Tariq Anwar / El último parpadeo: deseo, técnica y fascismo sin cuerpo

Filosofía, Política

Hay algo erróneo en la manera como nombramos lo que hoy se disputa en el campo político. Decimos que los regímenes contemporáneos operan sobre los cuerpos y explotan nuestras almas, pero acaso el mecanismo de dominación resida en la disolución de la tensión que conjugaba ambas regiones en una sola economía del deseo. El deseo, en su acepción arcaica, no era movimiento del alma ni del cuerpo por separado: era el impulso que los articulaba, una orexis que Aristóteles definía como tensión hacia lo deseado mediante la imagen del cuerpo. El deseo no es algo que uno «tiene», sino algo que unoes poniendo el ser en juego hacia el otro. Los nuevos dispositivos de poder han logrado mutar el deseo en algo que ha perdido su dirección hacia un telos: su degradación a hábito estimulable. El término désir en francés antiguo remitía a una espera, a una pena por ausencia. Notemos el desplazamiento: desear era esperar. Pero esperar no es suspender. En la espera hay certeza de que lo esperado llegará; en la suspensión hay la intención de mantener el deseo en el umbral, en ese intervalo que precede a la consumación sin alcanzarla. Las redes sociales operan como máquinas de suspensión: no prohíben el deseo, lo multiplican hasta la náusea, lo exponen a fragmentos que titilan y se desvanecen, de modo que el deseo nunca encuentra su objeto, sino solo su simulacro desechable. Es pornografía generalizada en la que no hay cuerpos, sino signos que remiten a otros signos sin presencia.

Foucault insinuó que el poder moderno no se ejerce sobre la vida, sino sobre las formas de vida. Sin embargo, quizás no vislumbró la operación más sutil: la transformación del eros en mero apetito, y del apetito en hábito. El eros platónico, en el Banquete, es movimiento ascendente que parte de la belleza de un cuerpo para alcanzar la belleza en sí misma; es el motor de lapaideia, la educación del alma mediante el deseo. Pero ¿qué ocurre cuando el rostro del amado, que en el Fedro era espejo en que el alma reconocía sus alas, se convierte enthumbnail que desaparece al deslizar el pulgar? La pantalla transforma la ontología del deseo, sumergiéndolo en eternidad sinsalida del scroll. Consideremos promesa: del latínpromissum, promittere, lanzar hacia adelante. La promesa es gesto de proyección temporal, un hacer saltar la distancia entre el ahora y un porvenir posible. En el eros genuino, la promesa funciona como motor: el amante promete, aunque solo con su silencio, que el encuentro será trascendental. Pero en el régimen de la deserotización, la promesa se mantiene ad infinitum en estado de promesa, nunca convertida en presencia. Heidegger, en su análisis de la curiosidad, advertía que lo curioso no busca saber para estar cerca de las cosas, sino para estar siempre lejos, pasando inmediatamente a la siguiente. La pantalla es la Neugier [curiosidad] hecha principio de gobierno.

Pasolini hablaba de la destrucción del Eros por el neocapitalismo. Su intuición más aguda fue comprender que esta destrucción no pasaba por la represión, sino por la saturación. El fascismo histórico era todavía eros: movilizaba cuerpos, exaltaba la juventud, encarnaba el deseo de comunidad fusionada en un cuerpo mítico. El consumismo es impotencia disfrazada de libertad: ofrece simulacro de elección en universo preseleccionado, donde el deseo circula en circuitos cerrados de satisfacción inmediata y frustración diferida. No estamos ante una mera resurrección de los fascismos clásicos, sino ante un fascismo sin cuerpo, de la dispersión, que administra soledades conectadas. El nuevo degrada el cuerpo a píxel. Benjamin meditaba sobre el Trauerspiel como forma en que el simbolismo se disuelve en alegoría, mostrando el rostro cadavérico de la historia. Nuestra condición es quizás unTrauerspiel erótico: drama del luto por el eros, donde cada imagen es alegoría de lo que el deseo pudo ser. El flâneur benjaminiano caminaba por las arcadas dejándose seducir con algo de ritual; el contemporáneo desliza el pulgar por infinito de escaparates sin suelo, donde la seducción ha sido reemplazada por mera estimulación. Stimulus en latín, el aguijón que incita al movimiento. Estimular no es desear; es excitar un mecanismo, activar una respuesta condicionada. El dispositivo apela al organismo del estímulo.

