¿Cuál es el destino que abre el horizonte? ¿Hacia dónde nos orienta? ¿De dónde proviene su estela? ¿Acaso existe un detrás suyo? Pero, ¿qué es el horizonte, si acaso es? O, por el contrario, ¿acaso sólo indica la extensión infinita de todo caminar y, con ello, lo infinito del caminar mismo? Y en tal caso, ¿podría ser que el horizonte tan sólo nos abriera paso para dibujar, en lugar de un mundo nuevo, la proyección perfeccionada de éste? Y de ser así, el horizonte nos permitiría, más que danzar con lo porvenir, ¿únicamente clavar en el futuro la coreografía ya acotada al insípido ritmo de nuestras ilusiones? En ese sentido, todo horizonte sería la prolongación infinita de esta tierra que hoy pisamos, de este cemento sobre el cual nuestros pies a ratos se elevan y de este cemento entre el cual nuestros pies continúan sangrando. Entonces, ¿cuáles encuentros ya ocurridos nos aguarda el horizonte? ¿Qué promesas y luminosas libertades no cesa de recitar a nuestro oído para despertarnos esta misma sed que se jacta de llegar a apaciguar? ¿Qué huidizos deseos estimula, cuáles son los delirios con que nos arrebata, en virtud de cuáles piernas cruzadas nos entierra la daga de su tan deseada como esperable utopía?
Quizá ya sea hora rescatar la utopía del despeñadero que se esconde tras el horizonte. ¿Cómo? Haciendo que ella, más que un recóndito llamado de futuro, emerja en las semillas de nuestro jardín. Jardín cuyo espíritu, antes que extenderse hacia el infinito, se eleva paulatinamente hacia el cielo. Y el cual también puede caer; o los cuales, cielo y jardín, también pueden caer. La lejana ingravidez del horizonte nos evita pensar en el fracaso de toda utopía.
Es cierto: como dijera Galeano, el horizonte sirve para caminar con miras a la utopía. Pero debemos agregar algo: también puede servir para escapar. No como un punto de fuga deleuziano que interrumpe y oxigena (para oxidar) la máquina del capital: antes de eso, escape como huida que niega hasta aceptar la sumisión a dicha máquina del capital en la cual sobrevivimos. El horizonte suele adoptar la forma de un escape, paradójicamente, construido a partir de la idea de llegar: huida hacia el seguro terreno de una revolución ya consumada. Allí, sólo nos restaría activar la palanca de aquella predicción mecanicista con que el marxismo científico y su filosofía de la historia han reducido los caminos a el camino, tornando el devenir de las resistencias imaginales frente al capitalismo burgués en el implacable horizonte de la revolución proletaria. Es hora de dejar de pensar la utopía como horizonte y el horizonte como lugar de la utopía. Hasta ahora, todo horizonte ha devenido distancia y anestesia, dirección cuyo sentido, en última instancia, se ha mostrado tan insensible como totalitario. Si hemos de recuperar algo de la utopía ha de ser su carácter constelar: el destellar de las constelaciones que, desde aquí, nuestra imaginación no se cansa de alzar hacia el cielo, en tensión y disputa con la unidireccionalidad de un horizonte cuya voracidad se ha tragado la tierra.
Sin embargo, una vez reconocidos sus escombros desde la desazón de nuestra época, el poder atractivo de la utopía queda liberado del horizonte que la captura y nos distancia de ella: la utopía, esa tierra sin lugar, ya está aquí. No se tras el horizonte, esa franja ilusoria que, en una asintótica promesa de llegar a ser, nunca llega a ser. La utopía ya está aquí, porque el horizonte se multiplica y desgarra en el alma de cada objeto, se interfiere y prolifera en la mirada que no deja de inventar y destituir nuevos horizontes entre amaneceres, retracciones y ocasos. Negar y modelar el principio de identidad de los objetos, hacerlos tender al comunismo de todas las cosas, en virtud de la anarquía ontológica que penetra al universo, son actos reveladores: la materia de la utopía, más de la destinalidad del horizonte, se constituye en la intensidad imaginal del arte. La mirada orientada hacia aquel porvenir que ya está aquí, destituye la objetualidad de cada objeto y, por ende, deroga la primacía del sujeto: muestra la mirada en su calidad creadora y a la utopía como experiencia a la mano. El horizonte no atesora la utopía que nos esperaría por siempre tras de él; más bien, la utopía es el horizonte fragmentado, cuyo desgarro libera a la imaginación para palpitar en cada imagen que hoy acariciamos, en cada imagen que acaricia nuestras pupilas. Cuando el horizonte de sentido, omniabarcante y teleológico, estalla sobre sí, la utopía vuelve a imaginar la misma imaginación en que ella se funda, se suspende e inventa sus afectos.
