante que expele su propio odio: ese odio que ve en el rostro del otro es el reflejo que le devuelve su propia mirada, el brillo de una locura estetizante, de una emocionalidad insensible.

Aquí es importante enfatizar algo. El otro no ha de ser simplemente deshumanizado, no ocupa meramente el lugar del enemigo: el otro del fascismo no posee dignidad humana, no participa del juego político schmitiano amigo/enemigo. El supremacismo lo inferioriza hasta el extremo de diluir la relación misma: ya no hablamos de un otro respecto a un nosotros, sino de un demonio o de un engendro, de un demonio al cual debemos hacer morir, de un engendro al cual podemos dejar morir. El fascismo inocula hasta la exacerbación la ideología del “desear dejar y hacer morir” Así, no hay de una alteridad a respetar, en la medida de la figura del semejante. Tampoco ese otro se presenta para despertar la seducción del misterio que anida en la sombra de lo absolutamente otro. Al contrario, el otro corresponde al rostro desfigurado del mismo nosotros, al reverso indigno y desde siempre inhumano, cuyas raíces se hunden en la misma génesis del nosotros supremacista.

Fascismos. El sentimiento glorificante del nosotros, es decir, la pertenencia y defensa de la tierra, con todas las determinaciones identitarias que ella les brinda a los fascismos, vuelve una tarea digna y gloriosa el “desear dejar o hacer morir” al comunista (por motivación ideológica), al judío (por motivación étnico-económica), al gitano (por motivación cultural), al homosexual (por motivación moral), al discapacitado (por motivación genética).

Neofascismos. El sentimiento amenazante sobre el nosotros, es decir, la pertenencia y defensa de la familia, con todos los discursos meritocráticos, aspiracionales y securitarios que proliferan en los neofascismos, torna una tarea necesaria “el desear dejar o hacer morir” al inmigrante (quien nos quita el trabajo), al pobre (quien nos asalta en la calle), al terrorista (quien amenaza nuestro orden), a la feminista (quien destruye nuestra familia), al comunista (quien critica todo lo privado: empezando por el nosotros).

La idea de orden rige porque es el orden del nosotros. El círculo yace cerrado. La autoridad, en virtud de ello, deviene autoritarismo contra el otro; el cuidado, deviene securitarismo y militarismo; la rabia deviene odio; la vida, religión de la muerte. El otro deviene, o para el fascismo siempre ha sido, reafirmación de la superioridad del nosotros.

Bestiario

Dentro del impresionante y riguroso trabajo de fuentes bibliográficas que compone La religión de la muerte, tan sólo habré de referirme a un punto. Un punto que, en el fondo y al igual que toda la obra de Julio Cortés Morales, conduce a otros muchos puntos. Como adelantaba al inicio, esos otros puntos también se encuentran en el aquí y el ahora, en el presente escenario en el cual nos reunimos esta mañana de otoño. Hablamos de la lucha que libra el autor, lucha a la cual el mismo acto de leer sus obras también nos hace sumarnos. El pensar aquí y ahora, el acto de leer y de reflexionar acerca del fascismo desde el aquí y el ahora, es decir, en plena época de intensificación neofascista y de auge de aquella violenta performatividad del terrorismo psicológico, representa un gesto capaz de plantarle cara a la bestia fascista: simboliza el pensamiento en resistencia y la escritura como subversión.

El punto al que remitiré muy brevemente corresponde a la cuarta parte de La Religión de la muerte, titulada Bestiario (Cortés Morales, 2023, pp.161 – 255). Pero para llegar allí, he de realizar un recorrido desde aquí, desde el nosotros que conforma este círculo donde nos reunimos. Un desde aquí, un círculo, un nosotros que, a diferencia de la irracionalidad con la que el fascismo lo asume y reafirma acríticamente, hemos de pensar. En una palabra: alejándonos de los presupuestos fascistas, deseamos poner entre paréntesis la idea de un nosotros. Específicamente, deseamos poner entre paréntesis la idea de un nosotros en oposición a la bestia. Es decir, debemos someter a examen la obviedad de nuestra posición: la de autoconcebirnos en calidad de antítesis de la bestia fascista; como si simplemente fuéramos su otro. Quizás sólo se pueda acometer la tarea de realizar un bestiario por quienes, de algún modo, sepan hablar la lengua de la bestia, sepan escuchar parte de las psicosis que bestializa a la bestia; en fin, quizás sólo podamos hacer un bestiario porque no nos encontramos exentos de la bestialidad.

En efecto, la forma del subgénero “bestiario” consiste en clasificar a un grupo de bestias a partir de una serie de categorías que den cuenta de sus cualidades. En principio, eso parece medianamente fácil de realizar. Al igual que todo ejercicio taxonómico, no requeriría más que adoptar criterios previos y arbitrarios para, luego, introducir ciertas notas o propiedades al interior de las categorías ya predelineadas por tales criterios. Pero a la hora de tratarse de bestias, ello no resulta tan fácil. ¿Por qué? Porque las bestias, por naturaleza, son seres que no responden a un ordenamiento fijo ni a una generificación: su naturaleza atenta contra la naturaleza; son seres contranatura. En ese sentido, la hibridez es la amplia y deforme cualidad que permite a la bestia actualizar, cada vez, su permanente sed de dominio y exterminio, actualizar permanentemente el terror que las atraviesa y el odio que tal terror les hace expeler.