El cuerpo, en esta economía, reaparece como problema. Si el deseo articulaba el cuerpo al mundo, su suspensión lo deja huérfano de relación, convertido en mera superficie de inscripción de signos médicos y estéticos. La obsesión por el rendimiento físico, los trastornos alimentarios, las cirugías sin fin son formas patológicas de un cuerpo que ha perdido su erotización, su capacidad de ponerse en juego en el deseo del otro. Cuando Platón en el Gorgias distingue entre placer y bien, es porque ya vislumbraba que el placer sin telos es esclavitud. El cuerpo que se esculpe sin fin ha olvidado su destino. Y el destino del deseo no es la satisfacción: es la transformación del sujeto que es consumido por el otro y llevado más allá de sí mismo. La deserotización preserva al sujeto intacto, inmune, y es esta preservación la que constituye su tragedia oculta. ¿Qué es una comunidad deserotizada? Si seguimos a Nancy, la comunidad es el espacio de un compartir que no coincide con la fusión. Pero el compartir presupone una exposición, un ponerse en común que es siempre riesgo y deseo de reconocimiento. La comunidad de las pantallas es comunidad de no-exposición: cada uno expone su máscara y recibe validaciones vacías.

Y, sin embargo, esta comunidad produce un afecto. Pero un afecto de qué especie, acaso no sea la melancolía, esa pasión sin objeto que Freud definió como la pérdida de algo que ni siquiera se sabe qué era. La melancolía del usuario de redes no es tristeza de no tener: es náusea de tener siempre demasiado de algo que no era lo que se quería. Volvamos al griego, porque en el griego late algo que nuestras lenguas olvidaron. El verbo eráo significaba «deseo ardiente que desgarra».El eros es, en su origen, forma depathos, de padecimiento. El sujeto no es agente soberano: es aquejado por fuerzas que lo exceden. El nuevo sujeto no padece: consume. Y sumere es tomar hacia arriba, devorar. Consumar el deseo sería destruirlo; pero el dispositivo logra un milagro económico: mantiene el deseo vivo sin permitirle vivir, lo conserva en estado zombi, en reserva de deseo no gastado explotable indefinidamente. Es el capitalismo en su paroxismo ontológico: no solo acumulación de plusvalía, sino acumulación de deseo no consumado. Si, siguiendo a Agamben, zoe es la vida desnuda que todos comparten y bios es la vida en cuanto forma políticamente articulada, la deserotización disocia lazoe del bios. El cuerpo deserotizado es cuerpo de zoe pura.

El eros era el puente entre zoe ybios: la manera como la vida del cuerpo accedía a significación que la trascendía. Sin este puente, la vida queda a su mero funcionamiento, a la oikonomia de la satisfacción privada sin horizonte común. Y la polis, la ciudad que Aristóteles definía como lugar del bien común, se desvanece en multitud de oikoi cerrados, cada uno con su pantalla y su melancolía. Heidegger analizaba la Geworfenheit, el ser-arrojado del Dasein en un mundo no elegido. Pero el Dasein, aun arrojado, podía proyectarse en la resolución anticipadora de la muerte. La deserotización es la pérdida de esta capacidad: no porque se niegue la muerte, sino porque se niega todo proyecto. La promesa era un arrojar hacia adelante; pero el sujeto de las pantallas no tiene adelante, solo más de lo mismo. Es el cumplimiento de la profecía nietzscheana del último hombre: «¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? –así pregunta el último hombre, y parpadea.» El parpadeo no es distinto del scroll: es el gesto de quien ha renunciado a la distancia que hace posible el deseo. Agamben ha reflexionado sobre el gesto como aquello que queda cuando la acción y la producción han fallado, una medialidad pura que no busca fin. Pero esta lectura sería ensoñación. Lo que produce no es indiferencia: es sufrimiento difuso. Es el sufrimiento de un cuerpo que sabe, confusamente, que ha sido privado de su modo más auténtico de relación con el mundo. Este sufrimiento es la sombra del eros, su testimonio negativo. Donde hay herida, hay memoria de lo intacto, y donde hay memoria, por tenue que sea, late la posibilidad de que algo resurja. Quizás sea necesario, entonces, no rescatar el eros –lo perdido no se rescata, solo se transforma– sino inventar una nueva economía del deseo que sea a la vez resistencia. No resistencia heroica, sino resistencia del gesto, de la lentitud, de la interrupción. Interrumpir el scroll: actos mínimos de reconquista.

Pues el eros, en su esencia, es interrupción: interrumpe el curso ordinario de la vida, abre una fisura por donde lo inesperado puede entrar. El fascismo clásico quería cerrar todas las fisuras. El fascismo contemporáneo, el de la deserotización, ha encontrado un método más eficaz: mantener al cuerpo en estado de fisura permanente pero sin abertura, de suspensión sin destino, de deseo sin promesa. Combatirlo no significa volver a un eros originario que nunca existió: significa, tal vez, aprender a desear de nuevo en las ruinas de lo que fue, y en ese re-aprender, descubrir que el eros nunca ha dejado de ser, en algún recodo olvidado, la fuerza más obstinada que habita en nosotros.

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