Pues, en definitiva, las luchas que día a día nos motivan y nos fatigan; la sociedad de críticas y el pensamiento común que nuestros labios escriben en las paredes y reciben de los rostros populares; las mejillas de los amigos entrelazadas en un único -siempre único- abrazo; nuestra angustia ante los inevitables sufrimientos de lxs hijxs, la pedagógica tristeza que detonará con la muerte de nuestros padres; las mujeres y los jadeantes orgasmos cuya invocación al éxtasis se cumple al tiempo que se retira. Todo eso, las humanas e inhumanas glorias y melancolías, las llevamos a cabo mientras yacemos en medio de este pastizal baldío, mientras sobrevivimos bajo el régimen draconiano del capital y su látigo neofascista. Agobiados por las deudas, el trabajo alienado y la falta de trabajo vivo; persistimos en tales resistencias pese a quinientos años de capitalismo. Lo hacemos pese a la subsunción real del mundo bajo la forma de valor mercancía, pese a la codiciosa acumulación de capital por desposesión de los pueblos y a la devastación de la naturaleza; pese la dominación de clase, a la xenofobia y al racismo, a la violencia estructural de género; pese -cómo no- al genocidio en Gaza, al paradigma destructivo del sistema sionista, a su Dios de la muerte y a la israelización del planeta. En fin, extendidos sobre el peor de los horizontes y sin futuro más que esta actualidad en ruinas, llorando o indiferentes ante el extravío de cualquier metarrelato, seguimos resistiendo e inventando el porvenir en cada presente impulso de utopía.
El horizonte condensa y reduce el intersticio, sintetiza la porosidad de los entres, violenta y abrevia el pensamiento adverbial. Sin embargo, negativamente, es decir, cuando es puesto en crisis, él también deja al desnudo lo que es: expone la franja que separa y une a la tierra del cielo, denuncia el carácter desvitalizante de un espejismo en el que cualquier jardín aparenta hundirse tras la eterna trascendencia de un paisaje. Con ello, antes que mostrar lo que esconde, el horizonte desnuda su naturaleza: la del escondite. Con ello, además, el horizonte es capaz de abrir algo que él mismo no contiene, una posibilidad que no se puede prever entre las predecibles posibilidades que él acuña: a partir de su destitución exhibe la posibilidad de lo imposible, la raíz intempestiva del acontecimiento. La destitución del horizonte, su crisis y su desgarro, mas no su aniquilación, permite que la utopía deponga la espera, para así, al contrario, exponer su oscilación entre el ir y el venir, su posibilidad imposible, no contenida de antemano, la posibilidad de lo imposible: la revolución que todavía no, la revolución que alguna vez. La revolución y su utopía ya están aquí porque la revuelta, aquella felicidad inasible que marca el ritmo de ser de la revolución, que anticipa su pasado mañana, resulta inminente, siempre a un paso de acontecer.
No hay más allá del horizonte, teleología ni paraíso prometido. Tal vez tampoco exista retorno a la infancia ni, incluso, revolución consumada o permanente más que como revuelta fugazmente habitable. Quizás lo único existente sea la vibrante pupila de una imaginación errante, cuyo ojo, pese a que algún día fundara el horizonte contra el cual continúa colisionando, desde ya no avizora límite.