En Bestiario, Julio Cortés Morales analiza magistralmente el rojipardismo, tanto a nivel de casos históricos en Europa, Rusia y latinoamérica, incluido Chile, como en su dimensión filosófica, por medio de textos de Duguin, Zizek, Fusaro y Onrfray. Analizar el rojipardismo, en efecto, significa estudiar la capacidad de los fascismos y neofascismos para presentarse como una “tercera posición”, o sea como un movimiento que va más allá de la dicotomía izquierda/derecha, justamente, en virtud de lograr integrar a elementos que son de izquierda y de derecha. En suma, se trata de la capacidad parasitaria del fascismo, cuya función consiste en brindarle la posibilidad de concretarse en un híbrido: una bestia siempre abocada a la destrucción de un otro, a abastecerse de la sangre de ese otro.

Ahora bien, si este comentario lo hemos centrado en la sacralización de la figura del nosotros, componente nuclear a todo fascismo y neofascismo, también debemos dejar planteado un riesgo asociado, esto es, una especie de sospecha crítica. ¿Cuál? La posibilidad de que el fascismo también se encuentre entre nosotros, en nosotros; que el fascismo se encuentre en éste, en nuestro “nosotros”.

Así, al igual como el fascismo parasita elementos de la izquierda (desde la praxis del comunitarismo hasta la crítica selectiva al capitalismo, pasando por el concepto de hegemonía de Gramsci), vale preguntarse lo siguiente: ¿Acaso desde las izquierdas y los movimientos transformadores, desde los marxismos y anarquismos, no hemos incorporado ciertas prácticas, ideas o convicciones cuyos rasgos podrían ser reconocidos como propiamente fascistas? ¿Acaso cada uno de nosotros, cada una del nosotras de cuerpas feministas, cada unx del nosotrxs queer de lenguaje disruptivo más que inclusivo; en fin, acaso cada uno y una y unx de nosotros, nosotras y nosotrxs, no lleva a cabo día a día, ya sea voluntaria o inconscientemente, ya sea por odio desbordante o por automatismo adquirido, una serie de acciones fascistas?

Si este riesgo es posible también es plausible. Porque como nos enseña Julio a través de una inapelable imagen, el fascismo no sólo puede ilustrarse con la figura del camaleón, sino también -y he aquí el peligro- con la del pulpo. He ahí su bestialidad.

“El fascismo, más que un camaleón, es un pulpo: puede cambiar no sólo de color, sino también de forma, e incluso adopta varios colores y formas a la vez.” (Cortés Morales, 2023, p.184)

Es decir, no sólo lo vemos adaptarse y mutar para tomar posiciones y colores de izquierda, con el fin de parecerse tácticamente a la izquierda; lo monstruoso estopa en que se apropia estratégicamente de ideas y valores de izquierda, de nuestra izquierda en sentido amplio. Y los tentáculos del pulpo, un pulpo híbrido y bestial, muchas veces se ha llevado consigo a nosotros, los, las y lxs izquierdistas. Los, las y lxs rojipardistas.

Sin embargo, ante esta pregunta final y a modo de respuesta abierta, esto es, de gesto más que de hipótesis, quisiera parafrasear y dejar en el aire otra frase de Cortés Morales. Una frase de gran lucidez que no figura expresamente en ninguna parte, pero la cual, resonando desde entrevistas y conversaciones, recorre cada oración del libro, constituyendo no sólo una verdadera clave metodológica, sino, sobre todo, el signo de una actitud vital y crítica; la actitud de Cortés Morales, así como la que cada uno habrá de adoptar al momento de vérselas con los neofascismos. La frase es: “No debemos esencializar ni banalizar el fascismo”. En paralelo, desde una perspectiva teórica esta premisa es la que sostiene y se valida a través de toda la investigación, pues constituye una condición de posibilidad negativa, al modo de razón necesaria, que explica la existencia tanto de una multiplicidad de fascismos como de neofascismos. ¿Por qué? Porque el fascismo no es ni esencial (a la manera de una única definición que precisara: “esto es fascismo”) ni tampoco es banal (a la manera de una designación verborreica que sostuviera: “el fascismo está en todo”).

Quizás para evitar caer en el rojipardismo, para evitar ser llevados al fondo marino por los cantos de sirena de aquella bestia-pulpo, sería importante hacer lo mismo con nosotros, con nuestro nosotros de izquierda: ni esencializar ni banalizar el “nosotros”.

Referencias

Cortés Morales, Julio (2023): La religión de la muerte. Post scriptum sobre viejos y nuevos fascismos. Editorial Tempestades. Santiago de Chile.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.